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| 11/13/2000 12:00:00 AM

Microcosmos

Un documental que nos hace prójimos de los insectos.

Primero aparece el cielo. La cámara es testigo de los bordes de las nubes y después, de pronto, decide aterrizar en un solitario jardín de la campiña francesa. Y entonces, como si nada, comienza a pasearse por las flores, las hojas y las ramas. Y cuando el lente entra en el suelo, y el público empieza a impacientarse, una voz confiesa de qué se trata la película: hay un mundo debajo del mundo; un microcosmos en las raíces del cosmos; está ahí y nosotros no lo vemos; para sus habitantes —caracoles, moluscos, hormigas, moscos, abejas, polillas, mariposas, escarabajos— un minuto de los nuestros puede ser toda una vida.

Microcosmos es, sobre todo, un gran documental. Por medio de una milagrosa cadena de imágenes y de sonidos se dedica a mostrar, durante un poco más de una hora, las escenas y las actitudes más conmovedoras en las efímeras vidas de varias especies de insectos. Presenta, entre otras, el beso apasionado entre dos caracoles, el vergonzoso encuentro erótico de dos mariquitas, los problemas de una araña que acaba de atrapar a su víctima, el combate entre dos hormigas gigantes y los tristes esfuerzos de un escarabajo negro que —dicen los realizadores: como una combinación entre Gregorio Samsa, Indiana Jones y Sísifo— intenta arrastrar una piedra.

Microcosmos es, además, la labor de toda una vida. Es el resultado de 15 de años de investigación, dos de diseños de cámaras, tres de filmación y seis meses de edición. Claude Nuridsany y Marie Perennou, los directores, estudiaron biología en París, y aunque se graduaron de la Universidad de Pierre y Marie Curie y durante varios años se dedicaron a la investigación científica tradicional, después, cansados del academicismo, decidieron dedicarse a hacer documentales sobre el mundo secreto de los seres más pequeños de la tierra. “Se ve a los insectos como a animales raros con hábitos extraños —han dicho—: en Microcosmos decidimos ir en contra de esta percepción y mostrarlos como seres humanos que, día por día, se enfrentan a los obstáculos y las dificultades del destino”.

Querían enseñar ese mundo. Querían que “la barbilla estuviera enterrada en el suelo”. Que los espectadores, como niños en estado de asombro, señalaran con su dedo índice la pantalla durante toda la película. Y lo han conseguido, sin duda, gracias a una profunda sensibilidad, una pasmosa atención al mundo y una estupenda banda sonora que acentúa con precisión cada una de las deslumbrantes imágenes del relato. Los buenos documentales, según Robert Flaherty —autor de Nanuk el esquimal, uno de los primeros— son películas en las que la vida se ve, los actores no fingen y las aventuras no se simulan. Por todo eso, por la vida, la identificación y la aventura, Microcosmos es un documental maravilloso. El espectador señala la pantalla todo el tiempo y, al final del recorrido, logra sentirse prójimo de los insectos. Es todo un milagro.
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