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| 6/16/1986 12:00:00 AM

LOS "NARCO" ESCRITORES

Muchos creadores de gran renombre utilizan la droga para su inspiración

LOS "NARCO" ESCRITORES LOS "NARCO" ESCRITORES
A parte de ser grandes escritores T.S. Coleridge, Thomas de Quincey, Edgar Allan Poe, Theofilo Gautier, Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Yeats, Huxley, Burroughs y Ghisberg, ¿qué tienen en común? Sus paraísos artificiales. De una u otra manera cada uno de estos escritores, de tan diferentes épocas, se han introducido, por la senda secreta de la droga, en ese territorio privilegiado que se abre con el opio, el hachís, la yerba, el acido, el peyote o la mezcalina.
El banquete de las drogas en la literatura no ha sido propiamente frugal, pero sí mal conocido. Y peor reputado. Víctima del anatema social, ha ido a refugiarse, sin embargo, a los más cálidos rincones, lejos del grosero relumbror del whisky. Los literatos que han tenido cerca de sus libros el hachís, el opio o la marihuana, han avanzado en el mundo sagrado de su imaginación como dignos sacerdotes de una vocación de su invención. ¿Como no quedar sorprendidos y fascmados por las amplias páginas por donde discurre la multitud ensimismada que avanza por las calles de Londres, mientras Thomas de Quincey en sus sagradas resonancias recrea el mundo que luego hace sucumbir en una noche de ópera? El opio, el láudano, para de Quincey, fue su paraíso, pero también su Gólgota "Confesiones de un comedor de opio inglés" es el largo camino que desanda de Quincey desde las cumbres borrascosas de su adicción hasta los aires livianos de su liberación. Es el relato de una época notable, en la Inglaterra victoriana, que rompe el silencio sobre una adicción y una tortura pero que echa a la vez una luz particular sobre una de las más sobrecogedoras personalidades de la literatura inglesa.
Jean Cocteau, por su parte, interno en una clínica, bajo observación médica, nos ha entregado su diario de una desintoxicación: "Opio". Es el forcejeo pormenorizado entre la droga y sus crisis, entre la adicción y su necesidad de liberación. Empujado muy pronto por las marismas de las ensoñaciones del opio, hacia el centro de sí mismo, Cocteau conoció allí todas las seducciones de ese estado de gracia, sin límites y sin tiempo, y que lo acompañó en el ámbito de sus ensoñaciones poéticas. Cocteau, urgido por una cura, pero a la vez considerando al opio como un tesoro, piensa que la droga es inofensiva y exclama en plena curación: "Es una lástima que en lugar de perfeccionar la desintoxicación, la medicina no trate de volver al opio inofensivo".
Una antología de los escritores que han sido seducidos por las drogas tiene un doble interés particular: conocer cuáles son los resultados del uso de las drogas en la literatura y trazar una línea que divida la historia literaria entre aquellos que han caminado desafiantes al borde del abismo y los que han preferido apartarse de él. Los primeros han tenido el privilegio de balancear su equilibrio, con este otro lado de las cosas, que sólo la droga revela. En los segundos seguramente el alcohol ha remplazado la necesidad de otros estímulos. "El club de hachís" es, sin duda, una antología curiosa, mucho más de lo que previsiblemente podría resultar una antología reunida en torno a un posible club de whisky. "El club de hachís" no anula las diferencias más bien las intensifica. Cada texto particular de los autores propuestos lleva el signo de su propia inconformidad, ya sea en la plenitud de su gozo o en el ocaso de su desventura. La droga, como escape o como sueño, y también como revelado conocimiento de sí mismo, como lo sugirió William Blake: "Si has formado un círculo en el que entrar, entra por tí mismo y mira cómo obrarías"
En la vasta mansión de "El club de hachís", que se dilata hasta el infinito, se reunen grandes escenas del pensamiento. Su páginas nos llevan a tiempos remotos, a alucinantes alegorías, a la historia y a la fantasía. Cruzar casi tres siglos de vida literaria a través del sueño de estos escritores --de Coleridge a Burroughs y a Lennon-- es entrar por una puerta secreta a la modernidad, llegar aquí de una manera bien inusual.
No hay un movimiento literario que explique su evolución. "El club de hachís" podemos verlo erigirse bajo los resplandores crepusculares del romanticismo. El movimiento romántico, de hecho, acoge a estos autores y los dispersa. Románticos son Coleridge, Poe, Gautier, hasta llegar a Rimbaud --ilustre miembro del club que introduce un nuevo código esotérico.
Baudelaire con sus simbolismos nocturnos y su corazón al desnudo, en un París sombrío, que en el fondo detesta; Gautier con su imaginación oriental que prefigura una búsqueda en la tierra fértil donde se adoran los dioses del láudano. Y nuestro tiempo, con la beatgeneration y el hippismo, prolonga esta tradición que se inclina sobre la misma flor y bebe de sus perfumes, que no han dejado de ser amargos. Las observaciones de Burroughs y las de Allen Ginsberg nos hablan de otra civilización, la nuestra, con sus maelstroms y sus grandes ciudades, sus parajes desolados, sus aullidos y la poesía que ahora se encarna en la gran ciudad. Si con de Quincey la ciudad duerme mientras el opio la revive, con Ginsberg y sus viajes de LSD, la ciudad se asemeja a un monstruo que atrapa en sus entrañas al poeta, quien no deja de referir sus delicias como lo expresa en "Un supermercado en California".
No hay ni una estética, ni una única experiencia de la droga en la literatura. La vida en su totalidad se convierte en un símbolo, en un destino o en un itinerario: el del viaje. El viaje como metáfora de la vida, pero también como viaje alucinado: "La droga --escribe Paz-- arranca al paciente de la realidad cotidiana, enmaraña nuestra percepción, altera las sensaciones y, en fin, pone en entredicho al uníverso".
Así, con el misterioso telón de fondo del universo puesto en entredicho, surgen los efectos de la droga como textos de incitante reflejo de una visión del mundo, en los placeres y en las miserias del uso de las drogas: sus magnificas arquitecturas y sus fantásticas ruinas.
Enrique Pulecio Mariño

