Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1990/08/20 00:00

Más vale tarde que nunca

Paupérrimo y despreciado en vida por todos, 100 años después de su suicidio Vincent van Gogh alcanza la gloria.

Más vale tarde que nunca

"No, Van Gogh no estaba loco, pero sus telas eran como fuegos incendiarios, como bombas atómicas cuyo ángulo de visión, comparado con el de todos los cuadros que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de perturbar gravemente el larval conformismo de la burguesía existente en el Segundo Imperio". Con esta frase definió Artaud la pintura de Vincent van Gogh, el genio de la pintura, el hombre que rompió todos los esquemas conocidos en su tiempo. Ahora, cuando se celebra el centenario de su muerte, el holandés no ha dejado de generar grandes paradojas. El 29 de julio de 1890, dos días después de dispararse en el corazón, murió en la más extrema pobreza tras una intensa labor artística que apenas le reportó 400 francos por la venta de "La viña roja", la única tela que vendió en vida. El 15 de mayo de 1990, el martillo de la casa de subastas Christie's golpeó sobre la mesa cuando su "Retrato del doctor Gachel" fue adquirido en 82.5 millones de dólares.
Y el retrato de Gachet, un médico homeópata que lo trató al final de su vida, rompió otro récord de ventas que también estaba en poder de VanGogh. En 1987 los "Lirios", que en el 47 fueron comprados por la norteamericana Whitney Payson para adornar su chimenea, en 84 mil dólares, se subastaron en 53.9 millones de dólares. Pero los "Lirios" lo que hicieron fue desbancar de ese primer lugar a otra obra del holandés, los "Girasoles", que meses atrás había sido adquirida por una compañía japonesa en 39.9 millones.
Como pocos otros casos en la historia del arte, la vida de Vincent van Gogh fue una suma de tragedias, incomprensión y fracasos. Nació el 30 de marzo de 1853 en la población holandesa de Grootunert, hijo de un pastor protestante en una región eminentemente católica. Fue el primero de seis hermanos y desde un comienzo se inclinó hacia los aspectos religiosos, a pesar de los constantes conflictos con su padre. Por el lado materno, tuvo cierta cercanía a la pintura pero no fue suficiente para despertarle la pasión artística en la infancia. Tres de sus hermanos, Theo entre ellos, se emplearon en la firma Goupil, empresa dedicada a la venta de obras de arte, lo que convenció a Vincent de seguir el mismo camino. En 1869, entró como aprendiz a la sucursal que la firma tenía en La Haya.
Tímido en exceso, introvertido, Van Gogh perseveró en su puesto más por necesidad que por convicción. La antipatía era sólo una máscara para ocultar su timidez. Años más tarde, en 1872, inició una nutrida y constante correspondencia con Theo, la única persona que lo entendió -a pesar de continuas peleas- y que le tendió la mano hasta el final. Para Vincent el arte no representaba nada revelador en esos años, su vocación fue tardía, y no pasaba de ser un medio para ganarse la vida. Fue enviado primero a Londres, donde sufrió su primera decepción amorosa con Ursula Loyer y donde nació su primer interés por la pintura. En 1873 llegó a París, también enviado por Goupil. Se conmovió con el Louvre, pero su interés siguió siendo comercial. Tres años después, cuando ya se había dedicado al estudio de la biblia, trabajó como maestro, pasó una temporada en un barrio pobre de Londres y para Navidad regresó a la casa paterna y se empleó en una librería.
LLEGA EL ARTE
Aunque nunca se entendió con su padre, lo que le obligó a alejarse de su casa en repetidas ocasiones, la vocación por la religión lo marcó con fuerza. A los 24 años se fue a Amsterdam a estudiar teología, pero al año abandona la facultad y se va como misionero evangelista a la región minera de Borinage, Bélgica, donde las pobres condiciones de sus habitantes encendieron su discurso. Pese a ello, no logró transmitir sus convicciones y entró en una etapa de escepticismo religioso que lo lanzó por los caminos del arte. Lo cierto del caso es que su experiencia religiosa obedeció más a esa búsqueda que caracterizó su vida y que sólo se resolvió en la pintura.
