Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1988/11/21 00:00

I LOVE NUEVA YORK

Con un agudo sentido periodístico, Tom Wolfe se ha convertido en el Dos Passos contemporáneo.

I LOVE NUEVA YORK

El alcalde de Nueva York está en apuros. Enfrentado a un grupo de negros en su vecindario de Harlem, contempla cómo lo que debía ser un encuentro amistoso para hablar de problemas comunes, se va convirtiendo gracias al calor y la humedad y el cansancio y la intolerancia en un agrio, irrespetuoso y violento intercambio de insultos, ataques y groserías. El alcalde no sabe qué hacer y cuando el principio de autoridad está pisoteado, los guardaespaldas tienen que salvarlo porque la reunión ha degenerado en motín.
Mientras tanto, a un hombre ambicioso, joven y adinerado que vive con su mujer, su hija y su perro en un elegante apartamento de Park Avenue, le ocurre lo que jamás podría sucederle a un hombre casado y de su posición social y económica: bajo la lluvia y después de insistir en que el perro quería revolcarse en la hierba, encuentra un teléfono desocupado, entra a la cabina, marca un número, pronuncia el nombre de su amante, María y escucha aterrorizado, al otro lado de la línea, cómo la esposa reconoce su voz asustada. Se llama Sherman McCoy y trabaja en Wal Street.
Al mismo tiempo, aparece otro personaje llamado Laurence Kramer, ayudante del fiscal, casado con una mujer intelectual, compartiendo un apartamento muy estrecho y observando cómo buena parte del sueldo se pierde en pagarle a una niñera agria que cuida al bebé nacido tres semanas atrás. Kramer se encarga de asuntos penales relacionados con violaciones y asesinatos, y tiene que trabajar en una de las peores zonas del Bronx, rodeado de chulos, rameras, abogados torpes y magistrados soberbios, mientras al mediodía nadie se atreve a poner un pie en la calle.
El escenario donde transcurren éstas y otras vidas, éstas y otras historias, es la ciudad de Nueva York y así como París tiene a Marcel Proust, Dublin a James Joyce, Londres a Graham Greene, La Habana a Cabrera Infante, Barcelona a Vásquez Montalbán, Nueva York ha encontrado el que puede considerarse su mejor cronista de sitios, personajes y costumbres, un crítico que por primera vez acomete el género de la novela con una historia-río titulada "La hoguera de las vanidades". Se trata de Tom Wolfe, el niño terrible de la cultura norteamericana de los últimos 25 años, el teórico que ha sabido definir el nuevo lenguaje del periodismo, la pintura, la literatura, la arquitectura y hasta la política desde los años sesenta, en libros que los estudiantes siguen devorando porque sus conceptos, sus irreverencias, sus desplantes supieron anticiparse a la auténtica contracultura que está dominando hoy.
Hombre delgado, bajito, exquisito, siempre vestido de blanco y activo en los círculos sociales norteamericanos, especialmente en Nueva York y Washington, Wolfe ha logrado un libro delicioso, cínico, alegre, lleno de humor y vida que demuestra cómo todos los hombres, sea cual fuere su condición, son vanidosos y se pasan la vida exhibiendo lo mucho o lo poco que tienen, son hombres que necesitan vivir de las apariencias, necesitan que los miren y los califiquen por lo que saben ostentar. Demoró más de tres años redactando y cerca de dos años corrigiendo este libro, que en la edición de Anagrama se acerca a las 700 páginas que se leen con voracidad, con risa permanente con asombro ante la capacidad narrativa de un autor que aporta otro elemento valioso al actual renacimiento de la novela norteamericana.
Wolfe tiene 57 años y nació en una familia de la alta burguesía del Shenandoah Valley. El padre editaba un periódico agropecuario y era profesor en la Universidad de Virginia. La madre, quien actualmente pasa los 90 años y vive con una hermana del escritor, Helen Evans, era una mujer exquisita, liberal y presbiteriana que estudió medicina. De esa familia surgió uno de los teóricos más brillantes de este siglo (su expresión "Nuevo Periodismo" para referirse al oficio del reportero que utiliza también las formas literarias, como el caso de Truman Capote, le dio la vuelta al mundo y se impuso), autor de libros que analizan desde el radicalismo de los Panteras Negras hasta la locura de la carrera espacial. Hace algún tiempo decidió que era tiempo de entrar al terreno de la ficción, pero no fue fácil. Se sentaba ante la máquina y nada. Durante seis meses pensó que había fracasado, hasta cuando entendió que lo tenía todo entre las manos: "Descubrí, para mi sorpresa, que todas esas reglas que aprendí en la escuela seguían apareciendo repentinamente: reglas sobre el punto de vista en la narración, a lo Henry James. Reglas sobre la construcción narrativa. Toda clase de cosas. Me resultaba agobiante. Esa teoría que de que cada escena debía presentarse a través de un par de ojos y no podía violarse esa perspectiva. Es decir hay que meterse en la cabeza de los personajes y con la novela hubo un momento en que no me sentí libre, me tomó mucho tiempo superar esa barrera y eso se nota al comprobar que escribí la novela primero como una serie en la revista Rolling Stone y luego la corregí completamente, cambié algunos personajes y algunos que han leído ambas versiones, me atacan por haber escrito una novela-periodística. Me alegro que sea así porque compruebo que no estuve tanto tiempo dentro de los personajes".
Alumno expreso de escritores naturalistas como Zola, Balzac, Sinclair Lewis y John O'Hara, Wolfe se siente unido a la visión que esos autores dieron de sus respectivas comunidades, los cambios en costumbres y dialectos, la forma como encaraban las transformaciones urbanísticas y para Wolfe, "La hoguera de las vanidades" es un reflejo minucioso del hervidero cotidiano que es la ciudad de Nueva York: "Creo que es completamente disparatado pensar que puedes entender al individuo en un momento como el actual, particularmente en las ciudades sin comprender el tejido social" afirmó hace algunos días. Confiesa que se siente un novelista anticuado porque no le coloca trampas al lector, simplemente le cuenta cosas y va urdiendo esa trama donde el joven adinerado que trabaja en Wall Street, entra por error al Bronx con su automóvil y su amante y atropella a un negro. Durante la investigación se verá relacionado con Kramer, el que tiene bebé y niñera.
Una de las críticas más frecuentes en Estados Unidos a este libro, es la forma sarcástica como Wolfe encara las tensiones raciales. El autor se defiende diciendo que "no entiendo otra manera de escribir honestamente la historia del Nueva York de hoy, sin ser completamente cándido y franco sobre las hostilidades raciales. Desafortunadamente, ese es uno de los motores que mueven la ciudad. A cualquiera que tenga alguna objeción lo reto a que salga a la calle, se informe y tome notas. Luego que las compare con las mías. Será el mismo retrato". Ahí, pues, están los personajes de Wolfe, muchos se sienten identificados con ellos y eso, les produce mucha rabia.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.