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| 1/10/2015 10:00:00 PM

¿Los museos deben reinventarse?

¿Qué deben hacer los museos para mantenerse vigentes en el siglo XXI? ¿Cómo pueden seducir a un público más amplio? ¿Cuánto deben arriesgar para llamar la atención de las grandes masas?

El Museo Nacional está cambiando de guion. La sala Memoria y Nación –abierta al público desde el 11 de diciembre de 2014- exhibe bastones de mando indígenas al lado de un altar de madera del siglo XIX y fotografías de los paisajes chocoanos junto a una de los edificios de la capital. “La idea –explica el curador Jaime Cerón, quien participó en la creación de la nueva línea narrativa– es que el Museo Nacional encarne el pluralismo del que habla la Constitución del 91.”

En varias ocasiones sus directivas recibieron cartas en las que los visitantes se quejaban de que la historia que se contaba dentro del imponente edificio solo hablaba de los indígenas en las salas de lo precolombino, y los miles de africanos que llegaron al país como esclavos brillaban por su ausencia. Como el Museo Nacional construye y preserva la memoria de Colombia –un país tan diverso– su narrativa no podía seguir dominada por una sola voz. Además, cuadros como los de Epifanio Garay y Andrés de Santa María resaltarían mucho más si el orden no fuera determinado principalmente por la cronología. El nuevo guion –esperan tanto las directivas del museo como la ministra de Cultura, Mariana Garcés– será muchos más llamativo y hará que aumente el número de visitas.  

Uno de los primeros en llamar la atención de los museos y hacerles saber que la historia que exhibían no era más que fragmentos de ella, fue el artista norteamericano Fred Wilson. En Mining the Museum –una exposición realizada en 1994– colocó un par de elegantes sillas del siglo XIX junto a uno de los aterradores postes donde solían amarrar a los esclavos mientras los azotaban. Los objetos no necesitaban explicación alguna, la yuxtaposición lo decía todo. Wilson –de madre latinoamericana y padre afroamericano– invitaba al público a reflexionar sobre una historia que suele omitirse.

En París el Louvre también está reorganizando sus piezas. Su nuevo director, Jean-Luc Martínez, invertirá alrededor de 67 millones de euros en una remodelación que tiene como propósito seducir a los franceses que jamás han pisado el museo, y a aquellos que se contentan con haber ido una sola vez. Según los estudios del director el 70 por ciento de los millones de visitantes que entran al Louvre anualmente son extranjeros. La eterna fila para entrar y la inmensidad del edificio en el que muchos se pierden y no encuentran las obras que querían ver, son dos de las razones que disuaden a los locales de visitarlo. La idea de Martínez es hacer el Louvre lo más sencillo posible y aumentar las entradas.

El museo fue creado en 1792 para exhibir los tesoros de la monarquía, la aristocracia y la Iglesia de Francia, y mostrar la opulencia que los rodeaba. Su colección se multiplicó durante la era napoleónica pues el emperador sentía que tenía el derecho de llevarse las obras de arte de los lugares conquistados. Así llegaron a París los profundos cuadros de los maestros holandeses y las milenarias piezas egipcias, entre otros. Como la mayoría de los visitantes del museo solían ser estudiantes de historia del arte o especialistas en el tema, sus directivas no se preocuparon por llenar las paredes de información ni sugerir un orden específico para la visita. Pero el público del museo cambió y Martínez considera que la clave del éxito está en hacerlo más didáctico.

Por ahora el plan a seguir no ha sido totalmente revelado. Se sabe que habrá mucha más información y que toda estará escrita en francés, inglés y español. Además, echarán mano de diferentes herramientas tecnológicas para hacer la visita interactiva y más sencilla. Uno de los modelos que están estudiando es el del Museo de Arte de Cleveland en Estados Unidos, donde los visitantes pueden crear su propio recorrido y guardarlo en un iPad, o utilizar el que otra persona dejó en la memoria del aparato. Las pantallas touch frente a varias de las obras están llenas de explicaciones de todo tipo y quien las explore puede averiguar sobre la vida del artista, el paisaje del cuadro, el tipo de pincelada con el que fue pintado e incluso puede posar como el modelo y ver cómo se vería la pieza con su cara.

