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| 2/26/2002 12:00:00 AM

Lucía y el sexo

Julio Medem controla los destinos de una mesera entusiasta y un novelista deprimido.

Director: Julio Medem


Protagonistas: Paz Vega, Tristan Ulloa, Najwa Nimri, Daniel Freire, Elena Anaya, Silvia Llanos.

La buena noticia es que a muchos les encantará Lucía y el sexo. Bueno, algunos piensan que Todo sobre mi madre sí merecía el Oscar y otros defienden las películas de Chuck Norris, así que quizá ni siquiera sea una noticia.

La historia comienza cuando Lucía, una conmovedora mesera que suele dejarse llevar por sus instintos, se enfrenta a su único problema en la vida: su novio, Lorenzo, un novelista que tiene la culpa de todo lo que pasa en el mundo, ha caído en una terrible depresión que al parecer no tiene salida. Una noche, cuando ella llega al apartamento y no lo encuentra por ninguna parte, recibe una llamada que le anuncia que el amor de su vida ha sido atropellado por un bus. Entonces decide viajar desde Madrid hasta la isla en la que él, hace ya varios años, vivió la experiencia que parece ser la más importante de su vida.

En la isla, gracias a los poderes secretos de la luna y del sol, que se parecen a los personajes de la obra más de lo que uno cree, Lucía ata los cabos de la vida de Lorenzo y descubre, uno a uno, los accidentes que le han dado forma a aquellas vidas. Todo está dado, pues, para que Lucía y el sexo sea una buena película. Tiene frases y giros misteriosos, cuenta con la belleza y el talento de Paz Vega y Elena Anaya y con las cuidadosas imágenes digitales de Julio Medem, el célebre director de Los amantes del círculo polar.

Pero no, no convence. No importa que el título del relato describa un largometraje que sólo se da de vez en cuando. No importa que los personajes secundarios sean tontos y risibles y todo lo hagan porque sí, porque eso decía en el libreto, ni que Lucía, Lorenzo y el sexo sean tan simbólicos, tan serios, tan conscientes de sus propias tragedias, que al final resulten planos y sin vida. De hecho, hay películas en las que nada de eso importa y todo, absolutamente todo, resulta ser un signo de la búsqueda personal del director.

El problema, en este caso, es que no hay ninguna búsqueda de por medio, que los hallazgos jamás van a llegar porque han estado ahí desde el comienzo, desde el momento en que el autor se sentó en su escritorio a darles cuerpo a sus ideas. Y las ideas están tan claras desde la primera secuencia que uno se dedica a pensar, durante la proyección, en lo injusto, inútil e inhumano que es hacer pasar a tantos personajes por tantas experiencias para llegar a tan pocas conclusiones.

Lo que molesta de Lucía y el sexo es, pues, que detrás de las tragedias de sus hombres y de sus mujeres no se encuentra el destino sino el director de la película. Es, aunque parezca increíble, una diferencia fundamental. Una que convertirá a algunos en fanáticos y a otros en escépticos. Se da por descontado que todos, al final, reconoceremos el esfuerzo. Y que será lamentable, como siempre, que no nos toque juzgar las muchas horas de trabajo.
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