Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1987/06/08 00:00

MILAN KUNDERA

¿Se irá a morir la cultura occidental?

MILAN KUNDERA

Acaba de aparecer en Colombia "El libro de los amores ridículos", un libro de relatos de Milan Kundera. A pesar de haber sido el segundo libro que escribió hace ya 19 años, es la primera vez que se traduce al español. Con este nuevo texto los críticos calculan que se prolongará el dominio que el escritor checoslovaco ha tenido en las listas de los más vendidos. Junto con una entrevista que Kundera concedió a Le Monde de La Musique, traducida por Iván Hernandez y cedida a SEMANA por la agencia Z Periodismo investigativo, publicamos una reseña del "último" libro de Kundera.

P.: ¿El hecho de escribir en checo y de ser traducido luego, aunque usted sea muy exigente, no le plantea problemas?
M.K.: Alguna cosa se pierde siempre en la traducción, pero nada esencial si el traductor es alguien de talento y trabaja conscientemente. No había leído la traducción francesa de "La Broma". Hace seis meses abrí el libro por primera vez y quedé estupefacto. Es una adaptación muy libre y de gusto dudoso, llena de vulgaridades y de clisés agregados, de ornamentos, todo lo cual cambia el carácter de los personajes y hace las reflexiones inexactas, cuando no ininteligibles. Si ese libro cae en mis manos, lo abandono luego de tres páginas. Como, a pesar de la traducción, ha logrado en doce años un tiraje de cerca de 90 mil ejemplares, me pregunto, en momentos de cinismo, si su éxito, tal vez, no se ha logrado gracias a la mala traducción.

P.: ¿Qué puede hacer un escritor cuando descubre que uno de sus libros está mal traducido?
M.K.: Claude Gallimard decidió, sin vacilar, hacer traducir de nuevo "La Broma". Francois Kérel, quien ha traducido mis otros libros, se ha encargado de ello. A menudo se dice que la traducción es como una mujer: es bella e infiel, o fea y fiel, lo cual es una bestialidad. Sin conocer la técnica, se puede apreciar la belleza del texto de Kérel, pero no se puede saber aquello que yo sé: esta traducción es fiel hasta la última coma. Es otro libro. El escritor que no defiende furiosamente la precisión de cada una de sus palabras es un impostor. Recuerdo que "La Broma", terminada en 1965, se editó en Praga en 1977, y permaneció un año y medio en la censura pues se me demandaba hacer cambios. Me resistí obstinadamente y, al final, el libro apareció sin que hubiera cambiado una sola palabra. El respeto por las palabras y su exactitud es un criterio general de la cultura. No solamente la censura totalitaria amenaza la cultura. En Occidente, el periodista reina sobre la cultura. Está habituado a cambiar, reescribir, cortar, simplificar a escritores y filósofos. El peso específico de las palabras se disminuye, las palabras se hunden en aproximaciones. Es la declinación de la cultura la que así se anuncia.

P.: ¿No es usted algo conservador en música? Al leer ciertas páginas de "El libro de la risa y el olvido", se podría pensar que para usted la música se detiene en Schoenberg.
M.K.: No, no es una actitud conservadora, ya que esta consistiría en decir que la música está declinando, degenerándose, y que se hace necesario volver atrás. Pero decir que con Schoenberg la música ha llegado a su fin, que ha agotado sus posibilidades, es otra cosa. Hemos vivido en la ilusión de la eternidad, y de golpe, nos hemos visto confrontados con la mortalidad de todas las cosas humanas. Para comenzar, he sido confrontado con la mortalidad de mi propia nación: he comprendido que mi nación podía morir. Este es un sentimiento completamente inesperado. Para usted la idea de que Francia y los franceses un día no existirán más, raya en el absurdo. Cada cual vive en su nación como en su elemento, algo dado, cuasi eterno. De golpe fuimos confrontados con la posibilidad de que nuestra nación puede morir, que puede ser "desnacionalizada". En nuestro siglo esto es, en efecto, lo que sucede. Una nación tan cultivada como la lituana está en proceso de morir. Los ucranianos eran cuarenta millones y hoy están en proceso de desaparecer. Hoy se plantea una pregunta que era impensable hace cien años. ¿No irá a morir la cultura occidental?

P.: Usted cita en ese libro una bella frase de Thomas Mann sobre el tintineo de un anillo de oro al caer en un vaso de plata y que significa, según usted, que se necesita silencio para percibir la belleza. ¿De donde viene ese gusto por el silencio?
M.K.: Mi padre, de origen campesino, vivía en el silencio o en el ruido completamente armonioso de la campiña. Este silencio era el trasfondo de su amor por la musica. Hoy, estamos inmersos en el horror acústico. Esa frase me recuerda una reflexión de Hermann Presl Goethe, dice él, consideraba la arquitectura que lo rodeaba como algo natural y bueno, algo así como un árbol recién plantado: es solo en nuestra época que se consideran las formas arquitectónicas con repugnancia. Esta afirmación es cada vez más verdadera. Los medios masivos de comunicación (la TV, los grandes periódicos), son el horror del pensamiento. Nuestro entorno acústico hace parte de este horror generalizado que es ciertamente uno de los rasgos característicos de la época moderna. La música ha perdido el fondo de silencio sobre el cual se puede percibir la belleza.

