Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2015/11/28 21:00

El guionista invisible

Un ensayo que rastrea la gran influencia de Shakespeare en el cine y en las grandes series de televisión.

Jordi Balló y Xavier Pérez
El mundo, un escenario
Anagrama, 2015
243 páginas


Mi madre me enseñó muchas cosas; entre ellas que siempre hay que tener a Shakespeare a la mano”, dice el joven doctor Frankestein en la serie Penny Dreadful. Además de su indudable influencia cultural –reiterada por Jan Kott, Harold Bloom y Borges, entre otros-, es muy común escuchar ahora sobre los aportes del bardo inglés en la creación audiovisual contemporánea. Teleshakespeare, tituló su libro Jorge Carrión. Para el escritor George Anastasia, “si Shakespeare estuviera vivo, escribiría para los Soprano”. O, dándole la vuelta al enunciado: si no es por Shakespeare, nadie podría escribir Los Soprano, no al menos con esos eficaces recursos narrativos. Aunque el mundo global es muy distinto al de la Inglaterra isabelina, su dramaturgia sigue siendo útil para los guionistas de las series televisivas y el cine, tanto el clásico como el actual. Tal es la tesis que desarrollan Jordi Balló y Xavier Pérez en su libro El mundo, un escenario, un erudito y ameno ensayo que desarrolla diez temas de influencia, de los cuales señalaremos los más interesantes.

La película La red, sobre la vida de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, empieza con una intensa discusión entre este y su compañera Erika Albright (Rooney Mara). No hay prólogo, ni recapitulación sino una acelerada ‘puesta en situación’ de unos personajes que van más adelante que los hechos. Así tiene que ser -se dirá- en nuestro mundo de la inmediatez donde hay que instalar al público sin preámbulos en el centro de los conflictos. Pero de igual manera, in media res –en medio del asunto- empezaban muchas de las obras de Shakespeare, quien era un maestro de los principios: o bien comenzaba con una secuencia de acción o con una escena que revelaba algo sobre el personaje. Algo muy claro para él, según lo hace explícito en el prólogo de su obra Troilo y Crésida: “Abandonado, / nuestro drama empieza / En su mitad; y, desde allí, la trama / Se desarrolla cual permite el drama”.

La serie televisiva The Wire, un retrato dramatizado de la ciudad de Baltimore en sus distintos ámbitos contrastados (el centro, la periferia, la plaza y la calle, el juzgado y el ayuntamiento, los comercios y las viviendas, el puerto y la carretera, la prisión y los tribunales, la comisaría y la escuela, las sedes mediáticas y los hospitales, el pub atestado de gente y el restaurante de lujo, los interiores domésticos y los centros de convenciones) que se alternan en breves secuencias para crear la sensación de una ciudad inabarcable y laberíntica, se caracteriza por una visión horizontal en la que todos los espacios son vistos con la misma importancia. Todo sucede a la vez y todo es igualmente significativo: “‘The Wire’ es la imposibilidad de reconocer a un protagonista principal”. Una trama coral que constituye una visión democrática de la historia y que está presente en la dramaturgia shakespeariana donde desaparecen los personajes secundarios y se pone en duda la noción de protagonismo y de escala moral.

Walter White, el protagonista de la serie televisiva Breaking Bad, es un villano superlativo, al cual veremos en su proceso de ‘corromperse’ y ‘volverse malo’. Esto no le resta simpatía ni carisma ante el espectador, al igual que le sucede a Ricardo III, con quien Shakespeare descubrió al personaje dramático como exceso: “Un villano bien delineado puede crear una complicidad con el público, superior a la que podría sentir por los miembros de un hipotético bando representante del bien”. El personaje como exceso, caracterizado por su determinación absoluta, que brilla por encima de la trama. Como Tony Soprano, Dexter, Don Draper en Mad Men o Frank Underwood en House of Cards. ¿Acaso no son ese tipo de personajes ‘excesivos’ el secreto encanto de las series más reconocidas?

Cuando John Travolta y Samuel L. Jackson, dos sicarios en la película Pulp Fiction, antes de cometer un crimen, se enfrascaban en un absurdo y divertido diálogo sobre las hamburguesas, el público se deslumbró con su director Quentin Tarantino, tal vez porque ignoraba que el guionista invisible de aquel comic relief –alivio cómico antes de una escena trágica- era el mismísimo Shakespeare.

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