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| 10/29/2001 12:00:00 AM

Mi primera vez

Ya sea por la incredulidad de los editores, o por otras circunstancias, la mayoría de los grandes escritores sufrió más de la cuenta para publicar su primer libro. Conseguirlo fue algo inolvidable para ellos.

Cuando Gabriel Garcia Marquez terminó de escribir La hojarasca, su primera novela, envió el manuscrito a Editorial Losada en Argentina. El crítico español Guillermo de Torre se lo devolvió destacando del texto “un apreciable sentido poético” pero a la vez dándole un consejo fulminante a quien más tarde se convertiría en el Nobel de Literatura: “Dedíquese a otra cosa”. Pasaron cinco años para conseguir quien editara su libro. Por ese entonces García Márquez tenía que hacer un esfuerzo gigante para pagar un arriendo que costaba un peso con cincuenta centavos pues lo que ganaba en el periódico El Heraldo, de Barranquilla, por momentos parecía insuficiente. Según cuenta en el libro El olor de la guayaba le daba los manuscritos de La hojarasca al portero del edificio donde vivía cuando tenía que dejar algo empeñado mientras conseguía lo del arriendo. “El sabía que eran para mí papeles muy importantes”.

Publicar La hojarasca fue toda una proeza y de allí la gran alegría del escritor colombiano cuando lo logró a pesar de la incredulidad de algunos. Como sucedió con el crítico francés Roger Caillois, quien rechazó El coronel no tiene quien le escriba, y con la editorial francesa Gallimard, que sólo se fijó en ‘Gabo’ cuando se publicó Cien años de soledad.

Los editores no siempre han atinado a descubrir el talento de autores desconocidos que, para pesar de ellos, después se han convertido en los grandes maestros de la literatura. Este hecho también explica por qué la mayoría de los escritores siempre han tenido que sufrir más de la cuenta para dar a conocer su obra. Ellos nunca olvidarán el día en que publicaron su primer libro. El norteamericano Raymond Carver, luego de que se editara por primera vez un relato suyo en una antología de los mejores cuentos de su país, pasó toda la noche despierto, mirando el libro, hojeándolo, sin poder dormir por la emoción.

Ulises, considerada la máxima obra del siglo XX, superó múltiples dificultades para que llegara a los lectores. Ni en Inglaterra ni en Estados Unidos fue fácil encontrar a alguien que publicara el libro de James Joyce. Hogarth Press rechazó el manuscrito. Ezra Pound consiguió publicar algunos capítulos en la revista Little Review con tanto éxito que su directora, Margaret Anderson, no dudó en afirmar: “Imprimiremos el libro completo aunque sea el último esfuerzo de nuestra vida”. Pero no fue así. Muchos de sus capítulos se perdieron y fueron quemados en los propios correos a los que acudía Joyce. La censura y la negativa de los impresores a arriesgarse fue su principal obstáculo. “Es la segunda vez que me queman en este mundo, así que espero pasar por el fuego del purgatorio tan de prisa como mi patrono Juan Luis Gonzaga”, dijo. Sólo en París, años después y con ayuda de Sylvia Beach, Ulises por fin vio la luz.

Nunca fue fácil para los escritores saltar a la fama. En 1923, cuando Jorge Luis Borges publicó su primer libro, Fervor de Buenos Aires, las ventas casi nulas de los 300 ejemplares que salieron a circulación obligaron al escritor argentino a regalarle 50 libros a Alfredo Bianchi, director de la revista Nosotros, para que él los distribuyera gratuitamente entre sus amigos. Fue la única forma para “ganarme mi primera reputación de poeta”.

Augusto Monterroso confiesa en su ensayo El autor ante su obra que si alguien hablaba de su libro en alguna reunión o en la calle lo invadía una sensación de vergüenza que lo obligaba a huir a su casa para, en ella, solo, abrir su propio volumen y leer los párrafos de los que había oído hablar. Los leía, los consultaba con un pudor inmenso. “Uno no cambia. Todavía lo hago, poseído por una vaga mezcla de gozo, inquietud y temor, dice Monterroso. En los últimos años, un libro mío recién publicado que se desliza de mis manos en la alta noche es lo único que se ha interpuesto entre mi mujer y yo”.

De la dicha de dar ese primer paso como escritor dio fe alguna vez Margarite Yourcenar, tras evocar una tarde de 1929 y luego de que los editores se fijaran en sus manuscritos: “El día era frío, como si ya el invierno fuera a comenzar, salí a la calle con aquella suma de dinero y eché a andar por París, rumbo a la plaza Vendôme. Me iba diciendo a mí misma: ‘Ya ves Marguerite, tienes un libro publicado; perteneces a la literatura francesa. No sabes qué destino correrá ese libro, pero ya no querrás ser otra cosa en el mundo que una persona que los escribe’. Y me detuve delante de un establecimiento. Me compré un florerito azul, de un cristal exquisito. Azul es el color del invierno en París. Y todavía conservo el vaso conmigo”.
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