Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2003/10/13 00:00

Lugares comunes

Adolfo Aristaráin cuenta, en medio de la crisis argentina, una conmovedora historia de amor.

Los mejores amigos de la pareja, Carlos y Natacha, los ayudan a decidir qué harán con su futuro incierto

Director: Adolfo Aristarain
Protagonistas:
Federico Luppi, Mercedes Sampietro, Arturo Puig, Carlos Santamaria, Valentina Bassi, Claudio Rissi

Otra conmovedora película argentina llega a las salas del país. Es otra prueba contundente del buen momento por el que pasa el cine latinoamericano. Se llama Lugares comunes porque su personaje principal, un profesor de literatura a punto de ser jubilado a la fuerza, ha comenzado a ver el mundo como una suma sin sentido de clichés. La dirige el porteño Adolfo Aristaráin, autor de Martín (Hache) y Un lugar en el mundo, sin caer en ninguno de los chantajes emocionales que sugiere la narración y sin perder de vista que en realidad se trata de una historia de amor entre esposos. Se inspira en El renacimiento, una novela autobiográfica escrita por su primo, Lorenzo Aristaráin, en la que la crisis económica y los valores políticos perdidos se convierten en dos obstáculos que impiden la respiración de los habitantes de Buenos Aires. Se ve sin muchos problemas, como un drama con sentido del humor, hasta sus últimas escenas.

El profesor en cuestión se llama Fernando Robles y ha sido testigo, desde su eterno salón de clases, de la decadencia de las ideas de su juventud: su hijo, Pedro, un escritor que ha hecho a un lado su vocación para dedicarse por completo a hacer dinero, parece ser un símbolo de la dirección que ha tomado el mundo del siglo XX; su mejor amigo, el abogado Carlos Solla, interpretado por el mismo Carlos Puig que conocimos en la telenovela Grande Pa, está enamorado de una mujer mucho más joven que él, Natacha, y hace lo que puede para conservar sus ideales en medio de las demandas y los embargos; su país, Argentina, es el vasto cementerio de la clase media y el resultado, dice el profesor, de un planeta arrodillado ante el altar de lo norteamericano. Sólo Liliana Rovira, su esposa, una catalana que vivió también los efectos secundarios de las dictaduras, es la misma persona de siempre: sigue siendo, por eso, la protagonista de su vida.

Conocemos lo que piensa Robles sobre lo divino y lo humano -pues anota, en una especie de diario, las cosas que le pasan por la mente- pero su voz en off nunca nos suena pretenciosa porque se trata, al fin y al cabo, de la voz de un hastiado profesor de literatura. Y aunque a veces sentimos que los personajes secundarios se desdibujan desde su perspectiva y que los hechos del relato pierden fuerza por culpa de algunos de sus discursos, nos sentimos agradecidos cuando nos damos cuenta de que estamos frente a seres humanos reconocibles. Bien escrita, bien actuada, bien dirigida, Lugares comunes es, como las otras producciones argentinas que han llegado a Colombia en estos meses, un relato emocionante que investiga las relaciones entre las personas y retrata, con precisión, los nobles gestos de un grupo de sobrevivientes.

Olvidamos, de tanto ver superhéroes histéricos, que no sólo vamos a cine a escaparnos de todo. Quien no esté de ánimo para recordar quizás no deba ver esta película.

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