Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/12/13 00:00

Los prismas de la violencia

Secuestro, masacres, paramilitarismo, guerrilla y narcotráfico son temas que sacuden el país. Diversos actores de la cultura afrontaron esta realidad desde ópticas muy diversas. Para algunos fue un negocio lucrativo; para otros, un tema de reflexión poética.

‘Frágil alma a la deriva (animula, vagula, blandula)’ del grupo Varasanta, una reflexión poética sobre las macascres

Si uno quiere ver qué tan enmarcada está la violencia y sus secuelas en la sociedad colombiana, basta revisar el panorama cultural de 2008 para ver cómo, desde distintos ángulos y aproximaciones, el tema ha permeado la conciencia del país: desde libros y documentales de televisión que se venden como arroz porque traen detalles, hasta las profundas reflexiones que han hecho y siguen haciendo las artes.

Para comenzar, en 2008 las grandes figuras del estrellato editorial no fueron escritores o poetas. Y no porque estos se hubieran declarado en huelga o en año sabático y no hubieran lanzado sus novelas, libros de cuentos o poemarios. Hubo tantas noticias relacionadas con fugas de secuestrados y operativos exitosos del Ejército en la lucha contra las Farc, que las editoriales aprovecharon la circunstancia para publicar las memorias y los testimonios de algunos de los liberados más célebres. Entre los títulos publicados se encuentran Mi fuga hacia la libertad, de John Pinchao; Siete años secuestrado por las Farc, de Luis Eladio Pérez,; Cartas a mamá desde el infierno, de Íngrid Betancourt (2008); El trapecista, de Fernando Araújo, y Desviaron el vuelo, vía crucis de mi secuestro, de Jorge Eduardo Géchem, con un prólogo firmado por Álvaro Uribe Vélez.

Dos novelistas también incursionaron en un género difícil de definir: el de novelar hechos reales. Nahum Montt, en Lara, recreó los últimos días de la vida del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, asesinado el 30 de abril de 1984 y víctima del primer magnicidio atribuido al narcotráfico. Alonso Sánchez Baute, oriundo de Valledupar, trazó las vidas paralelas de sus coterráneos Ricardo Palmera, alias 'Simón Trinidad', y Rodrigo Tovar Pupo, alias 'Jorge 40', en su novela Líbranos del bien. ¿Literatura? ¿Periodismo? Lo que sí está claro es que ambos escritores pusieron su pluma al servicio de la tragedia nacional.

Pero el tema trasciende las fronteras. El libro de Clara Rojas se editará en Francia y la editorial Plon anuncia un tiraje de 100.000 ejemplares y se traducirá al castellano. Y, como informó la revista Arcadia, el director de cine Oliver Stone parece muy interesado en llevar al cine las peripecias de Luis Eladio Pérez. Discovery Channel realizó el documental Fuga de las Farc, que revivió la historia de Pinchao. Además de recrear los 17 días que duró huyendo en la selva, el documental también cuenta la manera como él y sus compañeros cayeron en manos de la guerrilla en 1998, durante el ataque a la base policial de Mitú. El canal National Geographic emitió el especial sobre la Operación 'Jaque', dirigido por Álvaro García, ex director de Noticias RCN, muy apegado al estilo maniqueísta de los buenos del Ejército contra los malos de la guerrilla.

El propio canal RCN consiguió material inédito de la Operación 'Jaque' y con él elaboró un especial que destapó las irregularidades del uso indebido de insignias humanitarias y de medios de comunicación por parte de algunos militares involucrados en la liberación de Íngrid Betancourt.

Y ya que se habla de televisión, no sobra anotar que el seriado El Cartel, basado en el libro El cartel de los sapos, escrito por el confeso narcotraficante Andrés López, alias 'Florecita', fue la producción más importante del año. Dos de los principales estrenos cinematográficos también se inspiraron en la violencia. PVC1, de Spiros Stathoulopoulos, se basa en el episodio del collar bomba. Y Perro come perro, de Carlos Moreno, es un drama sicológico que se desarrolla en el bajo mundo de los narcotraficantes y los sicarios.

Desde los tiempos de la Violencia de los años 50 varios artistas plásticos han aportado una mirada crítica a la violencia, el desplazamiento y el paramilitarismo, y en muchas ocasiones lo han hecho con mayor agudeza y profundidad que los medios o la misma academia. En 2008 se llevó a cabo un proyecto que abordó estos temas desde diversas disciplinas. Destierro y reparación, que estuvo exhibido en el Museo de Antioquia entre el 15 de septiembre y el 15 de noviembre, trascendió las artes plásticas, ya que puso a meditar y discutir a artistas, músicos, científicos sociales, funcionarios y líderes sobre la violencia y el desplazamiento. Participaron 33 artistas, algunos con obras ya elaboradas. Otros produjeron obras originales para esta exposición.

Beatriz González también trabajó el tema en su proyecto Ondas de Rancho Grande. Con base en una fotografía de Yolanda Izquierdo, líder campesina asesinada por las autodefensas, elaboró un afiche que primero publicó en el diario El Tiempo, en mayo, como regalo a sus lectores. La imagen se transformó en una pequeña estampa que se repartió en el XLI Salón Nacional de Artistas. La Galería Mundo en su exposición colectiva La muerte está viva, presentó obras de los últimos 60 años alusivas a la muerte, varias de ellas relacionadas de manera directa con el tema de la violencia.

El teatro también se interesó en el tema de las masacres. El grupo Varasanta, de Bogotá, estrenó su obra Frágil alma a la deriva (animula, vagula, blandula), una reflexión poética acerca del desarraigo que provocan las masacres. Durante noviembre, en la nueva sede de la agrupación, volvieron a presentar Kilele, basada en la masacre de Bojayá, así como una versión actualizada del monólogo Mujeres en la guerra, de Carlota Llano, basado en el libro homónimo de Patricia Lara. Más orientado a sus reflexiones acerca de la religión, el artista plástico José Alejandro Restrepo dirigió el videoperformance Vidas ejemplares, en el que los actores encarnan y animan algunas figuras que ofrecieron su cuerpo o fueron forzadas a rituales y sacrificios violentos.

Y los roqueros también aportaron su grano de arena. La canción Errante diamante, y el video que lo acompaña, fue el aporte de Aterciopelados al proyecto Destierro y reparación. Un testimonio desgarrador y de gran belleza acerca del drama de los desterrados.
 

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