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| 3/5/2016 12:00:00 AM

Luis Ospina, el persistente del cine Colombiano

El director celebra sus 45 años de carrera con el más personal de sus trabajos: ‘Todo comenzó por el fin’. El Ficci le rinde homenaje a su genialidad irreverente.

Por primera vez, el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (Ficci) le dedicó su principal tributo a un colombiano. Ha sido actor, director, guionista, escritor, curador, profesor, pero sobre todo cinéfilo: se trata de Luis Ospina, el hombre de los mil anteojos, un visionario y rebelde que, junto a sus amigos ya fallecidos –el escritor Andrés Caicedo y el director Carlos Mayolo–, le dio un vuelco a la forma de hacer y pensar el cine en el país desde comienzos de los años setenta.

Su nuevo largometraje rememora la historia de ese momento inicial del grupo de Cali, que todavía sobrevive gracias a la lúcida memoria de Ospina. Todo comenzó por el fin fue engendrado hace cinco años para dar cuenta de un espíritu generacional que supuso una ruptura definitiva en el país. La del grupo de Cali, la de Ciudad Solar, la de Enrique Buenaventura y el teatro de los años sesenta, la del Museo la Tertulia, y en fin, la de una ciudad que contó con Ojo al cine, bajo la batuta de Caicedo, quizá la primera revista moderna en todos los sentidos de Colombia.

Esa amistad fue fundamental para el crecimiento artístico de toda una generación, que sostiene que el cine colombiano comenzó en Cali, aunque eso no sea del todo cierto. En esa ciudad nació Luis Alfonso Ospina Garcés el 14 de junio de 1949, a quien sus amigos desde muy niño apodaron Poncho. El 7 de agosto de 1956 una gran explosión sacudió los cimientos de la ciudad y destruyó buena parte del centro, lo que obligó a la familia Ospina a mudarse al barrio Centenario. Allí conoció a Carlos Mayolo, con quien solo 15 años después compartiría la hazaña de comenzar a hacer un cine que sacudiera la tradición conservadora colombiana.

Se fue a estudiar cine en la Universidad de California, donde nacieron tres cortometrajes –Vía cerrada (1964), Acto de fe (1970) y Autorretrato (dormido) (1971)– que abordan el tema de la muerte, la deses-peración y el sueño (como reflejo). Tras regresar a Cali conoció a Andrés Caicedo, el autor de la novela Que viva la música. Con Caicedo y Mayolo, quien para ese momento ya era realizador, emprendieron una movida cultural que se materializó, primero, en el primer cine club de la ciudad y luego en la mencionada Ojo al cine.

Ser un director interesado por la vida urbana y la memoria le permitió anticipar “una manera de crear películas muy actual que es cine sobre cine y no un cine sobre realidad”, dice el investigador Pedro Adrián Zuluaga, quien ha seguido de cerca su obra.

Todo comenzó por el final

La cinta Todo comenzó por el fin –que se proyectará entre el 8 y el 10 de abril en el programa de Cineco Alternativo– sintetiza lo que significó esta contracultura del cine para el país, pero también el retrato de una generación que presenció el ascenso del narcotráfico y de la violencia, a la que nunca le dio la espalda.

Esta nueva producción es, además, un testamento audiovisual con un montaje virtuoso y una reflexión sobre la enfermedad y la muerte desde un relato personal. Cuando comenzaba la película, Ospina se enfrentó a un cáncer y decidió incluir apartes de una entrevista íntima que le concedió desde el hospital al director Rubén Mendoza, uno de sus pupilos, justo después de la operación.

Salió ileso de esa batalla y logró finalizar la que creía sería su última producción, que estrenó en la pasada edición del festival de Cine de Toronto antes de lanzarla en Colombia. Ospina dice que la película es un encuentro con sus amigos del pasado y su gran legado. “Una de las escenas más fuertes se filmó en el hospital cuando estaba muy grave”, dice, y además resalta la carga emocional y la presencia de personajes que han sido testigos de su brillante necedad como la actriz Vicky Hernández, la directora Patricia Restrepo y la artista Beatriz Caballero, pareja de Carlos Mayolo.