Y la importante decisión la tomó en 1880, diez años antes de su muerte, cuando declaró que iba a convertirse en pintor. Empezó copiando las obras de los que más admiraba, Rubens y Millet, y se fue a Bruselas a trabajar con Anthon van Rappard. Agobiado por la falta de dinero, se vio obligado de nuevo a regresar a la casa paterna en Etten pero una fuerte disputa con su padre lo obligó a marcharse en la Navidad de 1881 a Bruselas, donde siguió pintando sus acuarelas y bodegones con Mauve. Atrás quedó la familia y otro amor frustrado, el de su prima Kee von Striker.
Un pequeño estudio fue el refugio de esos años, en los que se dedicó a los dibujos y a las acuarelas. Sus trabajos todavía no habían adquirido ese sello inconfundiblc que lo hizo famoso. Estaba apenas en la fase preparatoria para ese gran despegue que se dio años más tarde en París. Theo seguía manteniéndolo con pequeñas cantidades que a duras penas le alcanzaban para sobrevivir. Muchas veces no tuvo ni para las pinturas y pinceles. Aun así, inició una apasionada relación con una prostituta abandonada, embarazada y con una hija, lo que desató la furia de Mauve. Su errancia lo llevó a Drenthe, una población cercana a La Haya y frecuentada por pintores, donde pasó una corta temporada. De nuevo las dificultades económicas lo llevaron a la casa de sus padres en Nuenen y es allí donde se acrecentó su interés por los temas rurales. En 1885, tras la muerte de su padre, pintó la que se considera su gran obra holandesa: "Los comedores de patatas". Su paleta aún era oscura, pero el dibujo y el color ya comunicaban ese interés por los temas campestres y la dura vida de los cultivadores.
La mala suerte no lo dejó ni a sol ni a sombra. Sin dinero con qué pagar modelos, utilizaba a los campesinos del lugar para pintar sus retratos. Pero el párroco de Nuenen les prohibió que posaran para él, lo que obligó a Van Gogh a dedicarse a hacer apuntes de paisajes y bodegones. El rostro humano lo había cautivado, no estaba dispuesto a abandonarlo, viajó a Amberes para ganarse la vida como retratista, no lo logró pero, en cambio, se deslumbró con el tratamiento del color de Rubens y Frans Hals. Como una salida para su situación, se matriculó en la Academia de Arte con la esperanza de disponer de los modelos que no podía pagar. Pronto su manera de pintar, sus conceptos, su forma de entender la pintura chocaron con la academia.

EN PARIS, EL SOL
Con la esperanza de encontrarse con Theo y con la intención de consolidar su obra, marchó a París en marzo del 86. Allí, el impresionismo lo cautivó definitivamente. Admiró las obras de Monticelli, Delacroix y Julien Tanguy. Se hizo amigo de Toulouse-Lautrec, Fernand Cormon, Emile Bernard y del comerciante en arte Julien Tanguy. Entró a trabajar en el estudio del maestro Fernand Cormon. Se le abrió un nuevo mundo, descubrió el sol, una nueva luminosidad. Conoció a Gauguin y expuso junto con él, con Pissarro y Serraut, pero comenzó a beber en demasía y el duro clima parisiense hizo mella en su salud. A medida que su trabajo artístico se hacía más febril su salud mental y física se vieron más afectadas. Muy pronto el ambiente de París lo agobió y, siguiendo el consejo de su amigo Toulouse-Lautrec, se marchó a Arles con la excusa de conocer el taller de Seurat. De nuevo el campo, la luz, el trabajo incansable, pero también la soledad y la pobreza. Era toda una paradoja: quería estar solo, lejos del bullicio del gran París, pero le hacía falta la gente. Tal vez por eso alquiló cuatro habilaciones en la Casa Amarilla -la que inmortalizó en sus lienzos- con el fin de organizar una comunidad de artistas que nunca se dio. El retrato está también en el centro de su labor.
