Domingo, 22 de enero de 2017

| 1995/12/25 00:00

MAYORIA DE EDAD

En su más reciente novela, 'Dulce compañía', la escritora Laura Restrepo alcanza su madurez literaria. Análisis de María Mercedes Carranza.

MAYORIA DE EDAD

ES UNA GENERALIZACION DESAGRAdable por arbitraria, pero veraz: ¡cómo son de aburridas las novelas colombianas que se publican hoy! Aburridas y mediocres, salvo las dos o tres excepciones de marras. Nuestros escritores no se preocupan por interesar al lector, como si leer fuera una penitencia y no un placer. Se destacan varias tendencias que, generalizando también, se podrían enunciar como sigue: están los muy intelectuales, los cuales calcan sofisticadas formas de narrar, que en sus manos y cabezas se vuelven artificios sin sentido, pesados, ilegibles.
Están los que cuidan mucho la forma y escriben lindísimo, pero no se preocupan por el argumento o trama y salen con unos petardos, también ilegibles. Están los que quieren reflejar la 'realidad nacional' y caen en los clisés de toda la vida -al estilo de gamonal malo, maestro bueno- o en un realismo mágico degenerado o en la denuncia ramplona de la injusticia social.
Están los experimentales, que se creen nuevos Cortázares e inventan juegos de lo más de tontos. Y así casi hasta el infinito se podría seguir tipificando al narrador colombiano de hoy, para volver al comienzo: todos aburridos, todos mediocres escritores, salvo etcétera.
Se dirá que no es serio emitir conceptos como el anterior, pero tal es la lamentable experiencia de esta lectora y de esta cronista que, por oficio, debe estar al tanto de lo que se publica en el país. Sirva también ese preámbulo para explicar por qué abordé la lectura del último libro de Laura Restrepo con sumo escepticismo y por pura obligación.

BUENA PERIODISTA, PERO...
Y no es que la trayectoria de Restrepo sea mediocre, sino que se trataba de su primera novela de ficción y, por ende, de un desastre previsible. Como se recuerda, ella se inició en 1986 con un libro que fue bestseller: Historia de una traición, crónica apasionadísima de las relaciones de reconciliación y de guerra entre el M-19 y el gobierno de Belisario Betancur. A pesar del favoritismo evidente hacia el movimiento guerrillero, Restrepo se reveló como una buena periodista.
Luego, en 1989, vino La isla de la pasión, otro trabajo de índole periodística, notable por la investigación adelantada y por el interés que el tema suscitó entre los lectores. En 1993 entregó El leopardo al sol, también un relato periodístico sobre la sórdida guerra entre dos familias de la Costa Atlántica, que le sirvió para hacer un mosaico de la violencia en el país durante las últimas décadas. A mi modo de ver, este libro es el menos interesante de los tres que había publicado Restrepo.
Se habla entonces de una buena periodista, que sabe investigar y escoger sus temas para atraer a los lectores. Como escritora, deja que desear, pues a veces se muestra torpe en el manejo correcto del idioma y su estilo no rebasa el que es de uso cotidiano en los medios de comunicación.
Así las cosas, Restrepo se lanza con una novela, que ya está en las librerías: Dulce compañía. Al pesimismo aludido añádase otra jartera que el lector deduce del título y del dibujo de la carátula: un rollo de ángeles. Ahora sé que Restrepo empezó a trabajar en este libro hace unos cuatro años, antes de que los ángeles se pusieran de moda para rezarles y que cuando eso ocurrió le cogió pereza y lo dejó por un tiempo. A pesar de la aburrida coincidencia, vale anotar que es muchísimo más que un rollo de ángeles.
El final de esta personal aventura libresca, que honesta y sinceramente he querido narrar, me resultó del todo inesperado: leí el libro de un tirón y me pareció excelente. Encontré un relato muy bien armado, un tema difícil tratado con acierto y hallé calidad literaria. Ahí había una escritora que había alcanzado la mayoría de edad.

¡VIRGEN SANTISIMA!
El argumento de Dulce compañía es muy familiar a los colombianos: la aparición de un personaje celestial y la forma como las clases populares construyen el mito y se relacionan con lo sagrado. Restrepo publicó hace algunos años, en esta misma revista, una extensa investigación periodística sobre la aparición de la Virgen en Pereira. De ahí tomó, sin duda, elementos y datos valiosos para su novela.
En este caso quien se aparece es un ángel, en un barrio de las laderas surorientales de Bogotá. Un ángel de carne y hueso, que hace el amor, come y fue concebido por mujer. Pero tiene profeta, ha hecho revelaciones sagradas y su dimensión celestial se manifiesta en unos extraños ataques, en su inmensa hermosura, en el conocimiento de varias lenguas, como el arameo, y en que emite un aura, a cuyo influjo nadie escapa.
Restrepo muestra la elaboración del mito en torno del ángel, cómo es administrado por sus allegados y cómo evoluciona. Pero a la par va revelando también la dura realidad: podría ser un epiléptico, un autista, que habría estado en la cárcel. Y muestra también que ese cielo donde vive el ángel es un barrio miserable, de una ciudad miserable, de un país miserable.
El verdadero acierto es que todo lo anterior es tratado con mucha sutileza, la cual introduce una ambigüedad que, en momentos, casi hace dudar al lector: ¿será un ángel de verdad o será un delincuente?, se pregunta éste desconcertado y así se mantiene durante las 200 páginas. Tampoco es obvia la forma como Restrepo muestra la situación de pobreza y de injusticia que vive el barrio: sabe hacerlo con tino, sin caer en esa denuncia simplista que tanto gusta a nuestros escritores.

LAS NALGAS DE DIOS
La historia, que tiene sus episodios de amor y de dolor, se alterna con textos sobre ángeles y arcángeles, que la complementan y le agregan una dimensión de misterio sobrenatural. Este efecto lo maneja Restrepo con humor e irreverencia, como cuando convierte a San Gabriel en ángel caído y maldito por "pecar" con mujer, o como cuando habla de "las nalgas rosadas de Dios", a propósito del ángel Orifel.
Es evidente que esos textos requirieron de una buena investigación en la Biblia y en los evangelios apócrifos pues salvo San Gabriel, los demás ángeles que menciona no son reconocidos por la Iglesia: Orifel, Elohim, Mermeoth, Izrafel, Uriel, el ángel sin nombre, son apócrifos.
Dije atrás que Restrepo en sus libros anteriores no tenía un lenguaje. En Dulce compañía se advierte una notable evolución en ese sentido. Está bien escrito y lo está en un estilo personal, directo y sobrio, pues conserva las características del relato periodístico. Por otro lado, hay poesía y lenguaje bíblico en los textos de los ángeles, lo que establece contrastes muy atractivos en el desarrollo de la narración. Finalmente, anoto que el punto más difícil del libro, el final, está bien logrado pues Restrepo logra armar un buen enredo, compuesto de realidad nacional con guerrillas y paramilitares de realidad personal, de fanatismo religioso y de consagración del mito. Y el lector queda en Babia, lo cual es otro punto a favor de la obra.

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