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| 4/25/2015 10:00:00 PM

Los que casi llegan al poder

Un libro de Guillermo Alberto González recoge los casos de ocho colombianos que estuvieron en la antesala del poder pero no llegaron.

El expresidente de Colombia Belisario Betancur dijo después de leer la obra –cuya principal fuente de información son los periódicos de la época– que se trataba de un “análisis sobre caminos de éxito y nostalgia de cada uno de los protagonistas, que inspiraron con su huella la historia colombiana”. Y es que este libro –que se lanzará el 28 de abril en la Feria del Libro– cuenta episodios desconocidos de ocho eminentes colombianos que persiguieron el poder sin alcanzarlo. Cuatro de ellos, Luis Carlos Galán, Jorge Eliécer Gaitán, Álvaro Gómez Hurtado y Julio Arboleda, fueron asesinados en diferentes circunstancias. Y los otros cuatro, Gilberto Álzate Avendaño, Gabriel Turbay,  el maestro Guillermo Valencia y Florentino González, fallecieron de muerte natural.

El requisito que cumplían estos ocho personajes era haber estado realmente cerca de alcanzar el poder. Si los vientos desfavorables del destino no se hubieran cruzado en su camino ellos habrían podido llegar a la Presidencia. Precisamente, por ese motivo no fue incluido el general Rafael Uribe Uribe, pues a pesar de ser un hombre de suma importancia nunca estuvo cerca de llegar a la Presidencia. Esto quedó claro tras su derrota en la Guerra de los Mil Días.

Los capítulos sobre Gilberto Álzate y Gabriel Turbay develan hechos que poco se conocían o se conocían solamente en muy reducidos círculos de la vida nacional. Por ejemplo, el libro cuenta que el exministro Aurelio Caicedo Ayerbe –amigo cercano de Álzate– fue testigo de cómo en octubre de 1951, a raíz del accidente coronario de Laureano y cuando Álzate tenía las mayorías en el Congreso para que lo eligieran designado y esa misma tarde asumir la Presidencia de la República, un errado consejo médico lo llevó a posponer su aceptación y dejó que Álvaro Gómez y Jorge Leyva impusieran el nombre de Roberto Urdaneta Arbeláez como designado. Este, en vez de ocupar el cargo las escasas semanas que se necesitaran para convocar a elecciones, se aferró a la banda presidencial hasta el golpe del 13 de junio de 1953.

La equivocación del médico es solo una de las múltiples teorías que rodean la extraña decisión de Alzate de hacerse a un lado y dejar la Presidencia en manos de Urdaneta. Alzate murió en la madrugada del 26 de noviembre de 1960, con un inmenso prestigio en su partido pero sin alcanzar su objetivo de ser presidente de Colombia.

En el capítulo sobre Gabriel Turbay se dice que para Carlos Lleras Restrepo este había sido el líder con mejores atributos para llegar a la Presidencia, y que Colombia se la quedó debiendo. En la campaña presidencial de 1946 Turbay era uno de los contendores de Gaitán. Este último recurrió a consignas racistas para sabotear la campaña de su rival. Lo llamaba turco, musulmán y afirmaba que el país debía tener un presidente colombiano. Turbay se defendía diciendo: “Patria, de tus entrañas soy pedazo”, pero el grito no fue suficiente para ganar las elecciones. Turbay murió solo en 1946 en una habitación del Hotel Place Athénée de París, después de su derrota presidencial con Mariano Ospina Pérez a causa de la división del Partido Liberal.

De todas las muertes y asesinatos que se narran en este libro, la de Jorge Eliecer Gaitán es sin duda alguna la que más impactó a Colombia. El 9 de abril de 1948 la historia del país se partió en dos y aún hoy –67 años después– hay gaitanismo. La parábola vital de Gaitán se narra comenzando por los hechos violentos que sucedieron en Popayán, cuando la turba enardecida avanzaba por la plaza de Caldas con machetes en la mano y gritos de venganza. El líder popular incendió las plazas gritando contra su adversario político Gabriel Turbay.

El asesinato de Gaitán sigue teniendo un halo de misterio. Oficialmente se afirma que el asesino del caudillo fue un hombre llamado Juan Roa Sierra, sin embargo, García Márquez puso esto en duda en sus memorias. Para él, el culpable del crimen sería un extraño que incitó a la masa a linchar a Roa. Sobre este último –dice el libro– se barajan dos hipótesis: se trataría de un soñador ingenuo o de un hombre frío con un plan premeditado. Las imágenes de ese 9 de abril en las que hay una de Fidel Castro junto a las ruinas de la ciudad incendiada y semidestruida son impactantes.

