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| 8/20/2001 12:00:00 AM

Los niños invisibles

Tres niños que quieren hacerse invisibles sirven de pretexto para revivir la infancia perdida. ***

Director: Lisandro Duque
Protagonistas: Gustavo Angarita Jr., César Badillo, Juvenal Camacho, Hernando Montenegro

Cuando llegan las vacaciones, los niños se van a vivir a otro mundo. Queda dentro de ellos mismos y dura más y es mucho mejor, mucho más grande y misterioso, que el agresivo patio de recreos del colegio. Es un paréntesis con sus peligros, sus recompensas, sus personajes, sus enemigos en la sombra y sus propias leyes de la física. Y Lisandro Duque, el conocido director colombiano, aún lo recuerda. De memoria.

Los niños invisibles entra, sin ningún tipo de problema, en el universo de la infancia. Viaja a los 50 y sigue por las callecitas de Ambalema a Rafael, un niño de unos 8 años con la cabeza llena de preguntas, cuando está a punto de volverse loco por su vecina Marta Cecilia y ha decidido que, a pesar de la indiferencia de la niña, no quiere separarse de ella. Está dispuesto a todo para no irse con su hermano a pasar las vacaciones a Ibagué. Incluso, a recibir su primera comunión antes de tiempo. Cuenta con el apoyo de una mamá inolvidable y de un par de mejores amigos, Gonzalo y Fernando, que le entienden perfectamente lo que está diciendo.

Así es. Entre los tres llegan a la conclusión de que, para conseguir todo lo que quieren, para ver muy de cerca a la mujer que se baña en el río y para que Rafael pueda acercarse a la niña de sus sueños lo mejor que podrían hacer es volverse invisibles. Irían por ahí, por las calles del pueblo, y entrarían a cine gratis, y verían mujeres sin ropa y ancianos jugando dominó, y oirían los extraños discursos del peluquero marxista. Y lo mejor de todo es que, según dice el culebrero del lugar, sí existe una manera de que nadie lo vea a uno: hay que ir a un cementerio a las 12 de la noche y colgarse un escapulario que, en vez de una lámina de la Virgen, cargue la misteriosa mezcla del corazón de un gato inocente con la molleja de una diabólica gallina negra.

Los niños invisibles recibió, porque sin duda lo merecía, el premio al mejor guión en el concurso convocado hace dos años por la dirección de cinematografía del Ministerio de la Cultura. Su historia —casi redonda y sin mayores pretensiones, mucho mejor que la película— revivirá la infancia de los espectadores y sorprenderá a todos aquellos que, no sin razón, entran por equivocación a las películas colombianas. Tiene escenas realmente divertidas —los soldados en el cementerio, el reinado de belleza por televisión, el atentado contra el gato Matachín, la romántica cena con chunchullo y morcilla— y no cae, en ningún momento, ni en lo grotesco, ni en la ordinariez, ni en cualquiera de los deplorables lugares comunes en los que caen aquellas películas que desconfían de la sensibilidad del público.

Sí, el cinismo puede activarse en cualquier momento y algunas actuaciones se demoran un poco en ser aceptables, pero cuando uno baja la guardia, y entiende que está frente a un relato honesto y personal, se siente afortunado por no habérselo perdido.
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