Domingo, 22 de enero de 2017

| 2000/01/17 00:00

Mi espacio

Arreando estaño, infidelidades y controladores.

Mi espacio

Encontrar que el reducto en donde operan los controladores de vuelo es un lugar tan caótico y bullicioso como cualquier feria de ganado y que los mensajes tierra-aire y viceversa son tan crípticos como las apuestas mudas en una gallera puede ser una noticia no muy alentadora para muchos, pero no por eso se puede descartar como tema para una buena película. Sin embargo el contrapunto que el director Mike Nivell (Cuatro matrimonios y un funeral) intenta establecer entre lo que ocurre dentro de la torre de control del aeropuerto congestionado de Newark y en las salas de las casas en los suburbios de clase media de Nueva York, en donde viven dichos controladores, en último término no parecen más que dos retazos de tela cosidos de manera que se ven demasiado las costuras.

De acuerdo, se trata más de una comedia de costumbres que de un docudrama de acción lleno de efectos especiales que dan cuenta de las proezas de la alta tecnología, pero el comportamiento de los personajes involucrados (dentro y fuera de la torre de control) se reduce a esa especie de compinchería a la vez tierna y patana, más propia de un campus universitario en donde jóvenes de ambos sexos (en este caso sobre todo el masculino) descubren cosas como la amistad y el amor y sus posibles abismos, que de un grupo de profesionales rayanos en los 40 que hace mucho tiempo pisaron por última vez su alma mater.

Casi todos los personajes de Mi espacio (pushing tin, algo como ‘arreando estaño’) ya cargan con dos, tres y hasta cuatro matrimonios a cuestas pero se siguen comportando con esa desfachatez de adolescentes eternos tan común en el cine gringo.

Uno de los controladores de vuelo, Nick Falzone (John Cusack), le es infiel a su esposa Connie (Kate Blanchett) con la esposa de un colega, Russell (Billy B. Thornton), una trigueña harto apetitosa y alcohólica que parece mucho mayor que los 19 años que le atribuyen, (Angelina Jolie) y, luego, los dos machos proceden a resolver el impasse con gracia juvenil bien actuada pero demasiado mayores para el papel que juegan ya sea como compinches, esposos o controladores de vuelo: el contrario de niños metidos a grandes.

Algunos de los efectos especiales que ocurren dentro de la torre de control muestran esas descomunales ballenas flotantes de estaño que hoy circundan el globo en el famoso approach a tierra darían para un excelente documental con voz en off (ocho kilómetros es la distancia mínima para que la turbulencia de un 747 no afecte a otra aeronave) y, sin embargo, Falzone y Russell se meten debajo de las 16 o más llantas para que dicha turbulencia les peine los mutuos cuernos en un acto de epifanía y reconciliación.

Hay algo en este cine de fórmulas que hace que, a pesar de sus pasajeros méritos, siempre sea mejor verlo después, en la cama, con cinco videos a bordo y cuando no importa si da sueño.

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