Lunes, 16 de enero de 2017

| 2001/08/27 00:00

Los otros

Amenábar cuenta una buena historia y confía, una vez más, en el miedo de los espectadores. ***1/2

Los otros

Director: Alejandro Amenabar
Protagonistas: Nicole Kidman, Fionnula Flanagan, Christopher Eccleston, Elaine Cassidy, Alakina Mann, James Bentley

Es para morirse del susto. Una mujer vive a oscuras, en una inmensa mansión, con sus dos hijos. Los niños son alérgicos a la luz y están condenados a vivir con las cortinas cerradas, y ella, Grace, que vive en el borde de sus nervios, aún espera que su esposo regrese de una guerra que ha terminado hace ya algunos meses. En las primeras escenas, un ama de llaves, un jardinero y una joven muda, que han llegado para reemplazar a unos empleados que han desaparecido de la noche a la mañana, aprenden las reglas básicas de la gigantesca casa: hay que cerrar las puertas con seguro cada vez que se entre a una habitación, hay que hacer silencio, hay que respetar las horas de estudio de los niños.

Los otros es una gran película de miedo. Lo que significa, básicamente, que en la oscuridad de la sala de cine uno siente un terrible vacío en el estómago y trata todo el tiempo de encontrar una posición en el asiento. Su atmósfera recuerda la de clásicos del suspenso como Rebeca, de Alfred Hitchcock, y La luz que agoniza, de George Cukor, y consigue, a pesar de los giros de moda y de los diálogos acartonados, el temblor, la angustia y los infartos de los espectadores. Como público sabemos, porque la cámara recorre escaleras, habitaciones a media luz y jardines en la niebla, que en cualquier momento puede ocurrir una desgracia. La intuimos, la vemos venir, la imaginamos. Somos nosotros mismos, con nuestra tendencia a sentir voces detrás de las puertas, los que hacemos esta película.

Alejandro Amenábar, el director, ya nos había propuesto que trabajáramos con él en sus dos anteriores historias: en Tesis, su brillante mirada al vouyerismo, nos invitaba a reconocer que la violencia nos repugna y nos fascina al mismo tiempo y que en todas las universidades hay algún sótano secreto; en Abre los ojos, su fábula sobre las mentiras que nos decimos para no enloquecernos, nos invitaba a sospechar que eso que estábamos viendo no era, necesariamente, lo que estaba pasando; ahora, en Los otros, nos recuerda que todo está en nuestras manos, que todos los relatos dependen del lector y que cada cual siente el miedo que se merece.

Lo mejor del asunto es que Amenábar lo único que ha hecho es escribir un buen guión, elegir una actriz estupenda, componer una banda sonora inquietante, sugerir una trama que no somos capaces de ver, y filmar con buen pulso, y sin mostrar ni una sola gota de sangre, una serie de escenas que en manos de otro, de algún director con un cerebro más taquillero o más televisivo, habrían sido una cadena de ruidos, saltos o explosiones. Es decir: admiramos a Amenábar una vez más porque no teme a los lugares comunes y se limita a contar bien una historia, porque no se separa de los narradores clásicos y le rinde cuentas, como cualquier director de bien, a los grandes maestros del cine.

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