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| 7/18/1988 12:00:00 AM

MEXICO LINDO Y...

En "Cristóbal Nonato", Carlos Fuentes muestra, en medio del humor, a una América Latina sin esperanzas.

El gobierno mexicano lanza un concurso: "El niño de sexo masculino que nazca precisamente a las 0:00 horas del día 12 de octubre de 1992 y cuyo nombre de familia, aparte del nombre de pila (seguramente, lo estimamos bien, Cristóbal) más semejanzas guarde con el ilustre navegante será proclamado Hijo Pródigo de la Patria, su educación será provéída por la República y dentro de 18 años le serán entregadas las llaves de la República, proemio a su instalación, al cumplir los 21 años como regente de la Nación, con poderes de elección, sucesión y selección prácticamente omnímodos. De manera ciudadanos que si su apellido por pura casualidad es Colonia, Colombia, Columbiario, Colombo, Colombiano, o Columbus, para no hablar de Colón, Colombo, Colomba o Palomo, Palomares, Palomar o Santospirito, e incluso ya de perdida, Genovese (¿quién sabe? quizás ninguno de los anteriores y entonces a usted ya se le hizo), entonces óyeme macho mexicano, embaraza a tu señora, ¡pero ya!". Y después de ese lenguaje oficial para abrir el concurso esta invitación más popular: "Mañana puede ser demasiado tarde, las lunas luneras son cada vez más cascabeleras, el momento es ahora, estos nueve meses nunca volverán a ocurrir".
Todo comienza porque en México, un país de hombres tristes y de niños alegres, viven Angel, con 22 años y Angeles, su mujer, con menos de 30 años y deciden acogerse al concurso y como están de vacaciones en las playas de Acapulco y están desnudos y deseosos, hacen el amor entre la arena y bajo el sol, exaltados, felices, y engendran a quien será el protagonista durante los próximos nueve meses, el narrador de una novela llamada "Cristóbal Nonato", escrita por Carlos Fuentes, uno de los cinco grandes narradores latinoamericanos (al lado de García Márquez, Vargas Llosa, Borges y Cortázar), quien con este personaje de Cristóbal Palomar hace un cuadro despiadado, sarcástico y oscuro sobre un México destruido por la lluvia ácida y acabado por los partidos políticos.
Desde el vientre de su madre Cristóbal conducirá el relato, a partir del momento en que se produce la fecundación, navegando por un río de sangre y mucosas hasta instalarse en el útero de Angeles, hasta cuando nace, y no solitario, sobre esa misma playa de Acapulco. Lo mismo que el Navegante, Cristóbal habrá atravesado los mares de la memoria más tormentosos, habrá sorteado el canto engañoso de las sirenas de escritores y políticos, y le habrá dejado al atónito lector, la sensación de que Carlos Fuentes, una vez más, se ha salido con la suya y que con esta novela-río, inacabable, que se muerde la cola como las serpientes, lo mismo que hizo con "La muerte de Artemio Cruz" "Cambio de piel" y "Terra Nostra" parece desafiar la paciencia del lector y lo arrastra por relatos extensos en los cuales las ruinas de México todavía siguen de pie y los mexicanos ofrecen el espectáculo curioso de un pueblo que no ha podido ser vencido por nadie, ni siquiera por ellos mismos.
Leyendo las aventuras desaforadas de Cristóbal desde el vientre materno contemplando su humor negro, sus irreverencias (numerosos artistas y escritores son citados con sus nombres reales y convocados a ser testigos del estado lamentable en que se encuentra México en 1992, dos años después de la catástrofe y cuando los símbolos religiosos han sido cambiados y los emblemas políticos resumidos en un mismo credo, apático y gris), rozando las extravagancias linguísticas del autor, uno entiende que Fuentes se ha divertido escribiendo este libro que tiene 570 páginas en la edición del Fondo de Cultura Económica y en el cual cada página, cada fragmento de ese monólogo de quien navega entre los intestinos tibios y suaves de la muchacha, es una auténtica agresión al lector. Agresión por toda la carga de información, insultos, desviaciones ideológicas, rectificaciones, alusiones y por encima de todo, la decisión que, de aquí en adelante, ya no habrá nada sagrado en la literatura latinoamericana, nada merecerá respeto, nadie será digno de ser tenido en cuenta, todo es inferior, falso, sin mérito alguno y lo dice un feto que flota en su habitat húmedo, un feto que se llama Cristóbal y que es una réplica en su corriente detenida, de ese otro navegante que soñaba mientras desafiaba todas las leyes de la razón y la imaginación.
"Cristóbal Nonato" es la culminación, no la mejor novela, de una obra dedicada por Fuentes, a través de distintos géneros, al análisis de los conflictos latinoamericanos y así como escribe contra la política de agresión de Reagan en los periódicos, revistas y en sus charlas en universidades de Estados Unidos, en el mismo corazón del enemigo, así llega a este libro para seguir denunciándolo todo. Es que no hay ocasión más adecuada ni feliz que el 500 aniversario del Descubrimiento de América y Fuentes, con este Cristóbal no-nacido y engendrado sobre la arena caliente, dice todo lo que quería decir, con un tono que provoca réplicas. Por eso, el símbolo de ese niño buscado forzosamente como un heroe, como un salvador de tantas desgracias. Un héroe que llegará a un mundo destruido y donde ya no hay esperanza alguna. Ya esa sensación la habíamos tenido en libros anteriores del autor pero aqui la desmesura es la única forma de canalizar la burla contra los grandes males de ahora, los mismos de 1992, el vacio de liderazgo política (ahora hay un presidente que sale del Partido de Acción Nacional y no del PRI), el colapso de todos los valores financieros y morales, la ausencia total de la esperanza, mientras Ciudad de México se llama ahora Makesicko City y pocos hablan el castellano. La única figura que parece aglutinar la soledad y la desesperación de los desposeidos es Nuestra Señora Mamadoc, un personaje que mezcla los elementos de una bruja con la Virgen de Guadalupe, con la Malinche, con las diosas del cine mudo, con las grandes amantes de los generales bigotudos, y así sucesivamente.
Como sostén para estos despropósitos ideológicos y narrativos, Fuentes trabaja con un castellano que se alimenta con otras lenguas. Nace así un lenguaje que intenta renovarse, y para que el juego sea completo le recordará en todo momento al lector que éste, es el único responsable de la existencia del libro y por supuesto del personaje; que el nacimiento depende del elector y si éste no quiere, Cristóbal Nonato no verá la luz del día. Al final de la lectura, exhausto y alegre, el que haya atravesado estas numerosas páginas se sentirá gozoso de contemplar el nacimiento de este héroe tan cínico como Artemio Cruz o tan misterioso como ese muchacho que hace el amor a un saco de huesos y escombros en el cuento "Aura".






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