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| 10/14/2006 12:00:00 AM

Marcha turca

Orhan Pamuk, Nobel de Literatura 2006, es un autor imprescindible para entender los conflictos que hoy separan a Occidente del mundo islámico.

Desde el apartamento de Orhan Pamuk en Estambul se puede apreciar el puente colgante que une a Europa con Asia o Asia con Europa, según la mirada de cada cual. Qué imagen más significativa para un escritor que a lo largo de sus 30 años de carrera literaria ha utilizado la estructura de la novela moderna occidental para profundizar en la realidad de un país que se debate entre pertenecer a Occidente o aferrarse a sus más profundas creencias nacionalistas e islámicas. Una sociedad que consume sus libros como si se tratara de una estrella de cine y que lo critica, entre otras cosas, por "haberle vendido el alma a Occidente". Él, a pesar de que pudo haber emigrado de ese entorno crítico -como lo han hecho decenas de escritores en el mundo-, aún vive en el mismo edificio donde creció como niño burgués. Allí trabaja de 9 de la mañana a 8 de la noche los siete días de la semana, hasta el punto que se confiesa un obsesivo: "el demonio que me mantiene productivo", dice. Sin embargo, cuando recibió la noticia de que era el nuevo premio Nobel de Literatura, estaba en la habitación de un hotel en Nueva York y no pudo asomarse a su ventana y celebrar frente al Bósforo, ese pequeño trozo de mar que separa estos dos mundos que cada vez se sienten más lejanos.

Que la relación entre Occidente y el Islam se encuentre en uno de los momentos más difíciles de la historia tal vez ayudó a que Pamuk ganara el premio con tan solo 54 años de edad. Actualmente se cree que Europa, y Occidente en general, está cruzando una barrera invisible en su relación con el Islam que puede tener consecuencias nefastas. Las diversas manifestaciones de personajes como el papa Benedicto XVI hace unas semanas han aumentado el rencor de los musulmanes y en especial de los islamistas radicales hacia Occidente. Algunos intelectuales han tenido que buscar refugio por el hecho de haber escrito artículos sobre el Islam que no cayeron muy bien en esa comunidad. El temor en los países con una fuerte comunidad musulmana a sufrir un ataque es cada vez mayor. Decir que la obra de Pamuk, una de las más personales y complejas de la literatura actual, no merecía el premio sería injusto y desacertado. Sin embargo, en un galardón en el que también influyen razones políticas, la posición moderada de Pamuk y la temática de sus libros seguramente fueron aspectos decisivos para que se le otorgara el premio este año y no otro.

El dictamen de la academia decía: "En la búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal ha encontrado nuevos símbolos para reflejar el choque y la interconexión de las culturas". De los 10 libros que ha escrito Pamuk a lo largo de su carrera, el 90 por ciento tienen como protagonista esa ciudad cuyo nombre incluso escogió para titular su último trabajo: Estambul: ciudad y recuerdo, en el que a través de 37 capítulos entremezcla su historia y la de la ciudad. "Yo entendí finalmente que esta gigante célula de civilización era interesante y que en Estambul todavía permanecía viva una gran tradición. Buscar esta civilización entre paredes rotas, en caras rotas, se convirtió en mi principal obsesión", dijo en alguna ocasión.

Turquía se encuentra hoy en una encrucijada. Quienes quieren pertenecer a Europa y los que no, se enfrentan en una disputa que puede llevar a su país a una crisis social y política aun más grave que la actual. Pamuk considera que una de las causas de este rompimiento se originó cuando la clase gobernante y rica de la Turquía de su infancia quiso abolir el Islam del ámbito social y no llenó ese espacio. "La primera vez que me llevaron a la mezquita me sirvió para confirmar mis prejuicios básicos con respecto a la religión y al Islam. No fue una visita oficial. Una tarde en que no había nadie en casa, la señora Esma me llevó a la mezquita sin pedirle permiso a nadie, más que por amor al culto, porque se aburría sola... Descubrí de nuevo que la religión era algo de los pobres, pero también que, al contrario de lo que se deducía por las caricaturas de los periódicos y por el ambiente republicano de casa, los piadosos eran personas inofensivas", escribe abiertamente Pamuk en un capítulo de Estambul donde cuenta su relación con el Islam.