Las directivas de los museos ingleses –por su parte– también están innovando para que los suyos se conviertan en asiduos visitantes. Hace dos veranos escogieron decenas de las obras británicas más importantes y adornaron las ciudades con ellas. Si los ingleses no van a los museos, los museos se encuentran con los ingleses en las calles. Durante un mes los avisos de Coca-Cola, H&M y McDonald’s fueron reemplazados por afiches de los cuadros de J. A. M. Whistler, Lucian Freud, J. M. W Turner y William Hunt. Cada afiche tenía un código que permitía a los transeúntes bajar con el celular toda la información sobre el cuadro y el artista. El resultado fue todo un éxito. El público de los museos aumentó y miles de personas compraron los afiches por internet. El año pasado se repitió la hazaña con el mismo resultado y los norteamericanos decidieron seguir el ejemplo.

El Tate de Londres, además de sacar sus obras a las calles londinenses, diseñó unos robots para que los interesados se metieran a la página de internet del museo, tomaran control de uno de ellos, y por medio de cámaras instaladas en la cabeza de estos visitaran las salas de exposición a altas horas de la noche. Al Tate After Dark –como se llamó el experimento– accedieron miles de personas de todas partes del mundo. Este año piensan volver a hacerlo pero con algunas variaciones.

Estos ejemplos demuestran que los museos del mundo están cambiando para ser un destino frecuente y popular en el siglo XXI. Pero el resultado de estas innovaciones no siempre es el esperado. En ocasiones los curadores pierden las luces y se dejan llevar por el deseo de generar shock y controversia para llenar las salas. En 2010 la exposición del Bicentenario del Museo Nacional exhibió entre sus piezas un busto de Bolívar y uno de Santander adornados con pelucas afro. A pesar de que la gente hacía fila para tomarse fotos con los próceres y su nuevo look, las críticas no tardaron en llegar. La artista Beatriz González, quien fue directora del museo durante más de diez años, afirmó que la labor de las directivas del museo no era llenar el espacio de gente sino proteger y conservar la memoria del país. Las pelucas –para ella– no tenían lugar en una exposición como esa.

Desde hace un tiempo, artistas, curadores, periodistas y teóricos reflexionan sobre la esencia de la curaduría y del arte. ¿Qué es arte hoy día? ¿Cuál es el papel que juegan los museos en la exhibición de objetos? ¿Por qué al voltear un orinal y ponerlo en medio de una sala de exposiciones Marcel Duchamp creó una obra de arte? ¿Qué cambió?

Estas preguntas –que en épocas anteriores no tenían misterio alguno– hoy son bastante difíciles de responder. El arte ya no está delimitado por los conceptos de belleza y armonía, y tampoco tiene que ver con la destreza manual del artista. La mayoría de las piezas de Jeff Koons –uno de los artistas más taquilleros– no son hechas por él; el artista pone la idea y otros hacen el trabajo.

Para José Roca –curador de Arte Latinoamericano del Tate de Londres y dueño de la galería Flora en Bogotá– hoy todo puede ser arte, pero eso no significa que todo sea bueno.  

En el documental El impacto de lo nuevo el afamado crítico de arte, Robert Hughes, demuestra que así como las obras del Renacimiento y el Neoclasicismo representan un ideal de belleza, las de hoy suelen tener el propósito de innovar y escandalizar. El alma del arte –dice el australiano– se ha ido perdiendo por el abrumador deseo de ir un paso más allá. Algo similar le está ocurriendo a la curaduría. Es cierto que los museos deben seducir a su público y entre más gente los visite mejor, pero no hay que olvidar que estos edificios no son parques de diversiones. Lograr el equilibrio entre una muestra atractiva y una curaduría respetuosa de la memoria es el reto.
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