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| 7/25/2004 12:00:00 AM

Luto y misterio en el podio

La muerte del director austríaco Carlos Kleiber el 13 de julio acrecentó aún más el halo de misterio que lo rodeó.

Yo dirijo sólo cuando mi nevera está vacía", le dijo en una oportunidad Carlos Kleiber a Herbert von Karajan. A Leonard Bernstein, otro colega, le confesó: "Me gustaría vivir en un jardín, estar sentado al sol, comer, beber, dormir, hacer el amor, ¡eso es todo!".

Del pensamiento de Carlos Kleiber hay que enterarse por esas infidencias, pues a lo largo de su vida fue extremadamente celoso de su intimidad, cáustico y distante de la parafernalia que suele rodear a las grandes estrellas. Tanto que, se dice, jamás concedió una entrevista.

El mundo musical fue tomado de sorpresa el pasado 20 de julio, cuando una agencia eslovena de noticias divulgó mediante un escueto comunicado que Carlos Kleiber, para muchos el más grande de los directores de orquesta vivientes, murió allí el 13 de julio, luego de una penosa enfermedad, y que fue sepultado en el cementerio de Konjsica, al lado de su mujer, quien murió en diciembre pasado.

La paradoja está en que "el más grande de los directores vivientes", el distante con la prensa y los medios y quien raramente fue al estudio de grabación, dirigía un repertorio asombrosamente discreto: las sinfonías 4ª, 5ª, 6ª y 7ª de Beethoven, la 2ª y 4ª de Brahms, la 33ª y 36ª de Mozart, la 94ª de Haydn, unas pocas oberturas, valses de Strauss, Tristán de Wagner, Bohème de Puccini, Traviata y Otello de Verdi, Carmen de Bizet, Rosenkavalier y Elktra de Richard Strauss, Wozek de Berg y El murciélago de Johann Strauss. Pero cuando se presentaba en público se daba un doble milagro, el de su aparición y el de su arte inigualable.

Una docena de partituras, pero suficientes para crear el mito del perfeccionista que exigía un número inusual de ensayos. Porque exigía una concentración absoluta del teatro donde trabajaba, cuando decidía presentarse, seguramente porque su nevera otra vez estaba vacía.

Lo más obvio del estilo de Kleiber -quien nació en Berlín en julio de 1930 y era hijo del legendario director Erich Kleiber- fue la velocidad de su interpretación, en una época marcada por la lentitud que era el sello de Karajan y Bersntein. Tal velocidad demandaba la absoluta concentración de los músicos para lograr satisfacer además sus demandas en matices, profundidad y colorido. Dejaba notas con recomendaciones en los atriles de los músicos: las llamaban "kleibergramas".

Pasó su infancia y juventud en Argentina, a donde se fue su padre en 1935 como protesta contra el régimen nazi. Allá hizo sus estudios de dirección y debutó en el Teatro de La Plata en 1952.

No mucho después la familia decidió regresar a Europa. El joven Kleiber se detuvo un par de meses en Bogotá. No se quedó por una razón práctica: ¡no consiguió trabajo para poder llenar su nevera!
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