Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/10/02 00:00

Madre e hija

El prestigioso cineasta Rodrigo García estuvo en Colombia esta semana para presentar un drama conmovedor pero desconcertante, como sus primeras películas.

Elizabeth (Naomi Watts) es una exitosa abogada que se ha trazado como meta no ceder jamás a la vida de pareja.

Título original: Mother and Child
Año de estreno: 2009
Género: Drama
Guión y dirección: Rodrigo García
Actores: Annette Bening, Naomi Watts, Kerry Washington, Jimmy Smits, Samuel L. Jackson, Carla Gallo.

Hasta que vi la conmovedora Madre e hija, el martes pasado, no había logrado entender por qué me desconciertan tanto las películas de Rodrigo García. No es, queridas lectoras, porque haya que ser mujer para experimentarlas como debe ser. Ni es, queridos lectores, porque se me haya atrofiado la mente de tanto ver películas de Hollywood. Tiene que ver con la manera absurda como les suceden las cosas a sus estupendos personajes. Tiene que ver con la forma como García, nacido en Bogotá, educado en México y acostumbrado a Los Ángeles, enfrenta a sus protagonistas con sus destinos. ¿Les han descrito los pequeños pretextos que inventa una película porno para llegar lo más rápido que se puede a las escenas de sexo? Pues bien, el cine de García hace lo mismo, lleva a sus tristes heroínas al grano a como dé lugar, pero no quiere verlas desnudas sino vulnerables: quiere ser testigo de los poquísimos momentos en que se atreven a bajar la guardia.

Las primeras películas de García, Con tan solo mirarla (1999), Diez pequeñas historias de amor (2001) y Nueve vidas (2005), son compendios de relatos que ponen en escena esos breves estallidos de tristeza. Madre e hija se la juega, en cambio, por narrar el drama en tres actos de una mujer que a los 14 años se vio obligada a dar a su bebé en adopción. Su nombre es Karen. Cuando comienza la historia, tiene 51, es enfermera y cuida a su mamá como a otro de sus pacientes. En su cara, la de la actriz Annette Bening, se ven el resentimiento de la separación, el anhelo de conocer a su niña y el miedo a un posible encuentro con esa hija que "hace parte de todos mis pensamientos del día".

Su hija, Elizabeth, es una exitosa abogada de 37 años que no se queda mucho tiempo en una misma ciudad ni se deja atrapar por una de esas relaciones de pareja que tarde o temprano conducen a la decepción. En su rostro tenso, el de Naomi Watts, se alcanzan a asomar sin embargo los gestos de una huérfana que le teme al rechazo. Desde la primera escena en la que aparece, respondiéndole una entrevista a su nuevo jefe, deja claro que no está dispuesta a confiar en nadie. Y mucho menos en una mujer. "Prefiero rendirle cuentas a un hombre -dice con sinceridad brutal-. Las mujeres se sienten incómodas conmigo porque me niego a hacer parte de la hermandad".

García ha creado, como puede verse, dos personajes estremecedores -dos mujeres muy particulares- que solo van a hallar la paz si se perdonan a sí mismas. Y para llevarlas hasta allá, para que puedan verse en el espejo, las hace pasar por una serie de situaciones que las obligan a resignarse a no tener la vida en sus manos. Karen tropieza con un hombre bueno llamado Paco, despierta ante la frase de una muchacha cristiana y se acerca a la hija de la mujer que hace la limpieza de su casa. Elizabeth les da una lección a sus vecinos, recibe una noticia que prueba que las cosas pasan por algo y conoce a una joven ciega que le enseña un par de secretos de la vida. El destino de una tercera mujer que no cree en el destino, Lucy, también les sirve de puente para salir adelante.

Todo está escrito con cuidado literario. Todo está actuado con una pasión que no es común en el cine de hoy. Todo está filmado con precisión.

Pero en todas las escenas hay algo que desconcierta: la extraña sensación de que Rodrigo García se sienta en la silla del director como un titiritero. Todo sucede en lugares sin extras: en barrios desiertos, en oficinas en las que no se oye ruido, en edificios donde nadie vive. Sus personajes son personas de verdad. Pero, como van de clímax en clímax, como todo lo que les sucede les remueve el espíritu y cada persona que se encuentran les dice alguna frase célebre, lo que les ocurre resulta afectado e inverosímil. Madre e hija es porno emocional: las poquísimas escenas que no estremecen a sus protagonistas son simples escenas de trámite y los incontables giros de la trama (una frase atragantada, un desencuentro, una carta refundida) prueban que esas tristes heroínas no están en manos del destino, sino en las de esa sombra que viene de atrás de la cámara.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.