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| 3/7/2003 12:00:00 AM

Mi boda griega

Una irresistible comedia que cuenta una verosímil historia de amor y se ríe con afecto de las tradiciones de una familia de inmigrantes.

Sabemos que es la película independiente más rentable de la historia del cine. Que contó con un presupuesto de cinco millones de dólares y ha recaudado un poco más de 300, hasta hoy, en los teatros del mundo. Que fue un monólogo autobiográfico escrito, dirigido e interpretado por la canadiense Nia Vardalos, en un pequeño teatro de Chicago, hasta que la actriz Rita Wilson asistió a una función y, al otro día, en muy pocos minutos, convenció a su esposo, Tom Hanks, de producir una modesta versión cinematográfica. Sabemos que este año se convertirá en una serie de televisión titulada Mi vida griega y que contribuyó a multiplicar las ventas de Windex, el limpiador de vidrios que resuelve todos los problemas del papá de la protagonista, pero ¿por qué Mi boda griega resulta irresistible, por qué hasta el peor desalmado, hasta el mayor detractor de las películas de moda, termina por disfrutarla?

Porque muy pronto, desde esas primeras escenas frente al restaurante Dancing Zorbas, nos enfrentamos a un sentido del humor que conmueve, a una verosímil historia de amor entre seres mucho más reales que los que Hollywood suele presentarnos y a una divertida familia griega, invasora, gigantesca, ruidosa, la familia Portokalos, que se convertirá, al final, en el único obstáculo para el romance y en la protagonista absoluta del relato. Sí, en tiempos de zozobra y guerras nucleares, La boda griega nos cuenta, con una ironía que es sólo una manifestación de afecto, la historia de una maravillosa familia de inmigrantes que celebra la vida cada vez que puede y que, aun cuando se ha adaptado a la velocidad de los tiempos norteamericanos, jamás le ha dado la espalda a su cultura.

Eso es. La frágil Toula, con sus gafas gruesas y sus sacos de lana, se enamora del despistado profesor Ian Miller justo cuando, en sus palabras, ya ha superado su propia fecha de vencimiento y se ha convertido en una de esas muchachas griegas "que no buscan esposo sino trabajan en el restaurante de la familia". Y entonces, porque el profesor parece estar aún más enamorado que ella, tenemos la oportunidad de conocer, uno por uno, a los Portokalos: a Gus, el padre inolvidable, que encuentra la raíz griega de todas las palabras y piensa que "hay dos clases de personas: los griegos y todos los que quieren ser griegos"; a María, la madre de antología, que está convencida de que "los hombres podrán ser la cabeza de la casa pero las mujeres son el cuello y mueven la cabeza para donde quieran"; y a Voula, la tía, que tuvo un turupe en la nuca hasta que los médicos, después de practicarle una 'bobopsia', "encontraron dientes y una columna espinal: era mi gemela".

Sí, La boda griega es una comedia predecible e ingenua, pero, porque los defectos se convierten en simples características cuando nos sentimos parte de una historia, nos es imposible resistirnos a la celebración.
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