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| 8/30/1982 12:00:00 AM

MANUEL HERNANDEZ

Su ruptura con lo figurativo tuvo un instigador: el chileno Matta.

Una casa construída con desechos coloniales de la Candelaria. Grandes espacios blancos, un jardín, un perro, esposa y cuatro hijos. En el centro de este ambiente un tanto patriarcal, el pintor Manuel Hernández trabaja serena y metódicamente de las 10 de la mañana a la una de la tarde y de tres a siete de la noche.
En él no se encuentran los rasgos bohemios y desordenados que tanto se les atribuyen a los artistas. Un poco tímido, sumergido en extensos lienzos, perdido entre pinceles de todos los tamaños y pelajes, escogiendo analíticamente sus tarros de color, Manuel Hernández pinta. Y pinta porque jamás quiso hacer otra cosa, tal vez por un impulso que nació con él, por una inquietud apasionada por descubrir el mundo pictórico. Esa inquietud le llevó a ingresar cuando sólo contaba 16 años a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. Más tarde, a raíz de una beca que obtuvo, viajó a Chile y allí se establecieron las primeras bases para su apertura conceptual y artística. Conoció a Roberto Matta y a Emilio Petorutti, artistas que influyeron notablemente en su ruptura con lo tradicional, académico y figurativo. En 1955 obtuvo el primer premio del Salón de la Sociedad de Escritores y Artistas de Bogotá. Para él fue sobre todo sorpresivo, porque no consideraba que su lenguaje y expresión estuvieran configurados. Por una especie de trauma espiritual se separó durante un tiempo del medio y viajó a Europa. Allí la forma desapareció por completo de su trabajo. Según Manuel Hernández, ese divorcio voluntario del ambiente colombiano, después de haber obtenido un premio que le abría unas inmensas posibilidades de mercado, fue el mayor acto de valentía que ha tenido en sus 54 años de vida. Como consecuencia de su tarea investigativa y de búsqueda fueron surgiendo los signos y elementos que hoy caracterizan sus telas. Y es el año de 1961 el que el artista cita como el de su iniciación dentro de la línea puramente abstracta. Lo que hoy dan 21 de un constante sentir y evolucionar.
El esquema de trabajo de Hernández es organizado. Sus obras no son producto de la materialización inmediata de la idea sobre el cuadro, sino de varios bocetos cuidadosamente pensados pero abiertos a las ideas que van surgiendo cuando pinta. Es como si pretendiera preguntarle -a las formas qué opción van a tomar y éstas, a través de las gamas de amarillos, rosados, morados y negros, le respondieran. Siendo estos los colores que utiliza no tienen, pues, nada que ver con el tropicalismo al cual se han asociado siempre los pintores latinoamericanos. En la obra de Manuel Hernández nada es estridente, nada es discordante. Si se tratara de una partitura simplemente se diría que no hay nota falsa. Tal vez por todas esas características, Hernández ganó hace un año, el concurso que para el mural de las oficinas del Congreso abriera el Estado. Después de un intenso trabajo llevó al mural sus signos, especie de emes, interpretadas por unos como martillos de sílex, hombros sin cabeza, jeroglíficos antiguos y que son una constante en su obra. Y como el abstracto se basa principalmente en las sensaciones que producen los colores, la materia, el espacio, Manuel Hernández espera que quienes participan de su arte, convertido en arte público a través del mural, no se detengan a tratar de entenderlo sino a querer sentirlo. Porque Manuel Hernández cree en la receptividad natural de la gente hacia este tipo de creaciones artísticas y en el respeto que hay para ellas en nuestro medio. "Si las personas hoy siguen casi con alegría una flecha u obedecen una señal de 'pare' -explica el artista- es porque va están acostumbradas a ello "y esta pintura es una especie de "pare" cuya percepción depende de una actitud mental que no necesita de elementos complejos para que lleve a la meditación acerca de algo nuevo, de una nueva sensación, de un nuevo espacio.
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