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| 11/16/2013 1:00:00 AM

A la memoria de la Chamana

La cantante española Martirio se presentará en Colombia con un homenaje a Chavela Vargas. La respalda un disco muy emocional.

El último disco de Chavela Vargas, publicado cuatro meses antes de su muerte, fue La luna grande. Para presentarlo, Chavela cruzó el Atlántico y se encontró con ese público español que tanto la quiso. A una sala repleta en Madrid le cantó (o mejor, le recitó: ya su voz no levantaba la melodía) las piezas de aquel disco, y había mucho de gratitud en aquel gesto porque todas esas piezas eran poemas musicalizados de García Lorca.

Ahora, el tributo desde España llega con un documento sencillo en su producción, hondo en sus emociones. La cantaora andaluza Martirio tiene todas las credenciales para emprender este disco. Antes de que El Cigala, Niña Pastori o Buika descubrieran en la música latinoamericana una fuente de ideas para el flamenco (esta última tiene, por cierto, otro homenaje a Chavela Vargas que es poderoso), ya Martirio se había enamorado del repertorio y lo había probado en vivo en nuestros países, enamorándonos de su interpretación. 

En la gira colombiana del disco Mucho corazón de 2001, por ejemplo, cerraba los conciertos cantando Las simples cosas, que es uno de los actos más valientes que puede emprender un artista: dejar al público con el suspiro más que con el aplauso.

¿De dónde le vino a Martirio la inspiración para hacer esas cosas? En una entrevista reciente compartió su visión del océano como algo que, lejos de separarnos, nos conecta: “El Atlántico está ahí para unir, y ha unido, a nuestras músicas. Por debajo de lo latinoamericano existe un compás que entra con mucha naturalidad en el flamenco”.

De un mundo raro, su homenaje a Chavela Vargas sigue estos postulados, acaso con un tono más lastimero que sus discos anteriores. Martirio y su hijo, el guitarrista Raúl Rodríguez, idearon una especie de misa de donde salieron, adivina uno, primero el espectáculo y luego el disco: “Hemos querido encerrarnos los dos, solo con la admiración y el respeto. Con su foto, con mi incienso, con velas, paladeando la influencia que dejó entre nosotros, fuimos recreando esas canciones hermosísimas para devolver lo que nos enseñó”.

Y así, lo que de seguro funciona bien sobre el escenario (muero por ver en vivo esa versión arrebatadora de La llorona), en disco puede tornarse un poco arduo: una voz y una guitarra, pocos cambios, un ritmo que colinda con lo sedante. Tal vez el CD debería llevar una advertencia como la de ciertos medicamentos: “No se consuma si va a conducir automóvil o manejar maquinaria pesada”. Tal vez sea para oír como fue grabado, en recogimiento, con incienso y velas.

El disco, de cualquier manera, queda como un documento infaltable en la lista de homenajes que se le han hecho a Chavela, justo al lado de otro que solo se consigue como descarga en internet: La Chamana: un tributo a Chavela Vargas, hecho por artistas jóvenes de toda América Latina.

Escuchando esa exuberancia de sonidos (¡son 42 canciones!) se entiende mejor el alcance del legado de Chavela. Más allá de los acentos queda la expresión. Luz de luna, Sombras, La noche de mi amor y un largo etcétera: Chavela parece haber escogido sus canciones para que tocaran un cierto nervio común a través de versos, de oraciones, que son continentales. 

O, como reflexiona Martirio: “De Chavela aprendí el peso de la palabra, que ella daba como nadie: ¡cómo decía las cosas Chavela! Era capaz de llegar profundamente al ser humano, incluso de transformarte la vida”.
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