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| 12/12/1988 12:00:00 AM

MADRE NO HAY SINO UNA

En "Las mariposas son libres", un ciego intenta liberarse de la sobreprotección materna.

MADRE NO HAY SINO UNA, Sección Cultura, edición 341, Dec 12 1988 MADRE NO HAY SINO UNA
Lo que pudo ser una obra contestataria en los años 60 y 70 hoy es una comedia trivial de circunstancias. Parece que así lo han comprendido los promotores del Teatro Santa Fe, en donde se ha escenificado la obra "Las mariposas son libres" de Leonard Gershe.
Aun cuando la pieza encierra cierta crítica implicita -el caracter posesivo de una madre- esta básicamente llamada a divertir con el entretenimiento de una situación amorosa, dejando a la vez lo que antaño se llamaba "un mensaje" en el público.
El tipo de teatro que se practica en estos tiempos al querer profesionalizarse se ha vuelto conservador. Como nunca antes los dos términos se han hecho sinóimos y mutuamente necesarios. Lo que mueve en el fondo al asunto no es la propuesta profesional del arte, es un simple problema de público y de contexto. O de ubicación. De ahí que las adaptaciones de las obras a nuestro medio resultan ser un atajo directo para llegar rápidamente a un lugar reconocible para el espectador colombiano. Y es precisamente en la adaptación de la obra de Gershe realizada por Carlos Ordoñez en donde reside el más evidente acierto de "Las mariposas son libres". Ordoñez no solo modificó los personajes hasta convencernos que son seres que podemos encontrar a la vuelta de la esquina, sino que recreó con acierto las tensiones y los motivos que revelan una particular situación de clase. Las alusiones del teatro dentro del teatro, por ejemplo, poseen cierta ligera mordacidad, familiar y colorida, que ubican inequívocamente y regocijan al público en su contexto. El sentimiento de pertenencia a una clase y la claridad en la identificación de un grupo humano, en la representación teatral, a traves de un drama cotidiano -la busqueda del amor, la resignada aceptación de la desventura, el ímpetu de la posesión, los celos- resulta estimulante en la aportación de un punto de vista determinado sobre los hechos ordinarios de la vida. No es muy amplia la visión que nos proporciona, es cierto, pero es auténtica a pesar de los excesos melodramáticos a los que el director somete inutilmente la pieza. Estos al cabo resultan como una prueba de resistencia para su flexibilidad. Es allí, en ese toque ligero y flexible en donde se encuentran todas las posibilidades de gozo de esta comedia, pero también los límites que abrevian su contenido y en donde la obra se agota y se consume.
Que sea bueno o malo este género de teatro, esta práctica teatral, es un hecho secundario. Esta proponiendo a sus espectadores, con decoro y modestia, una oportunidad para recuperar temas teatrales inéditos en nuestro medio y que nos llegan con años de retraso, porque todo parece indicar que estamos redescubriendo la comedia de sentimientos, a veces didáctica y moralizante, otras veces sinceramente humana, aplicando, desde luego, su moral ya periclitada a comportamientos sociales inestables. La obra teatral entonces deviene simple reflejo de situaciones que, por el hecho de ser llevadas a la escena, se elevan a una cierta condición paradigmática. En el montaje de "Las mariposas son libres" está evidentemente representado este propósito. Aquí el asunto es el grado de dependencia perjudicial que una madre crea sobre su hijo un joven invidente, cuya ceguera sirve de metáfora para aludir a quien anda perdido y dando traspies por el camino de la vida. Y cómo el joven invidente busca liberarse de semejante sometimiento materno, proclama, al menos por una corta temporada, una tregua. El tema está tratado por el director bajo una tesis de exaltado verismo, pero con no poca ingenuidad. Esta ahí el tema en estado bruto, en la alternancia de los diálogos, en su directa y ofuscada expresión. Y de allí resulta ese aire de sencilla espontaneidad que el público aplaude. Sin duda a ello contribuye enormemente el trabajo de una actriz, que sin serlo del todo, demuestra una natural disposición para ello, una gracia y un convencimiento vehemente en su papel. La jovencita ligera, irreflexiva, vanidosa y voluble, extrovertida pero madura emocionalmente, interpretada por Ana Bolena Mesa, representa con tenacidad, fuerza y vitalidad un papel que a medida que la acción avanza consolida su interes y el interes en el decurso general de la obra.

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