Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/07/09 00:00

Más cerca de las estrellas

La obra ganadora del premio Alfaguara de novela 2001.

Más cerca de las estrellas

Elena Poniatowska
La piel del cielo
Alfaguara, 2001
439 paginas

En un mundo cada vez más fragmentado y autista, la novela sigue demostrando su capacidad de ser un lenguaje total que puede integrar diferentes disciplinas. Política, historia, biografía y ciencia pueden cohabitar tranquilamente bajo su seno sin que ninguna de ellas se sienta traicionada y, sobre todo, sin que resulte extravagante o se caiga en lamentables vulgarizaciones.

Es lo primero que se piensa cuando se termina de leer la estupenda novela La piel del cielo, de la reconocida escritora mexicana Elena Poniatowska. En efecto, ¿cuál es el tema de esta obra? Es la biografía de un astrónomo y su apasionante relación con esa ciencia, es un fresco de la historia mexicana en el siglo XX y una crítica feroz de un Estado inmóvil, excluyente y corrupto que, como el de todos los países latinoamericanos, estúpidamente despreciaron la investigación científica por considerarla un asunto de grandes potencias, que nos llegaría tarde o temprano.

Es, también, la pregunta de una vida acerca de sí misma y de su entorno. Lorenzo de Tena es un extranjero, una conciencia desarraigada que no se acomoda y que cuestiona los valores establecidos. Es, en fin, la historia de un destino problemático: una novela.

Hijo natural de don Joaquín de Tena, un señorito inútil y un padre bastante ausente, Lorenzo tuvo sin embargo su paraíso de infancia en la casa de campo de Coyoacán junto a sus cuatro hermanos y a su madre Florencia, su maestra, quien le enseñó las cosas fundamentales de la vida en el libro de la naturaleza: “Ay hijo, la realidad es todo lo que vemos y tocamos con nuestras manos”. “Y lo que no vemos pero aquí está, ¿también es la realidad?”. “Claro”. Pero, muy temprano, ese paraíso va a desaparecer por la repentina muerte de su madre.

La expulsión del paraíso, la condena al tiempo y a la historia: el comienzo de esta obra coincide con el comienzo de la vida humana. Será un relato lineal, de principio a fin, que, como ciertas novelas decimonónicas, acompañará al personaje desde el nacimiento hasta su muerte.

El relato fluye vertiginoso, pasamos las páginas con rapidez; vemos a Lorenzo crecer y aprender, hacerse un hombre, rebelarse, envejecer, fracasar y triunfar; vemos desfilar varias épocas; lugares y personas quedan atrás; las pasiones nacen y se marchitan; vemos la vida que pasa con todas sus bondades, con todos sus ultrajes.

Bien mirada, se trata de una novela convencional, y sin embargo, seductora. ¿Por qué? Nuestro tiempo, aprendimos, ya no es lineal, y sus mejores obras, nos enseñaron, son aquellas que expresan la simultaneidad, que manejan distintos planos de la realidad, que hacen juegos tempo-espaciales. Definitivamente en el arte no existen los dogmas, tampoco existe el progreso, y muchísimo menos una única opción: La piel del cielo, con toda su estructura convencional, con su ilusión arcaica de río que va a dar al mar que es la muerte, nos deslumbra.

Nos deslumbra pese a su linealidad y gracias a la suma de sus múltiples lenguajes, mencionados al comienzo. En el relato extraordinario del científico, Lorenzo de Tena, el descubridor de “las líneas de emisión de objetos estelares”, es capaz de hacernos sentir, en la noche de Tonantzintla y frente a una cámara Schmidt, todo el hechizo de su pasión por las estrellas. En el relato del político, la furia y la esterilidad de realizar un proyecto en un medio apático y atrasado. En la biografía, el carácter fáustico, y hasta cierto punto inhumano, que entraña el conocimiento. Y en el de la novela, que los contiene a todos, cómo una vida puede ser plena y coherente y, a la vez, un absoluto fracaso por su incapacidad de abrirse a los otros, de leer ya no en la piel del cielo sino en la de los cuerpos, las palabras del amor.

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