Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2008/04/26 00:00

4 meses, 3 semanas y 2 días

El cineasta rumano Cristian Mungiu presenta un drama estupendo que se pone en los zapatos de una mujer que va a hacerse un aborto.

Otilia (Anamaria Marinca) pasa una jornada en el infierno en el intento de ayudarle a su amiga Gabita (Laura Vasiliu) a interrumpir su embarazo

Título original: 4 luni, 3 saptamâni si 2 zile.
Año de estreno: 2007.
Género: Drama.

Dirección: Cristian Mungiu. Actores: Anamaria Marinca, Laura Vasiliu, Vlad Ivanov, Alexandru Potocean, Ion Sapdaru, Teodor Corban, Tania Popa, Cerasela Losifescu.

Sucede en la Rumania sometida de los años 80. No da tiempo de pensar. Su personaje principal, una buena amiga llamada Otilia, no tiene un segundo de paz desde cuando aparece en la pantalla. Se sufre por ella mientras le pide a su novio el dinero que necesita Gabita, su indefensa compañera de habitación, ahora que le será practicado un aborto. Se siente compasión por ella en el momento en que negocia con el indolente que hará aquella operación ilegal en un sórdido cuarto de hotel. Y se le quiere animar cuando trata de que nadie se entere de lo que ha ocurrido durante esa jornada agotadora.

En fin. La angustia que se vive desde el principio de 4 meses, 3 semanas y 2 días, la justa ganadora del Festival de Cannes de 2007, no se termina hasta que no caen los créditos finales. Verla es toda una experiencia. Es como ver a alguien aguantar la respiración bajo el agua durante 113 minutos. Es, en verdad, estar ahí.

El logro más evidente de la producción es la naturalidad con la que sus dos actrices protagonistas, Anamaria Marinca y Laura Vasiliu, encarnan a ese par de amigas que tratan de conservar la humanidad en medio del peor de los horrores. Se pede hablar, también, de la elegancia con la que se evita convertir la narración en un trasnochado debate sobre el aborto: el director, Cristian Mungiu, resuelve cualquier discusión que se asome (que el aborto es un crimen, que el aborto es un derecho) recordándonos que todo drama es una invitación a ponerse en el lugar de otro, y que ahí, en 4 meses, 3 semanas y 2 días, no tenemos tiempo para pensar, sino sólo para acompañar a una mujer que no tiene a nadie, nada más a Otilia y a nosotros, en el mundo.

Si uno se fija con cuidado, no obstante, la verdadera proeza es de la cámara: los estupendos planos largos que cuentan la historia son un triunfo, en términos narrativos, pues no le temen a la supuesta impaciencia del espectador de hoy ni caen en la velocidad de esos lenguajes publicitarios que no le agregan nada a lo que se está describiendo.

Que es, en pocas palabras, la incomodidad de sus dos protagonistas en una ciudad en la que todo el que pasa al lado puede ser un juez o un delator. Otilia va a las residencias de la universidad, al hotel en donde se hará la intervención, al asfixiante apartamento de sus suegros. Y en todos los lugares que visita parece una prisionera de guerra que trata de sobrevivir a las humillaciones de un campo de concentración como si hubiera aceptado ya que es esa la vida que le ha tocado en suerte.

Estamos ante una película realista. A veces cruda. Y sin embargo, es fácil sentir, mientras se ve 4 meses, 3 semanas y 2 días, que se tiene enfrente una pesadilla. La mirada deforma la realidad. Y la del cineasta Mungiu es tan penetrante, que pone en evidencia lo miserable que puede ser todo cuando se le entrega la voz a algún gobierno.

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