“Sexo, drogas y cine”. Así comienza esta aventura cinematográfica repleta de imágenes inéditas, que muestra una celebración constante llamada Caliwood: “Mezcla entre Cali y Hollywood”, como dice la canción que ambienta parte de la película.

¿Por qué esa relación tan estrecha entre Cali y el cine? Quizá no haya una sola respuesta pero Ospina argumenta que allí, en el Valle del Cauca, se filmaron las primeras imágenes del cine colombiano como María, y se escribieron críticas cinematográficas por primera vez. Y que a partir de los setenta la ciudad volvió a surgir con producciones de Pascual Guerrero, Lisandro Duque, Ospina y Mayolo.

El tándem Ospina-Mayolo comenzó muy joven con Oiga vea (1972), una denuncia sobre la realización de los VI Juegos Panamericanos en Cali, cuando la Alcaldía pretendió ocultar la pobreza de la ciudad; Cali: de película (1973), un documental satírico de la rumba en esa ciudad; Agarrando pueblo (1978), un falso documental sobre los cineastas que explotan la miseria con fines mercantilistas (la famosa pornomiseria) y Pura sangre (1982), su primer largometraje de ficción, basado en la leyenda urbana del Monstruo de los Mangones, un presunto chupasangre y abusador de niños en los terrenos vacíos de la ciudad. “Siempre hay una actitud de irreverencia, de impugnación cultural en lo que ellos hacen, y las películas de los distintos momentos de la obra de Ospina están caracterizadas por cuestionar las certezas y los valores admitidos”, dice Zuluaga.

El arte de Ospina no solo entra en el terreno de las luchas simbólicas, sino también en las del poder. Su versión de los hechos no coincide con la historia oficial y, además, muestra una gran cualidad: escuchar y observar. Esto le permite, a partir de una estética, reconocer la historia del otro, del silenciado.

Sus personajes, por lo general, pertenecen a sectores populares; gentes habitualmente escondidas para el cine –los emboladores en Al pie (1991), los peluqueros en Al pelo (1991) y los taxistas en A la carrera (1991)–. Pero también aparecen en su obra artistas colombianos representativos como Antonio María Valencia, Máximo Calvo, Andrés Caicedo, Lorenzo Jaramillo, Fernando Vallejo o Eduardo Carvajal.

Además de su obra cinematográfica –32 películas–, Ospina también participó, de la mano de Andrés Caicedo, en la creación del pénsum de la Escuela de Comunicación de la Universidad del Valle, para integrar al cine como uno de los ejes principales. Este centro educativo se convirtió en el semillero de productores y directores caleños que hoy sobresalen en la escena nacional, como Óscar Navia (El vuelco del cangrejo), César Acevedo (La tierra y la sombra) y Carlos Moreno (Perro come perro).

“Es un maestro en muchos sentidos”, dice Diana Bustamante, directora del Ficci, quien asegura que Ospina “le ha abierto su casa a personas interesadas en hacer cine”. Ella tuvo esa fortuna, lo que le permitió estar cerca del director y delinear su trabajo cinematográfico. Lo mismo le sucedió a Rubén Mendoza, director y guionista de varias películas como Memorias del calavero (2014) y La sociedad del semáforo (2010), quien durante la universidad comenzó a trabajar con Ospina. “Cuando Luis Ospina se me atravesó como una bala en el corazón, nunca me lo saqué”, dice.

Ospina ha hecho de su trabajo un laboratorio de aprendizaje. Ha sido, también, profesor de las universidades Javeriana y Los Andes, y desde 2009 es el director artístico del Festival Internacional de Cine de Cali. Este último ha sido uno de sus mayores aportes a la cultura nacional.

La obra de Luis Ospina se ha caracterizado por ser consecuente con su propia manera de entender la convulsa realidad que le tocó en suerte. Y lo ha hecho elocuentemente en cada una de sus películas. Por eso, quien quiera conocer un fragmento de la memoria del país, ineludiblemente tendrá que ver sus filmes en los cuales, como en Colombia, la realidad y la ficción parecen una misma cosa.

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