En septiembre de 1888, pasó varias semanas arreglando una de las habitaciones de la Casa Amarilla para la visita de su amigo Gauguin, quien llegó el 23 de octubre. La convivencia de los dos artistas no fue fácil. Poco a poco fueron surgiendo diferencias en cuanto a la concepción del arte y en noviembre, tras una dura discusión en la que Van Gogh amenazó a su amigo con un cuchillo, el artista se sumió en una fuerte depresión y se cortó una oreja. En el hospital de Arles, mientras era tratado, se las arregló para continuar con la pintura y de esa época data el famoso autorretrato en el que aparece con la oreja vendada, uno de los más dramáticos de cuantos hizo. En enero del año siguiente regresó a la Casa y se dio de nuevo a la tarea de pintar. Realizó varias de sus obras maestras, entre ellas los "Girasoles", pero se vio aquejado par un ataque de paranoia.
Por presiones de los vecinos y del alcalde, es enviado de nuevo al hospital. La vida lo avasalla mientras pinta cada día mejor. Para colmo de males, la inminente boda de su hermano le preocupó mucho pues, aunque Theo ganaba algún dinero como comerciante en arte, Vincent no quería seguir siendo un estorbo y pensaba que las ayudas mensuales que le enviaba su hermano debían destinarse al mantenimiento de la nueva familia. Este sentimiento se agravó meses más tarde, cuando se enteró de que la esposa de Theo estaba embarazada.
Semanas más tarde, cuando ya había sido dado de alta, de manera voluntaria ingresó en un asilo cercano a Saint-Remy. Acondicionó una habitación para seguir pintando, aunque los médicos que lo trataban le aconsejaron dejar la pintura para lograr su restablecimiento. Sus motivos de inspiración fueron entonces las flores, los árboles, los paisajes de los jardines del asilo. De otro lado, pintó versiones en color de obras en blanco y negro de Millet, Rembrandt y Delacroix. A pesar de las disputas, Gauguin reconoció desde un comienzo el genio de Van Gogh y en un intento por restablecer la amistadentre los dos, lo invitó a reunirse con él en Pont-Abven pero Vincent nunca se repuso del episodio del cuchillo y se negó a asistir a la cita.
Las depresiones cada vez eran más frecuentes, a pesar de que en enero del 90 apareció un artículo elogioso de Albert Aurier sobre su obra. El escrito no tuvo ninguna resonancia, fuera de la venta en 400 francos de "La viña roja". Para marzo hizo otra importante incursión al exponer diez de sus obras en el Salón de los Independientes, muestra que le valió cálidos comentarios por parte de Gauguin.
Sin embargo, el final estaba cerca. En abril sufrió varios ataques e intentó envenenarse, pese a lo cual dejó el hospital a finales del mes. Theo era su única salida y decidió visitarlo en París para pasar una temporada y conocer a su sobrino recién nacido. Pero lo que debía ser un remanso de paz, se convirtió en un rudo golpe para su herida moral: durante su visita a Theo, se encontró almacenadas todas las obras que le había enviado en los últimos diez años. Ninguna se pudo vender. Su pintura no fue entendida por nadie.
En mayo cogió el camino de Auvers, donde conoció al doctor Paul Gachet, un médico homeópata interesado en la siquiatría que se convirtió en el amigo de los meses finales y una fuente de inspiración,junto a las casas, las iglesias y los campos de trigo de la región. Allí se enteró de los problemas de Theo en su negocio y de la enfermedad del hijo. Ese fue el tema de conversación, el único, de las últimas semanas.
El 27 de julio Vincent van Gogh la edad de 37 años salió, como de costumbre, al campo a pintar. Al parecer, sumido en una profunda crisis depresiva se disparó en el pecho. La agonía duró dos días sin que el doctor Gachet pudiera hacer algo por salvarle la vida. En el momento de recogerlo herido, en su bolsillo se encontró su última carta, presumiblemente dirigida a Theo: "Por mi trabajo arriesgo mi vida, y mi razón, medio destruida..."
NACE EL MITO
Pissarro, Bernard y Tanguy asistieron al entierro de este hombre que, en poco tiempo, habría de convertirse en un mito en la historia del arte. Seis meses más tarde, y cuando se estaban preparando dos retrospectivas de la obra de Vincent, Theo murió tras un grave ataque de locura.
