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| 9/26/1983 12:00:00 AM

MEMORIAL DE AGRAVIOS

Mala calidad de las películas y dudosas condiciones de proyección conspiran contra los espectadores colombianos

Ir a cine en Bogotá se ha convertido en una aventura cada vez más arriesgada y desapacible. Son tantos y tan afrentosos los atropellos que se cometen contra aficionados y espectadores por parte de distribuidores, exhibidores y proyeccionistas que uno se pregunta por qué sigue pagando la boleta y entrando a las salas de cine de la ciudad . Para empezar, la elección de la película resulta cada vez más difícil. No por la abundancia de opciones sino por su escasez. Ya ni cine comercial norteamericano podemos ver los habitantes de la capital. Pese a la disponibilidad absoluta, de víctima indolente, de la clientela cautiva que constituimos los espectadores (el cine sigue siendo la más barata y popular de las pocas diversiones con que cuentan los colombianos), las cadenas de distribución y exhibición abusan a su antojo: retienen los estrenos de primera cuando y cuanto les viene en gana, ignoran la producción fílmica europea, latinoamericana y del Tercer Mundo en general, censuran las películas por razones comerciales o de tiempo e inundan el mercado de espectáculos mediocres e innobles. El paso del tiempo puede calcularse hoy entre nosotros por lo que tarda en "caer" una nueva sala de cine en el circuito de la pronografía triste que ha convertido la carrera 7a entre calles 21 y 24 en la versión urbana del infierno del subdesarrollo. Teatros de tradición como el Coliseo y el Radio City se han perdido ya para el cine de calidad y muchos otros alternan las películas de artes marciales con los reestrenos y reposiciones de hace diez años o más. Y las salas de arte y ensayo, como la Cinemateca y el Jorge Eliécer Gaitán, mezclan en su programación el oro y la escoria o presentan excelentes obras durante un solo día, como si no hubiera suficiente demanda desatendida. En tales circunstancias, la admirable labor de los cineclubes apenas alcanza a matizar este sombrío panorama. De otra parte, las condiciones de proyección de las películas en la mayoría de las salas de la ciudad constituyen un insulto contra los aficionados y un atentado contra el cine. Puertas abiertas durante toda la función, cámaras desenfocadas, oscuras y rechinantes proyeccionistas incompetentes, copias mutiladas, rollos trocados, sonido defectuoso, luces inoportunas, etc.:he aquí lo que pagamos al entrar a cine hoy en Bogotá. Y si a lo anterior sumamos la conspicua ausencia de las autoridades y el estupor resignado o cómplice de los espectadores, forzoso es concluir que la diversión se ha tornado en aburrimiento y sufrimiento. Ante casos "ejemplares" de mala proyección como el Trevi o los Cinemas de la calle 24 se estaría tentado de promover la sindicalización de los cinéfilos y el sabotaje del espectáculo y la querella judicial contra distribuidores y exhibidores. Porque es evidente que estas prácticas no son sólo engaño o estafa al público sino también infracciones del Código Nacional de Policía la ley de derechos de autor y la cortesia internacional. Finalmente, el aspecto cívico de la asistencia al cine se ha vuelto también azaroso y ultrajante. Cinturones de fritanga, colas tumultuosas, legiones de revendedores, espectadores armados de transistores ruidosos, acompañamiento musical adicional de botellas rodando o celofán crujiendo, estas y otras agresivas manifestaciones de indisciplina y descortesía hacen cada vez más necesaria la videograbadora en el hogar colombiano modelo. Esperemos tan sólo que este memorial de agravios a quien corresponda (al Procurador, al Mincomunicaciones, al Alcalde, a la Policía Nacional, a los cinéfilos y cineastas) no llegue demasiado tarde, cuando ya ir a cine en Bogotá se haya convertido en algo así como vacacionar en el Magdalena Medio o pescar de noche en el rio Guavio.
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