En Turquía sólo unos pocos están con él. Los occidentalistas se ofenden con sus criticas a Occidente, por ser tan "poderosa" y "arrogante". Los islamistas y los nacionalistas lo hacen por lo contrario. Unos y otros creen que Pamuk es muy benevolente con el adversario. Es un autor al que todos conocen, al que todos se refieren, al que la prensa le pregunta sobre todos los temas posibles, al que lee una buena parte de la población (tiene récord de ventas en su país), pero al que quieren pocos, tal vez muy pocos. "La manera como yo veo el trabajo que hago, la manera como escribo mis novelas, es siempre buscando lo que hay en lo más profundo del ser humano e intentando sacar eso a la superficie, para demostrar que todos somos iguales unos a otros. Sí, es verdad, pertenecemos a comunidades diferentes y a veces enfrentadas, la comunidad de la mezquita o la del partido político que sea, pero más allá de eso todos somos muy semejantes y para poder sacar esa esencia común a la superficie hay que escribir más allá de las ideas comunitarias, hay que escribir libre de ellas, desde el sentido básico y universal de lo humano", le dijo Pamuk a la escritora y periodista española Rosa Montero en una entrevista publicada en la revista El País Semanal.

Pamuk cuenta como anécdota que cuando sale un libro suyo en su país, ya no espera que le hagan una crítica en los periódicos. Sólo hablan, dice, para criticar la campaña de mercadeo del libro. Y que a pesar de haber ganado decenas de premios en el mundo entero y de haber sido traducido a 40 idiomas, no recibe un premio literario en su país desde cuando tenía 35 años. Claro que también es verdad que hace unos años rechazó el premio Autor Turco porque sentía que estaba traicionando sus creencias y sus principios. A comienzos de este año, incluso, estuvo a punto de ir a la cárcel por haber manifestado en una revista suiza que "un millón de armenios y 30.000 kurdos han sido asesinados en estas tierras y nadie más que yo se atreve a hablar".

Lo acusaban de insultar la identidad turca. Si no hubiera sido porque llevar a Pamuk a la cárcel hubiera tenido un gran costo para las ambiciones políticas de Turquía en el nivel internacional habría recibido su premio en prisión. No obstante, no deja de ser paradójico que el primer premio Nobel de Turquía nunca haya pasado por la cárcel. La tradición dice que para graduarse como escritor en este país hay que pasar por ella. Él reconoce que es mejor no tener que afrontar esta experiencia.

Y es que no debe ser nada agradable para un solitario como él tener que compartir su celda con alguien. Pamuk, que se separó de su mujer hace cinco años, disfruta de su soledad más que nadie. Confiesa que no le gusta la vida social porque lo aleja de la escritura por varios días. Sólo logran sacarlo de la casa los actos relacionados con la defensa de los derechos humanos que tanto lo obsesionan. Su disciplina con la lectura y la escritura es tal, que sus críticos lo acusan de que su fuente inspiradora han sido más los libros que la vida. De hecho, cuando se le pregunta si quisiera vivir un tiempo lejos de Estambul, responde que lo ha pensado, pero el gran problema es cómo llevarse su biblioteca. Claro está que la repercusión que tendrá el Nobel interrumpirá esa quietud y esa soledad que tanto defiende. Así que tendrá que abandonar por un tiempo esa novela que está escribiendo sobre la alta sociedad turca. La novela por la que, según dicen sus amigos, va a ser recordado. Aunque si eso no llega a pasar, no importa tanto. Ya tiene el Nobel en sus manos.
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