Poco a poco, Van Gogh fue reconocido como artista, la crítica saludó su obra con grandes elogios, en parte por la presión que ejercieron algunas personas que compraron sus cuadros después de la muerte del artista y que, por un lado, creyeron en su pintura y, por en otro, no estaban dispuestas a enterrar la inversión. Dos notables retrospectivas se organizaron en 1892 en ciudades claves, Amsterdam y París, y gracias a ellas surgió una de las grandes controversias alrededor de este personaje, que perduran hasta el presente: ¿se debe considerar a Van Gogh como un pintor holandés o francés? Los primeros alegan a su favor el origen del hombre, sus primeras armas en la pintura, la aparición de su vocación. Para los franceses, es uno de ellos porque fue en ese país donde se animó por el impresionismo y realizó sus obras más famosas.
De otra parte, las telas de Van Gogh se pasearon con éxito por Alemania a partir de 1901. Así comenzó la conquista de Europa. Primero fueron Berlín y Munich, hasta llegar a la gran exposición de 1910, en la Galería Paul Cassier, de Berlín. En adelante, el viejo continente nunca más ignorará al pintor. Algo similar ocurrió en América y fue la gran retrospectiva del Museo de Arte Moderno, de Nueva York de 1935 la que abrió definitivamente el camino.
Muy pronto su obra fue reivindicada, como si las diversas corrientes del arte, conscientes de su fuerza explosiva, encontraran en ella las claves de la vitalidad. Cuando Jan Toorop y Richard Holst, en Amsterdam, y Emile Bernard, en París, organizaron las primeras exposiciones de 1892, lo hicieron bajo el rótulo del simbolismo que ellos representaban. Después, en la retrospectiva del Salón de los Independientes, de París, en 1905, Maurice Vlaminick habló de la patemidad póstuma del holandés sobre el fauvismo. Cuando los expresionistas alemanes lo descubrieron en las exposiciones de Munich y Berlín, lo saludaron como un precursor. En fin, 20 años fueron suficientes para que el artista solitario y desconocido pasara a ser el maestro de varias generaciones, sin importar que muchas de ellas hubieran tomado caminos diferentes.
Pero hay más. En la primera mitad del siglo XX el arte cambió de manera continua, se sucedieron las vanguardias -cada una más radical que la anterior- y se apoyaron en la sicología y el sicoanálisis. El artista moderno se convirtió en el héroe de estas nuevas disciplinas y nadie mejor que Van Gogh para encarnarlo. El mito creció sin freno. Su pintura fue reivindicada por todas las corrientes, hasta el punto de quedar por fuera de cualquier teoría. Van Gogh no encarna un movimiento estético y, por eso mismo, no pasa de moda. Así, las historias del arte le han dedicado un capítulo aparte, con el simple título de Van Gogh, y no lo han incluído en corriente alguna, no hay una escuela que pueda contener el espíritu de su obra que se desborda ante cualquier intento por agotarla. Se hizo amar por todos pero no se dejó asir por ninguno, una paradoja como esas miles que marcaron su difícil existencia y que llevaron a Artaud a afirmar que se trató de "un suicidado de la sociedad". Fue el arquetipo perfecto del genio maldito del siglo XIX en todos los campos del arte: loco y santo al mismo tiempo, ajeno a toda vida social o familiar, errante de burdel en burdel, de asilo en asilo, de navaja y revólver.

A partir de ese momento, de ese reconocimiento universal de su genio, las exposiciones de Van Gogh dejaron de limitarse a mostrar su pintura y acogieron y saludaron el "triunfo del artista moderno" que, desterrado por la sociedad, logró salvarse gracias a su martirio y llegó a ser santificado en el paraíso de la celebridad.
Y fueron todos esos reconocimientos los que desembocaron en una locura de precios que se inició el 30 de marzo de 1987 con la venta de los "Girasoles", en Londres. Ocho meses más tarde fueron los "Lirios" y, a comienzos de este año, el turno fue para el "Retrato del doctor Gachet". No ha sido en vano que las obras más caras del mundo en la actualidad hayan sido pintadas por Van Gogh. Como se dijo antes, a partir de su muerte toda nueva corriente que aparecía en el panorama de una forma u otra se decía heredera de su genio. Ese mito que lo ha envuelto en estos 100 años ha hecho que todo el mundo reconozca el infinito valor de sus obras que no son más que líneas y colores, pasión y belleza, nacidas de un gran talento, del sufrimiento, el trabajo, la incomprensión y, porqué no, de la locura.
