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| 9/17/2011 12:00:00 AM

Los nuevos cantautores

A propósito del Festival de Canción Itinerante que empieza esta semana en Medellín y Bogotá, estos músicos proponen una nueva conciencia de la palabra.

Daniel Correa enciende un cigarrillo y reflexiona sobre el auge que está teniendo la canción de autor en varias ciudades del país. "Ya era hora, porque en estos tiempos de globalización nos llegan propuestas de afuera, desde Jorge Drexler hasta Guillermo Klein, y nosotros en Colombia nos habíamos quedado en los ochenta: escuchábamos a Iván y Lucía y de pronto llegó el punk y lo cambió todo".

No es, digamos, la apoteosis del cantautor, pero la aparición simultánea de varios proyectos que van por ese lado nos habla de un nuevo cuidado que músicos y oyentes están depositando en las letras. En Medellín, Carlos Palacio, 'Pala', sorprendió con un concierto sinfónico en el marco del Congreso Nacional de Música; en la república independiente de internet, Roberto Camargo promueve y vende su estupenda oda cósmica La rosa y el astronauta ("Aguardo los cometas y los meteoritos / les cuento mis pesares a las nebulosas"). Un gran paso en términos de contenido, sobre todo si recordamos que apenas hace tres años la canción más premiada fue la de un tipo al que le enamora que su novia le hable "con la boca".

Daniel Correa ha aportado a este movimiento un disco bien bautizado: Huracán. Con esa voz que ya acusa dejos de nicotina, sus once canciones se convierten en un retrato del bohemio sin redención para el cual son familiares las tomatas y las carreteras de polvo. La instrumentación remite a la música gitana de los Balcanes con una dosis de jazz que no podía faltar (Correa fue integrante del cuarteto Samurindó). Puede ser un disco autobiográfico o no, qué importa. Lo cierto es que ha fabricado un documento punzante, incluso altanero, que deja el mismo sabor de una buena novela negra.

Por contraste, salió por las mismas fechas un nuevo disco del bogotano Andrés Correa (no hay parentesco; el apellido igual es coincidencia) llamado Un lugar. Andrés se ha labrado una imagen de chico contemplativo que escribe desde la trinchera de su timidez, y la fórmula le funciona: cansado de tanta estrella autoproclamada, el público encuentra mayor sinceridad en este antihéroe sencillo. Hace tres años grabó una canción llamada Ventana indiscreta, en la que narraba el bullir de una ciudad y sus habitantes, pero siempre observándolo todo desde la ventana. En eso no ha cambiado mucho: sus composiciones están llenas de reflexión, recuerdos, deseos, pero no demasiada acción.

Desde ese, que es su terreno, nos regala varias canciones notables. Llamarlo amor tiene el mérito de ser, básicamente, una sola frase larga; no hay estribillo pegajoso, solo una frase que nos mantiene en vilo durante cuatro minutos para saber cómo termina. E Intensidad (entiéndase el término como lo usan los adolescentes) posee esa cualidad microscópica que uno les ha escuchado, por ejemplo, a las canciones de Joao Gilberto: una exposición de la compleja naturaleza humana en apenas un puñado de versos.

Al final, no le queda mal la melancolía a Andrés Correa. En un ámbito musical como el nuestro, en que para gustar hay que mostrarse alegre, casi al extremo de la parranda, es raro encontrar un disco como Un lugar y descubrir que al cabo de diez canciones lentas uno se siente realmente bien. El músico inglés Robert White escribió una vez que "meditar sobre una expresión de tristeza provee una edificante sensación de consuelo". Nunca, como con este disco, se había entendido mejor esa idea.
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