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| 7/25/1983 12:00:00 AM

MANUAL DE SICOLOGIA

Una prueba de la eficacia de las fórmulas clásicas del suspenso.

"En la quietud de la noche", dirigida por Robert Benson La ventaja de ir al Astor Plaza, de Bogotá, es que se ven dos películas. La que se proyecta desde la cabina y la que se crea mediante una franja de luces y sombras móviles que provienen de la calle y del hall de entrada del teatro. Las dos se mezclan en la pantalla logrando contrastes o coincidencias verdaderamente originales nunca imaginadas por los directores de las películas. Sam, el protagonista de "En la quietud de la noche", está en peligro, baja al sótano donde están las máquinas de lavar ropa. Está solo. De pronto se oye un ruido extraño. Se inquieta. Observa. Esta es la escena creada por Robert Benton, el director.
Pero los constructores y dueños del Astor Plaza no estaban satisfechos con lo que hacen los directores y diseñaron el local de tal manera que las sombras se movieran añadiéndole suspenso, tensión. ¿Una de esas sombras será la del asesino que Sam busca? Una genialidad. Sobre todo si se considera que todo eso lo lograron con algo tan aparentemente sencillo como ahorrarse una cortina. Con lo cual se evitaron, además, el peligro de que al encargado se le olvidara correr la cortina (si es que hay un encargado) El problema es que si uno quiere ver solamente una película, la del director, tiene que esperar a que la programen en otro teatro donde no se metan las luces exteriores.
JUEGO DE POSIBILIDADES
El suspenso de la película demuestra que en el cine hay fórmulas que por repetidas no pierden su eficacia cuando se las trabaja con maestría. La sorpresa es la primera fórmula, una sorpresa que busca el grito del espectador y, al menos una vez, lo logra. La segunda es la búsqueda del asesino por dos caminos: el del detective que sigue la lógica aparente de las pistas, y el del psiquiatra que se guía por la intuición, por el sentimiento y por un destino que parece sobrepasarlo. El juego de darle al espectador datos fragmentarios y dispersos es la tercera fórmula, datos que sólo al final, en una escena muy rápida, se organizan para desenmascarar las motivaciones del culpable. Pero la organización no es completa en este caso. Le quedan al espectador todavía algunos datos sueltos; ¿quién era la mujer que condujo a Sam al Central Park? ¿Por qué George, la víctima, había presentido la relación entre Sam y Brooke? ¿Por qué Brooke utiliza a Sam para devolver el reloj de George ? Aquí se rompe un poco la fórmula tradicional del cine de intriga que suele explicarlo todo al final.
Una película que agrada, bien armada, garantiza emociones, que inclusive juega con el espectador y no me parecería raro que éste, consciente del juego, lo asuma como la entretención fundamental de la obra: ¿Brooke, la sospechosa, es realmente la asesina por conflictos psicológicos personales que el psiquiatra se encargará de curar para poder realizar su amor por ella o, por el contrario, Brooke no es la culpable pero entonces, ¿quién mató a su amante? La película va jugando con estas dos posibilidades básicas. A veces se inclina en una dirección, a veces en otra. Así llega al final en la plenitud de su capacidad de sorprender.
EL MANUAL DE SICOLOGIA
Elucubremos un poco. ¿A qué costo produce diversión e interés "En la quietud de la noche"? Al costo de utilizar dos presupuestos que parecen cimientos de la psicología: todo conflicto del presente tiene sus raices en una situación infantil y toda vivencia conflictiva se asume en el momento en que se la repite. El primero es la base para que la película pueda hacer pensar que el psiquiatra curará a Brooke y así resolver favorablemente el caso.
Pero la obra hace un esguince y se aleja de ahí. Sí hay, efectivamente un trauma infantil en la relación de Brooke con sus padres, pero esto no explica nada del argumento, aunque uno, cuando Brooke le narra su infancia al psiquiatra, piense que ahí está el origen del problema. Pero no, la película continúa por otro camino y entonces nos damos cuenta de que estaba jugando con nuestra psicología de supermercado. Punto a favor de "En la quietud de la noche" .
El segundo presupuesto no está trabajado de una forma tan positiva. La película cae en él y lo sospechamos desde el mismo momento en que las dos mujeres se enfrentan en el borde del precipicio que da al mar. Sabemos que se repetirá la situación que viviera Brooke con su papá: una lucha, una caída, una muerte. Y en este punto la película sí sigue la convención: la repetición del acto como condición para que el sujeto lo asuma. ¿Es esto un elemento de la psicología, o también pertenece a esa ciencia de supermercado en que se apoyan tantos argumentos dramáticos?
Y a esto hay que agregar otro factor convencional, o sea otro precio que pagamos por divertirnos con esta película: la simbología de los objetos. Es muy común la opinión de que interpretar una película es interpretar sus símbolos y estos casi siempre los identificamos con los objetos que en las obras tienen alguna importancia. En esta película podrían ser las llaves. ¿Por qué Brooke deja caer las llaves, involuntariamente, a la entrada de la subasta y después las olvida cuando sale con Sam de la casa secreta? Cuántas elucubraciones pueden salir de ahí: las llaves como símbolo del descubrimiento (del yo profundo de Brooke, del verdadero asesino), de algo que está a punto de abrirse. Y fácilmente podemos pisar la cascarita y lanzarnos a interpretaciones "profundas" de la película por esta línea.
A no ser que las luces y sombras de la calle y del hall del teatro, que luchan contra la película que está tratando de proyectar el operador desde la cabina del Astor Plaza, no me hayan dejado ver muchos elementos y, de pronto, sí está el secreto en las llaves.
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