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| 1/18/2014 6:00:00 AM

“El perdón y el olvido no son lo mismo”

Michael Sandel es uno de los pensadores estadounidenses más respetados de la actualidad. SEMANA habló con él sobre los temas que tocará en su presentación en el Hay Festival.

Por 30 años el profesor Michael Sandel ha dictado Justicia, uno de los cursos con más inscritos en la Universidad de Harvard. Esta clase de filosofía es tan popular que se convirtió en una serie de televisión de 12 capítulos, un sitio en internet y un curso en línea. Los contenidos de la asignatura se transformaron en el best-seller Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?

Con el mismo formato de presentar situaciones reales, identificar los principios éticos en juego y analizarlos bajo una óptica moral, Sandel regresa a las librerías con Lo que el dinero no puede comprar. El nuevo trabajo habla de los riesgos de estar entrando en una sociedad donde todo tiene precio, desde el derecho a manejar por una autopista hasta hacer fila, desde la publicidad en el cuerpo hasta los órganos para trasplantes. Sandel será uno de los invitados principales del próximo Hay Festival.

SEMANA: Usted enseña Justicia, uno de los cursos más populares entre los estudiantes de la Universidad de Harvard. ¿En qué consiste esa clase?

MICHAEL SANDEL:
El curso tiene el objetivo de invitar a los estudiantes a pensar y debatir algunas de las más grandes cuestiones filosóficas y éticas de nuestra sociedad contemporánea e incluyen la política, la esfera pública y la vida privada.

SEMANA: ¿Cuál es el dilema filosófico y ético más trascendental que enfrentan las sociedades hoy?

M. S.:
Nombraría dos. Primero, ¿cómo lidiar con la creciente brecha entre ricos y pobres? Es decir, ¿cuál es la relación entre justicia e inequidad? La segunda tiene que ver con la forma como damos el debate público. Uno de los desafíos es revitalizar esos debates para que aborden cuestiones morales y espirituales más grandes en vez del debate tecnocrático, gerencial y nada inspirador, muy común en estos días.

SEMANA: En su libro ‘Justicia’ usted propugna por la entrada de la moral dentro de la política. ¿Por qué cree que la moral está ausente del ejercicio político y por qué debe introducirse?

M. S.:
Partidos y políticos se gritan entre ellos en vez de entablar serias discusiones sobre las grandes cuestiones éticas como la justicia, el bien común y la ciudadanía. El intenso partidismo, donde nadie escucha a nadie, es una fuente de frustración con la democracia. Hay un hambre por un tipo de política más inspirada que se comprometa con cuestiones más grandes, con mayor significado y moral.

SEMANA: El gobierno de Colombia está negociando la paz en estos momentos con la guerrilla. Hay un debate en el país entre justicia y perdón vinculado a este proceso y a los crímenes cometidos por este grupo. ¿Cómo puede el país resolver esta tensión?

M. S.:
En muchos países se ha dado una lucha similar. Es importante diferenciar entre perdón y olvido. Perdón no debería requerir olvidar el pasado o pretender que los hechos atroces no sucedieron. Es un equilibrio complicado de alcanzar, pero una forma para unir ambos principios podría ser que las medidas de reconciliación deberían contemplar algún tipo de reconocimiento de las injusticias pasadas. Para perdonar no se debe necesitar olvidar.

SEMANA: ¿Considera justo que estos guerrilleros pasen algún tiempo en prisión?

M. S.:
En cuanto observador externo no quisiera entrar a dar consejos muy detallados, que deben venir de los participantes del proceso y de los ciudadanos de Colombia. Son los colombianos los que deben juzgar qué forma de reconocimiento de las injusticias pasadas es apropiada. Sería presuntuoso de mi parte ofrecer consejos. Solo diré que la reconciliación no puede basarse solo en olvidar o borrar el pasado sino que debe incluir un reconocimiento de esos daños pasados.

SEMANA: Su nuevo libro ‘Lo que el dinero no puede comprar’ se basa en la idea de que debemos imponer en la sociedad límites morales al mercado...