Droga y creación en Colombia
En cierta forma podría decirse que en Colombia son los nadaístas, como grupo literario, quienes introducen abiertamente la droga en la literatura. Pese a que anteriormente hubo casos ablados como el de Porfirio Barba Jacob quien en uno de sus poemas confesó: "Soy un perdido, soy un marihuano...", el nadaísmo, como movimiento, le da importancia a la relación que existe entre los estimulantes y la creación literaria.
En Colombia, son muchos los escritores que se ayudan de un "barillo" o de un "pase de cocaína para "inspirarse". El caso más patente es el de Andrés Caicedo quien muere al ingerir una sobredosis, pero deja plasmada en la literatura la relación música-creación. Sin embargo, son pocos los que lo admiten públicamente.
SEMANA habló con algunos escritores para preguntarles qué relación ven entre la droga y la literatura en forma general, y cuál es su experiencia personal al respecto.
Eduardo Escobar, poeta (fundador del nadaísmo con Gonzalo Arango): "Yo creo que el hash, el ácido lisérgico, la marihuana y la desprestigiada cocaína son sustancias que abren la conciencia de los artistas a dimensiones nuevas, distintas a las de la cultura aceptada. En cuanto a mi experiencia personal, el estimulante más grande en mi generación fue el ácido lisérico. La primera vez que lo probé con Gonzalo Arango, nos cambió radicalmente la perspectiva de la vida. En ese primer intento, hice una jaculatoria: "Amé, no espere que lo amen, amén." La droga pertenece al reino de lo sagrado, por lo cual no puede ser rutinizada. De todas formas, en este tema como en otros se ve la hipocresía de país pues yo he "metido" barillos con presidentes, los cuales afirman después que hay que perseguir la droga.
Jotamario Arbeláez (nadaísta): "Aunque hay casos casi clásicos de escritores que se han sumergido en la droga para extraerle a la realidad sus gemas ocultas, como Aldous Huxley, Henri Michaux, Antonin Artaud, William Burroughs, no considero la droga buena consejera para el ejercicio del estilo, Con una buena dosis de LSD en la cabeza, la máquina de escribir es un dinosaurio, Con un largo brillo de cannabis el amor inunda las yemas de los dedos y te impide ser implacable. En cuanto a lo personal: cuando Gonzalo Arango tomó ácido, se enamoró, dejó el cigarrillo y la carne y las otras mujeres y el ateísmo y la buena literatura, Se dedicó a predicar la salvación. Desde entonces, los otros nadaístas le tomamos miedo a la droga para escribir. Si bien personalmente no he usado la droga para estimular la mi inspiración literaria, sí se ha elaborado como buen publicista tres slogans que ya hacen parte de la sabiduría popular. Son ellos: "La marihuana es el opio del pueblo", "¿Qué necesidad hay de legalizar la marihuana, si la marihuana es legal?" y "El cigarrillo produce cáncer y la marihuana la cura".
Antonio Caballero (escritor y periodista): "Históricamente sí ha habido relación entre droga y creación, incluso entre las más grandes invenciones literarias que son las religiones. Pienso que la droga puede ser útil para determinados artistas como músicos y pintores. Yo nunca he podido escribir con ninguna clase de droga, aunque lo he intentado, pero no vale la pena porque su principal efecto es perder el sentido crítico. La inspiración es engañosa y más cuando es aducida artificialmente. No conozco nada en la literatura escrito bajo la influencia de la droga --ni siquiera los textos de Henri Michaux-- que tengan calidad. Hay cosas muy buenas escritas sobre la droga, pero no bajo la droga.
Alberto Esquivel (escritor): "Como todo, la droga puede servir o perjudicar, Para algunos, corresponde a una apertura a nivel de los sentidos, como la experiencia que tienen Freud, Aldous Huxley y Jean Cocteau, pero igualmente puede ocurrir todo lo contrario. Personalmente, nunca he "metido" nada para escribir. En mi novela "Acelere", cuando le dedico un capítulo al hash, lo puedo hacer, gracias a las vivencias de una amiga mía. Por eso, en esta parte del libro no queda claro si el narrador es masculino o femenino".
Nicolás Suescún (escritor): "La droga tiene un efecto muy diferente en cada persona. Hay escritores, por ejemplo, que utilizan el hachís para hacerlo, como Baudelaire, Henri Michaux y Aldous Huxley. Es falso decir que el escritor no puede crear bajo el efecto de la droga, como dicen muchas personas, puesto que la historia de la literatura ha demostrado lo contrario. En Colombia no más, está el caso de Porfirio Barba Jacob, cuyos mejores poemas son realizados bajo el efecto de la marihuana, lo que contribuye a probar que ésta, en ningún caso, le borra la inteligencia a la gente, sino que más bien ayuda a expander su espíritu. En cuanto a mi experiencia personal entre droga y creación, me reservo la opinión." --

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