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| 12/20/1982 12:00:00 AM

MANZANAS DE LA DISCORDIA

Los premios en artes plásticas abren siempre acaloradas polémicas.

Los premios en el área de las artes visuales han constituido desde hace mucho tiempo motivo de encendidas discusiones y acalorados desacuerdos. Pero no sólo se trata de que nadie parezca coincidir con la argumentación y los reconocimientos otorgados por los jurados de un certamen, sino que la idea misma de otorgar estas distinciones ha sido cuestionada duramente por algunos y defendida con vehemencia por otros; en ambos casos con razonamientos que permiten vislumbrar nociones y teorías de vigencia manifiesta en la creatividad contemporánea.
En cuanto a que muy pocos se muestren satisfechos con las decisiones de un jurado, es un hecho apenas natural y que se produce en todo el mundo, no sólo porque inevitablemente existen expectativas personales en todo tipo de concursos, sino en primer lugar, porque la apreciación del arte es una actividad eminentemente subjetiva en la cual influyen: gusto, percepción, experiencia, formación y otros aspectos de la vida que son individuales y básicamente incompatibles. En tal sentido, en un certamen de artes plásticas hay tantas verdades sobre calidad como personalidades intervengan en su evaluación; y es por ello que buscando al menos los conocimientos que pueden derivarse de la especialización y la familiaridad con la materia, se nombran con frecuencia artistas, críticos e historiadores para estos menesteres.
Quienes cuestionan la concesión de distinciones sostienen con toda razón que el arte, por definición, no es competitivo; que los premios tergiversan la naturaleza de una práctica cuyos principales objetivos son la expresión y la excelencia; que precisamente por la subjetividad implícita en su apreciación tales distinciones son siempre discutibles; y que además de confundir al público con referencia a los trabajos no favorecidos, los premios estimulan una publicidad desconcertante puesto que ésta, por lo menos en Colombia, casi nunca es consistente con el significado del reconocimiento ni con la importancia del certamen en que fueron otorgados.
Quienes favorecen la concesión de premios arguyen a su vez, también con mucho de razón, que las distinciones y concursos aseguran la atención de los medios de comunicación lo cual redunda en beneficio de la profesión de artista; que los premios, además de que representan una ayuda material, constituyen un estímulo de tipo espiritual a todas luces positivo para quien ha puesto sus miras en el arte y a él dedica sus energías y reflexiones; y que el otorgamiento de reconocimientos colabora con el éxito de los eventos puesto que incrementa para los artistas el atractivo de participar, asegurando una nutrida concurrencia y por ende un interés más variado y extendido y una más amplia resonancia.
Como vemos, ambas posiciones cuentan con argumentos de indiscutible validez, de acuerdo, por supuesto, con el punto de vista en que se apoyan los enfoques. Es evidente, por ejemplo, que los artistas encuentran aliciente para incurrir en los múltiples gastos que demanda la participación en un certamen (embalaje, seguro, transporte y demás) cuando al menos pueden esperar una premiación que les resarza la inversión. Y es claro igualmente que mientras más artistas envíen sus obras a un evento, más público participará en su apreciación y más eco tendrá su realización en los medios de comunicación masiva.
Pero también es evidente que la importancia de estas distinciones se aumenta y exagera por regla general, cuando la verdad es que no existe en artes plásticas un premio tan definitivo y prestigioso como el Nobel; y que a veces también se minimiza el significado de algunos reconocimientos, contribuyéndose igualmente con esta posición a la desorientación que se le endilga a la concesión de distinciones. Ejemplo claro y reciente de este caso lo constituye el premio concedido a Antonio Roda en la Bienal de Grabado de Noruega, el cual le fue otorgado por un jurado de impecables credenciales y por encima de artistas de internacional reputación, pero el cual fue a duras penas registrado en la prensa del país.
Si bien es cierto que la mayoría de los eventos de importancia en el área de la plástica (como Documenta y las Bienales de Venecia, Sao Paulo, París y Medellín), han eliminado totalmente la concesión de distinciones, no quiere decir ésto, desde luego, que no existan Salones que dan premios y que sean al mismo tiempo excelentes como evento, y así lo patentizan tanto la Bienal de Cali en nuestro medio, como la ya mencionada de Noruega internacionalmente.
En conclusión, es posible generalizar sobre los premios, como sobre todo lo demás, en materia de artes plásticas; y aún cuando es irrebatible que las ideas de concurso y competencia no tienen que ver nada con el arte, tambien es innegable que los premios pueden redundar en beneficio de la creatividad y los artistas y que por lo tanto su concesión o supresión debe decidirse en concordancia con las circunstancias o necesidades de la región o del país en el cual se organizan los certámenes.
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