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| 4/30/2001 12:00:00 AM

Micos y cucarachas.

¿Luis Fernando Roldán es el mejor artista contemporáneo de Colombia? Por el premio que acaba de ganarse, sí: Roldán es el mejor, el más completo, el más serio. O al menos ese es el título que le otorga, por este año de gracia 2001, el premio Luis Caballero. Es simple.



Luego de la desaparición del Salón Nacional de Artistas y de la avalancha de salones de arte joven (en el que por defecto se debería incluir a la Bienal de Bogotá), los artistas con una carrera sólida, consolidada dentro y fuera del país, se habían quedado sin un espacio claro para confrontar su trabajo. Y el Luis Caballero está llenando ese espacio.



La regla de oro en las bases del premio, que entregó 30 millones de pesos al ganador, es que los participantes deben tener más de 35 años. Y eso, en pocas palabras, significa madurez. No se toman riesgos innecesarios, por eso los elegidos de este año eran conocidos de sobra, entre ellos estaban Beltrán Obregón, Antonio Caro, José Alejandro Restrepo, Gustavo Zalamea, Wilson Díaz y Clemencia Echeverri. Todos ellos con una carrera reconocida.



Respetada. Ninguno de ellos es un artista "prometedor" o "con cierto futuro". Ya han pasado por galerías y museos y ser incluidos en la selección del jurado simplemente confirmaba algo que era evidente. Para el público la propuesta también era bastante alentadora: la obra que presentaba cada artista no tenía la presión comercial de una galería y, pese a las normas del jurado, tampoco estaba atada al criterio de un curador. Y dentro de esas reglas ganó Roldán. Y el público, que seguramente no vio más de dos exposiciones (el premio tuvo una pequeña falencia: los tiempos de exposición, por un defecto logístico, duraban sólo dos semanas, incluso menos), tiene la oportunidad de volver a ver ‘Qué estoy haciendo aquí’.



La bienvenida a ‘Qué estoy haciendo aquí’ es un panel en el que se encuentra la historia de un mico que, en 1829, fue llevado de Brasil a Escocia en un barco de carga. El mico, que resultó más glotón de lo que se imaginaron sus dueños, devoró todas sus provisiones de fruta pero, en lugar de morirse de hambre, acabó con todas las cucarachas del barco a las que, como un gourmet de la selva, les quitaba las patas, la cabeza y los intestinos antes de llevárselas a la boca. Esa introducción es perfecta. La obra de Roldán, que tiene un largo de más de 15 metros, se divide en tres partes: en el lado izquierdo hay exactamente 425 dibujos hechos sobre tarjetas de fichero del rostro de mico. Cuatrocientas veinticinco variaciones del rostro del mico en lápiz y papel. El mico en una oscuridad tan profunda que sólo se ven sus ojos. El mico a plena luz del día y trazado sólo con líneas. El mico a las 5 de la tarde y con algunas sombras de carboncillo.



Para llegar al otro extremo de la obra hay que recorrer una larga tela negra, en la que hay un dibujo abstracto, de rayas y trazos rápidos que, de alguna manera, representa el recorrido del que habla el texto, de Brasil a Escocia, y en el otro extremo, por supuesto, están las cucarachas: otros 425 dibujos de cucarachas, el alimento del mico.



La metáfora de la obra se puede leer de muchas maneras. Roldán empezó a trabajar con la idea del movimiento, se basó en la manera en que las tribus australianas hacen sus mediciones de distancia, en eso, y en el texto del mico. Pero hay otras cosas: su obra habla del oficio del artista, de la meticulosidad del trabajo, de la obsesión con que dibujó cada rostro de mico y cada cucaracha. Habla, en términos estéticos, de la forma.



Los 425 dibujos, en su conjunto, de lado y lado, parecen un cuadro abstracto. Tienen la misma altura del gran dibujo del centro que sobrepasa los 12 metros. Habla de una convivencia entre el rasgo más figurativo de un artista: un dibujo pequeño, diminuto, y de la libertad más poderosa con una tela negra que guarda una pintura abstracta. Roldán debe estar satisfecho, el título del premio, la premisa de la primera parte de este texto, es lo de menos: ser el artista contemporáneo más importante de Colombia es un título tan vacío como el de Señorita Bogotá, después de todo, ya vendrá otro Luis Caballero. Y todos los que participaron con él tienen con qué pelear. Lo importante es que esta obra ya tiene un lugar bien ganado.
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