Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2001/10/22 00:00

Mejor morir con dignidad

Utopía y desencanto, ejes de este retrato de la generación de los 70.

Mejor morir con dignidad

Roberto Rubiano
El anarquista jubilado
Espasa, 2001
211 paginas

Nos hemos convertido en todo lo que odiábamos a los 20 años”, dijo en un poema José Emilio Pacheco. “El sueño ha terminado”, había proclamado antes John Lennon. La generación del 70 fue quizá la última que creyó en las utopías. Y la única que todavía tiene el aliento y la nostalgia y la anacronía de preguntarse por las ilusiones rotas. ¿Qué pasó?, ¿cuándo se acabó todo?, ¿podemos vivir sin esperanzas? Casi que hacerse esas preguntas los delata: sólo puede hablar del desencanto quien creyó alguna vez. De eso trata la primera novela de Roberto Rubiano.

En 1968 el ingeniero Matallana, Nicolás Borda y José Antonio Guzmán, en un morichal cercano al río Meta, acaban de matar al sargento Piñeros y con él un ambicioso y quimérico proyecto de enterrar a Camilo Torres y Efraín González. Querían crear un mito para que el Estado colombiano se deshiciera por fin de sus muertos. “Para que los vivos por fin pudieran caminar sobre la tierra de los muertos”. Les parecía que el Estado colombiano siempre se había negado a hacer el funeral de sus errores. Que los escondía en el armario del que periódicamente salían como fantasmas a asustar a los vivos. Y ellos se proponían fundar una idea —más que un movimiento— que les permitiera cerrar esas rupturas y romper la cadena de violencia.

Lo que cuenta la novela es lo que ocurre 30 años después, lo que ha sido de esos tres amigos, cómo sobreviven y cómo el destino los vuelve a reunir. Matallana ahora se hace llamar ‘Fader MaKenzie’ —por la canción de los Beatles— y dirige una fundación para la protección de la fauna silvestre; Nicolás Borda, el anarquista jubilado, no hace nada, no cree en nada, sólo espera la muerte; José Antonio Guzmán todavía no se resigna a que hayan fracasado algunas de sus “brillantes” y no muy santas ideas de enriquecerse fácilmente.

La trama está construida sobre la persecución que hacen Mariana Llano, su hermano Poncho y el taxista Estalin Saldarriaga —empleados de la fundación de ‘Fader’— a unos contrabandistas de animales. Rubiano, al igual que muchos autores influidos por el género policíaco (a propósito, ya empieza a cansar: demasiados autores jóvenes, no tan jóvenes y viejos quieren aplicar este modelo), utiliza el formato de la investigación de un misterio para crear una estructura que atrape al lector. El problema es que se ve que es un pretexto: y si los personajes no creen en él ¿por qué habría de creer el lector? Si se propone un juego en el que no se cree de antemano, se produce el efecto contrario: el aburrimiento.

Creo que Rubiano, un gran cuentista, resintió el cambio de género. Aquí no funciona la intensidad de la historia, ni los experimentos de volver a contar cinematográficamente lo que ya nos habían contado. Pero, felizmente, la novela se salva a pesar de estas fallas y se sostiene por sus personajes y sus diálogos. Por las descripciones de Bogotá, esa gran ballena blanca del mal. Por las canciones de Led Zeppelin y Héctor Lavoe que se oyen al fondo.

Mariana, Poncho y Estalin deambulan en un taxi que no va a descubrir nada. No importa, vale la pena oírlos. A Mariana que aún disfruta el sexo y recibe “ondas de energía” cada vez que frota su collar de cuarzo; a Poncho con su humor y su marihuana; a Estalin con su discurso trillado de mamerto y guerrillero reinsertado. Como muchos de su generación ‘Fader Makenzie’ ha encontrado un falso refugio en su ONG y en perseguir delincuentes ecológicos; Guzmán, como otros tantos, se ha perdido en los espejismos del dinero fácil. Nicolás Borda, el más desesperado pero a la vez el más lúcido, antes de salir del escenario, todavía puede ofrecer una última lección: enseñarnos a morir con dignidad. Porque el sueño había terminado.

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