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| 5/27/2017 10:15:00 PM

Macondo está en África

Un día descubrí que Macondo existía. Lo hice en una playa perdida del Índico africano, en las montañas de Etiopía y en los arrabales de las ciudades sudafricanas.

Hace años repito una frase que le atribuyo al maestro Márquez –casi todo el mundo cree que este es su primer apellido y que Gabriel García es su nombre– sin saber del todo si es suya, pero sabedor ahora de que es cierta: “Lo que en Europa llaman realismo mágico, en América lo llamamos costumbre”. En África descubrí que la misma regla se cumple.

Vilankulos es una población costera de Mozambique a la que varios tropiezos me llevaron a vivir en un hotel. En mi maleta, ajustada, hice hueco a mi viejo Cien años de soledad.

Y resultó que una mañana, a la vez que releía este fragmento –“nadie entendía cómo no se había muerto de hambre hasta que los indígenas, que se daban cuenta de todo, porque recorrían la casa sin cesar con sus pies sigilosos, descubrieron que a Rebeca solo le gustaba comer la tierra húmeda del patio”–, vi a unas mujeres cruzar furtivamente el hotel en el que trabajaba.

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Desde mi despacho las vi correr hasta una colina y después regresar con un cubo cargado de arena. Sentí curiosidad y pregunté: “¿Qué llevan?”. Y varios empleados, entre carcajadas, me explicaron que a sus mujeres les gusta comer la tierra arcillosa. Así nació El Macondo africano, que no es otra cosa que el retrato de una rutina que no hace tanto yo hubiera calificado de imposible.

Entonces yo pasaba mis días pateando un continente fascinante y complejo en el que viví cinco años. En el vivir fui tropezando con historias como aquella en la que mis compañeros de trabajo me contaban que los musulmanes controlaban la lluvia en los campos agitando colas de hipopótamos. Ante mis dudas, Beni, el camarero, me aclaró: “Son gente rara, rezan con el culo en alto”. El argumento le pareció irrefutable.

Otras veces llegaban por la noche Bernardo y Zacarías, guardas, y se burlaban de Rafael porque tenía miedo a una boa que dormía siempre junto al depósito de agua: “No sabe nada del campo. Si atas una hoja de palmera y le ordenas mirándola que no se mueva, no lo vuelve a hacer”.

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Esas mismas noches yo me iba a dormir a mi cabaña y me encontraba a Claudio que no se iba a su casa porque, me explicaba, “no quiero encontrarme ánimas”. “No hay fantasmas, Claudio”, le decía yo. “Claro que los hay, yo los he visto. Están ahí en la maleza”, respondía él con rotundidad.

Quién sabe, quizá fueran ellos los que hicieron que el Viejo Pereira, un ranger del Parque Nacional de Gorongosa, soñara por las noches los viejos caminos que la naturaleza se había devorado. Gorongosa es un bellísimo parque que se abandonó en los tiempos de la guerra civil y 30 años después, cuando se reabrió de nuevo, nadie sabía por dónde desbrozar la maleza. Entonces me contaron cómo el Viejo Pereira soñaba por las noches los viejos caminos que anduvo de joven, y cuadrillas de hombres abrían a machete la selva con las indicaciones que aquel hombre había visualizado dormido.

Viví también un Macondo cruel con brujas, guerras y enfermedades. Y viví historias de cines ambulantes, como aquel circo que traía Melquiades, que llegaban a poblados perdidos donde no se conocía la luz y hacían milagros en una pantalla blanca.

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Entendí que el mundo tiene razones que no se razonan y que lo fascinante es viajar por todos esos Macondos que hay por el globo. Sin juzgarlos ni entenderlos, sencillamente aprendiendo y disfrutándolos. García Márquez nos contó algo universal desde la voz de los que no tienen voz, y yo una día comencé un libro cuya primera frase dice así: “Fue una mañana mirando el océano Índico que lo pensé por primera vez: vivo en Macondo”. 

*Corresponsal en México del periódico español ‘El Mundo’ y antes en África. Autor de ‘El Macondo africano’, ‘Dante’ y ‘El mundo de equipaje’.

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