P.: ¿Entonces usted tiene una relación desastrosa con su entorno sonoro?
M.K.: Vivo en condiciones muy particulares. No escucho la televisión, ni la radio. Poseo un apartamento muy calmado. Escucho discos cuando verdaderamente lo deseo. Me he creado, con algunas dificultades, un medio silencioso. Pienso siempre en el siglo XVIII; entonces, era necesario desplazarse a otra ciudad para oír una sola vez un cuarteto. La música era como una flor rara, se escuchaba con una atención que hoy está completamente perdida. La inflación de sonidos es mortal; la música no es hoy más que otra modalidad de un ruido omnipresente e ininterrumpido.

P.: ¿La música es para usted una suerte de jardín secreto, como para Sartre, quien dice que ha sido hecha para escuchar en soledad?
M.K.: Sólo puedo decir que yo no puedo ir a un concierto. Fui algunas veces cuando era joven, pero me enojaba terriblemente, no lograba escuchar nada. Sí, para mí, la música es algo absolutamente privado.

P.: A menudo usted ha explicado cómo, luego de la invasión rusa en 1968, una verdadera masacre de la cultura checa tuvo lugar. Toda la creación checa contemporánea ha sido expulsada de su país, o forzada al silencio. ¿Cuál es entonces la situación de la música checa hoy?
M.K.: Le respondo de una manera muy general. En la cultura checa todo lo original, experimental, personal, anticonvencional ha sido eliminado en provecho de lo que pueda servir, bien sea de propaganda, bien sea de diversión.

P.: En este caso, esa situación no difiere mucho de la francesa, por ejemplo.
M.K.: De acuerdo. La mediocridad propagada por los medios masivos tiene algo alarmante. La marcha colectiva hacia la mediocridad, hacia el pensamiento simplificado, hacia la pérdida del sentido estético crea una unidad extrañamente fraternal entre el Este y el Oeste. Pero sin embargo aquí si usted quiere resistir a esta tendencia a la degradación, puede comprarse un Cioran, un Henri Michaux. Los Cioran y los Michaux checos están prohibidos, liquidados. Es de todas maneras una diferencia bastante sustancial. Ahora, en lo que concierne a la música es cierto que en Checoslovaquia la presión que se ejerce en su contra es sustancialmente menor que aquella que pesa sobre la literatura, el cine, y aun sobre la pintura. La música escapa a la censura ideológica. Se puede pues comprobar una degeneración dramática de la literatura checa impresa despues de la invasión rusa, pero tal degeneración no existe en la música, sobre todo en el dominio de la interpretación, que es aún muy importante. No se puede editar a Kafka, pero se puede tocar a Janacek, excelentemente además. Pienso que todo el genio de la cultura checa va a concentrarse en la música puesto que allí hallará una relativa libertad.

HISTORIAS AMOROSAS
Un crítico de arte, autosuficiente y egoísta como casi todos los de su oficio, rechaza burlonamente los esfuerzos de un oscuro profesor por conseguir del otro un comentario que le abra las puertas de una revista exclusiva. Durante varios días lo evita, se esconde y urde mentiras hasta cuando descubre, asustado, que las trampas que ha tendido lo están hundiendo, creándole rechazos y haciéndolo aparecer como lo que siempre ha sido, un presumido que será abandonado hasta por la mujer que utilizó contra el otro.
Este crítico es uno de los personajes de las siete historias que componen "El libro de los amores ridídulos" escrito por Milan Kundera entre 1959 y 1968 y el cual, gracias al desorden en que han aparecido en castellano las obras de este escritor checo, solo ahora llega hasta nosotros, después de "La broma", "La vida está en otra parte", "El vals de los adioses". "El libro de la risa y el olvido", "La insoportable levedad del ser", "La despedida" y la obra de teatro "Jacques y su amo". Pero no importa: el asiduo al mundo kafkiano de Kundera (el otro "K", como lo llama Carlos Fuentes), sabrá encontrar aquí las raices de otros personajes, otras historias, otras situaciones donde el absurdo, el humor negro, la nostalgia y el sexo además de la política irracional y la religión son los elementos principales que alimentan una de las obras literarias más frescas, más irreverentes, más libres y también más agresivas de los últimos años.
Los amores de los personajes de este nuevo libro (quizás la palabra nuevo no es la más indicada), son ridículos porque quienes los ejercen son así, ridículos, domésticos, arribistas, encerrados en su ego, convencidos de que pueden burlarse de los sentimientos ajenos, que pueden arrasar con todo, que lo único que cuenta son sus intereses más íntimos. Lo curioso es que se mueven en ese mundo vigilante y asfixiante que los rodea, donde la primavera de Praga es una imposibilidad absoluta todavía, donde los vecinos se encargan de espiar el mínimo asomo de conducta que altere la monotonía.
Todos estos personajes están obsesionados con el amor o, mejor, locos por el sexo, quieren practicarlo todo el tiempo, a su manera, libre y egoístamente, sin importar los sentimientos ajenos averiados. Son ridículos saben que lo son y por eso jamás adoptan la piel de los héroes. Son las raíces de los protagonistas de las novelas que vendrían después, esas novelas donde la risa, el absurdo, la nostalgia y la soledad serán el arma eficaz contra la pesadilla que viven los checos, entre otros.
En suma, una nueva maravilla de Kundera que llega traducida al castellano después de 19 años de haber sido escrita. En esa época cuando todavía Praga no estaba atestada de tanques rusos, cuando Kundera era un promisorio escritor checo, cuando sus libros no merecían tanto entusiasmo y, en consecuencia, cuando su cotización no estaba tan alta como ahora, donde sus libros ya pasan de los cinco mil pesos colombianos. Y se agotan.

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