En el capítulo sobre Julio Arboleda, el autor examina el problema de la esclavitud en el Cauca a mediados del siglo XIX, y revela que las actitudes del militar caucano siempre fueron proesclavistas habiendo llegado a vender esclavos al Ecuador, cuando percibió que se aproximaba el fin de este oprobioso tráfico por las medidas de su paisano el presidente José Hilario López. Si bien Arboleda estaba elegido para la Presidencia y solamente se trataba de perfeccionar el acto jurídico, es seguro que no habría ocupado “el solio de Bolívar por mucho tiempo, pues ya resonaban las trompetas de triunfo de las huestes revolucionarias del general Tomás Cipriano de Mosquera, que eran imparables sobre Bogotá”.

En 1918, el maestro Guillermo Valencia ocupaba el primer lugar en la fila india del conservatismo para ser el candidato oficial y único de su partido. Pero lo frustró la oposición de la Iglesia católica en cabeza del primado monseñor Herrera Restrepo, quien se negó a concederle el níhil óbstat que le solicitó el Directorio Nacional Conservador. Más bien prefirió a Marco Fidel Suárez, a cuyo favor tronaron todos los púlpitos de Colombia.

En los capítulos sobre Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez Hurtado el libro se vuelve testimonial. En el caso de Galán el autor tuvo contacto con él pocas horas antes de que lo asesinaran. El candidato le confesó que le preocupaban las encuestas publicadas por los medios el día anterior y que le concedían una favorabilidad de más del 70 por ciento, suficiente para asegurar su victoria en las siguientes elecciones presidenciales. Sabía que sus enemigos redoblarían sus esfuerzos para eliminarlo. Y no le faltaba razón.

El asesinato de Galán fue como la crónica de una muerte anunciada. Lo llamaban a amenazarlo a la casa, secuestraron a un amigo de su hijo Juan Manuel en el colegio y le dejaron saber que la próxima vez la víctima sería uno de sus hijos, y pocos meses antes de su muerte una llamada anónima lo salvó de un ataque con lanzacohetes. Los encargados de desarticular el atentado fueron asesinados pocos días después. El liberal se había ganado un enemigo implacable: Pablo Escobar.
El capítulo de Gómez Hurtado comienza con la narración de su secuestro. El M-19 lo raptó saliendo de misa a pocas cuadras de su casa. “Los asaltantes desataron una inmensa balacera que rompió con la tranquilidad del mediodía”, dice. Gómez Hurtado fue metido a la fuerza en un carro y uno de sus escoltas cayó muerto después de 14 tiros. El afamado conservador no moriría ese día sino años más tarde cuando fue abaleado a la salida de la Universidad Sergio Arboleda.
 
Si bien Álvaro Gómez, tras tres intentos fallidos en elecciones presidenciales, no estuvo tan cerca de ser elegido jefe del Estado, sus ideas y conceptos influyeron más que las de ningún otro colombiano de su tiempo en las políticas nacionales. Las referencias a Gómez Hurtado en su condición de periodista, artista y persona de vasta cultura complementan detalladamente un cuadro que se ensombrece, cuando se narra el episodio de su secuestro y luego su cruel asesinato a la salida de la Universidad Sergio Arboleda, en donde dictaba clases que asombraban a sus alumnos por su cultura universal. La tesis de por qué nunca fue elegido presidente se sustenta en la aversión liberal a la figura de Laureano Gómez denominado ‘el hombre tempestad’.

Quizá por la lejanía del acontecimiento histórico, la figura de Florentino González no tiene la fuerza de los demás protagonistas, a pesar de que en 1828 hizo parte de la Conspiración Septembrina que atentó contra Simón Bolívar. González era un hombre de escasos recursos que desde muy joven tuvo que mantener a su madre y a sus hermanos. Desde que llegó a Bogotá en 1817 fue testigo de la crueldad del Ejército español, lo que lo llevó a odiar profundamente cualquier tipo de tiranía. La suya es una historia melancólica de quien era el mejor preparado de los colombianos de la posindependencia, pero que tuvo la mala suerte de competir con militares que ostentaban las cicatrices de las batallas de la Independencia. Obando, Herrán, José Hilario López sacan provecho de las condiciones de estadista de Florentino, pero lo abandonan a su suerte forzándolo a un destino opaco en Argentina y Chile. Florentino tuvo que soportar toda su vida el estigma de su participación en la noche septembrina.
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