M. S.:
En ciertas áreas de la vida el pensamiento y los valores del mercado pueden erosionar los valores que no son del mercado. En los últimos 30 años hemos derivado de tener economías de mercado a ser sociedades de mercado. La diferencia es que la economía de mercado es una valiosa y efectiva herramienta para organizar la actividad productiva, mientras que una sociedad de mercado es un lugar donde casi cualquier cosa está a la venta. Es un modo de vida donde los valores del mercado comienzan a dominar todas las esferas, desde la familia hasta la salud, la educación y la política. Esa tendencia a ponerle precio a todo es lo que me preocupa.

SEMANA: ¿Podría dar algunos ejemplos?

M. S.:
La mayoría de países prohíbe el mercado libre de órganos para trasplantes, por ejemplo, riñones, aun cuando la venta libre podría aumentar la oferta. Esto se hace por varias razones, entre ellas, para evitar la explotación de los pobres que venderían las partes de su cuerpo a los ricos y por respeto a la dignidad humana. Es una muestra de cómo las prácticas del mercado erosionan otros valores que nos importan. Otro ejemplo es el servicio militar. Muchos países tienen ejércitos pagos, es decir, se usa el mercado laboral para adjudicar la defensa. Hacer outsourcing de los servicios militares, que incluyen dar la vida por la nación, solo a quienes no tienen más opciones de empleo erosiona el valor del sentido de sacrificio compartido de toda la sociedad que la democracia implica.

SEMANA: En Colombia se han desarrollado programas de reducción de la pobreza que incluyen pagos monetarios a los hogares. ¿Estas iniciativas serían ejemplos de la mercantilización social sobre la que alerta en su libro?

M. S.:
Debemos equilibrar los objetivos sociales, que en estos casos son muy importantes al incentivar a las familias pobres en la nutrición y escolarización de sus niños, con los mensajes que enviamos a los padres sobre las responsabilidades hacia sus hijos. Por lo que percibo, el uso de estos mecanismos de mercado fortalece en vez de debilitar el sentido de responsabilidad de los padres. Si eso es cierto entonces la iniciativa debe aplicarse. No tenemos que descartar los mecanismos de mercado en cada caso sino que debemos hacernos una pregunta adicional. Como en ocasiones el mercado cambia las normas sociales, debemos preguntarnos si el incentivo monetario de estos programas erosiona o fortalece el sentido de responsabilidad de los padres.

SEMANA: Colombia aprobó recientemente una Ley de Víctimas que incluye pagos a las personas que sufrieron secuelas del conflicto. ¿Puede el dinero reparar ese tipo de daños?

M. S.:
Algo similar se hizo en Estados Unidos con las víctimas del ataque terrorista del 11 de septiembre. En casos así, la gente ve esta compensación del gobierno como una expresión simbólica de la responsabilidad colectiva de los ciudadanos y como una muestra de solidaridad con las víctimas. Los pagos en sí mismo no curan ni reemplazan la pérdida. El dinero funciona aquí como como expresión de solidaridad ciudadana.

SEMANA: Usted pide más moral en la política. ¿Cómo introducir moral en el debate público sin amenazar la separación entre Iglesia y Estado?

M. S.:
Esta separación es un principio importante para la democracia y estoy a favor. Pero no es lo mismo que la idea de que los argumentos morales deben estar ausentes del discurso público. De hecho, la separación entre la Iglesia y el Estado hace posible un debate público donde todas las tradiciones y perspectivas, laicas y religiosas, sean bienvenidas. La brecha entre ricos y pobres o las obligaciones que los pudientes en una sociedad tienen con los menos afortunados son cuestiones morales. Solemos asumir que las discusiones morales son solo acerca del aborto o la sexualidad, pero hay que recuperar el hábito de debatir cuestiones políticas y económicas desde el punto de vista de la justicia y la ética. Es un error pedir a las personas públicas que dejen afuera sus creencias morales.

SEMANA: ¿Cuáles son las características de un buen gobernante?

M. S.:
Un buen líder en una democracia debe tener como primera responsabilidad dar forma a la agenda política que les permita a los ciudadanos discutir los temas que más importan. El presidente ideal es aquel con la capacidad de liderazgo moral, es decir, que aunque no tenga todas las respuestas correctas, pueda enmarcar las preguntas sobre las grandes cosas y permitir la deliberación de esas cuestiones morales como la justicia y el bien común.
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