Pero la paradoja no ha terminado. En la actualidad, los propietarios de las obras más importantes del holandés no siempre son grandes amantes o conocedores del arte. Los "Girasoles" pertenecen a una sociedad japonesa de seguros, donde hacen el papel de gancho publicitario. Los "Lirios" se quedaron en las cajas fuertes de la casa de subastas Sotheby's a la espera de que su comprador, el magnate cervecero australiano Alan Bond, clarifique de una vez por todas su contabilidad. En resumidas cuentas, con las cifras récord que han alcanzado, las telas de Van Gogh han elevado su valor especulativo y corren el riesgo de no ser perseguidas más como tesoros de la creatividad y la sensibilidad humanas, sino como buenos valores de bolsa o como simples inversiones contra la devaluación.
De todas formas, así como logró el reconocimiento después de muerto, también logró que sus telas se vendieran. Y acertó en una frase premonitoria que le escribió poco antes de morir en una carta a su hermano Theo: "Yo no sé qué hacer. Mis cuadros no se venden. Sin embargo, llegará el día en que se verá que esto vale más que el precio del color y que el de mi vida, que en suma es muy poco..."
EL COLOR DE LA MUSICA
En el centenario de la muerte de Van Gogh, también la música hace su aporte conmemorativo, además del sinnúmero de exposiciones y actos especiales.
La vida de este genio, tan rica en realizaciones artísticas y tan trágica en lo personal, un siglo después de su muerte mueve a dos compositores a escribir sendas óperas como homenaje al inmortal pintor.
El primero que se lanzó a escribir fue el belga Raoul de Smet quien con la Opera de Cámara de Anvers estrenó hace pocas semanas en el antiguo teatro de Bruselas, su obra "Vincent", con libreto del también belga Michel Thijs. Con cuadros escenográficos de factura y diseño magistrales, se relata a manera de alucinaciones por parte del protagonista, la vida y la agonía del artista, sus soledades, amarguras, las crisis perturbadoras que sufrió y las etapas iluminadas de feliz creación. Están presentes los enfrentamientos con el padre, escenas con las dos mujeres que marcaron su vida y entre otros hechos biográficos, la relación con Theo, el hermano, tal vez el más bello y conmovedor cuadro de toda la obra.
En apenas cuarenta minutos, el grupo de solistas, coro y ballet, (este último inspirado en los célebres "girasoles") presentaron un hermoso y emocionante homenaje dedicado por de Smet al gran pintor.
La segunda salida le correspondió al finlandés Einojuhani Rautavaara quien acaba de estrenar en Helsinki, también con el nombre de "Vincent", una ópera que muestra con crudeza el entorno humano del pintor, la miopía de una sociedad que lo ignoró, y de manera caricaturizada decenas de personajes que estuvieron directa o indirectamente involucrados en la vida del artista tanto en sus momentos de felicidad como en sus trágicas y desesperadas oscuridades.
Desde el punto de vista plástico y musical, la crítica especializada que vio este estreno mundial juzgó la obra como absolutamente lograda con pasajes musicales de sensible emoción. Sin embargo el libreto, -escrito por el compositor- si bien no cayó en detalles anecdóticos, resultó una larga y profunda reflexión sobre los distintos estados del alma del artista, que sólo la música podía traducir. Pero esas consideraciones filosóficas que en todo momento trataban de comprometer la acción dentro de la complejidad sicológica del personaje, acabaron por hacer perder el interés al espectador pues el actor cantante desarrollaba monólogos eternos en forma un poco recitada que terminaron por fatigar a más de uno.
Sorprendió a los espectadores presentes en aquella audición, no sólo la implacable caracterización que realizó el barítono Jorma Hynninen de Van Gogh, sino el impresionante parecido físico del cantante con el pintor.
Y como curiosa coincidencia, se conoció que Hynninen ha alternado durante años la disciplina del canto con la pintura, razón por la cual la vida y obra de Van Gogh le son definitivamente afectas y familiares.
Dos enfoque diferentes teatrales y musicales ha visto Europa en este año de conmemoraciones en torno del centenario de la muerte de Vincent van Gogh, uno de los más geniales talentos pictóricos de todos los tiempos, a quien le tocó en suerte llevar una de las existencias más trágicas de toda la historia del arte.

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