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| 11/1/1982 12:00:00 AM

MIRAR ATRAS

En el Museo de Arte Moderno de Bogotá una exposición que hace contacto directo con la historia: "la gráfica del expresionismo alemán".

En 1905 un grupo de artistas reunidos en Dresde publicó un manifiesto que definía los pensamientos de un nuevo movimiento artístico. Die Bruke (El Puente). Decía el documento: "Con fe en que una nueva generación de gente creativa y perceptiva ha de desarrollarse, invitamos a la unión de todos los jóvenes, como juventud que lleva el futuro en sí mismo, queremos ganar para nosotros la libertad de desarrollo y la independencia del viejo establecimiento. Toda persona que directamente y sin divergencias trata de expresar eso que las impele a crear, es unó de nosotros"
En 1911 otro grupo de artistas reunidos en Munich inicia otro movimiento Die Blaue Reiter (El Jinete Azul), el cual habría de incluir en el catálogo de su primera muestra conjunta el siguiente pronunciamiento: "No escogimos para esta pequeña exposición una forma precisa y especial de propaganda, pero queremos ilustrar cómo las más íntimas intenciones de los distintos artistas pueden ser diferentemente complementadas por la variedad de formas que aquí se representan."
Trabajos de artistas de ambos movimientos, más del denominado Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad), el cual se constituiría en los años veinte en parte para denunciar los destrozos de la Primera Guerra Mundial, componen la excelente exposición que presenta actualmente el Museo de Arte Moderno de Bogotá bajo el título "La Gráfica del Expresionismo Alemán". La muestra incluye obras de Max Beckmann, Heinrich Campendonk, Otto Dix, Lyonel Feininger, George Grosz, Erich Heckel, Wassily Kandinsky, Ernst Ludwig Kirchner, Paul Klee, Oskar Kokoschka, Franz Marc, Otto Muller, Emil Nolde, Max Pechstein, Christian Rohlfs y Karl Schmidt-Rottluff (cuyos solos nombres son garantía de calidad y trascendencia en el arte de este siglo), y está compuesta por aguafuertes, litografías y xilografías, técnicas precisamente en las cuales los expresionistas realizaron la mayor parte de su producción y mantuvieron vigente el exaltado espíritu de sus postulados.
Si bien el término expresionismo sólo es acuñado en 1911, las raíces y algunos de los principios fundamentales del arte calificado como tal se remontan en Alemania hasta los tiempos de Durero. En sus obras, así como en las de Holbein, Grunewald, Cranach y Friederich, por ejemplo, han hallado numerosos estudiosos las mismas consideraciones metafísicas y las mismas preocupaciones éticas, políticas y psicológicas que generalmente se resaltan en las obras de los artistas anteriormente mencionados. El expresionismo, sin embargo, es un movimiento indisolublemente unido con su tiempo, tanto desde el punto de vista sociológico (en su repudio a la sociedad burguesa y a su carencia de ideales), como del artístico (en su desdén por el naturalismo, impresionismo y otras formas del arte establecido). Mientras que, por otra parte, el peso de su influencia se ha probado fructífero y definitivo para escuelas posteriores como el expresionismo abstracto, e inclusive para ese tipo de figuración ruda y agresiva que se explora en distintas direcciones y con diversos objetivos actualmente.
El expresionismo, en cuanto a las artes visuales se refiere, es un estilo dramático y directo que incluye la deformación estructural como un medio de incrementar la comunicación de experiencias y visiones altamente personales. En consecuencia no presentan los trabajos incluidos en este movimiento ningún recurso ilusionista, sino por el contrario formas fuertes, dispuestas para expresar la conciencia del artista sobre su situación, misión y circunstancias, siendo por lo tanto un movimiento que enfatiza las profundas relaciones del arte con la vida.
No sobra, finalmente, recordar que el arte expresionista fue duramente perseguido por los nazis por sus objetivos internacionales (un argumento que se esgrime con frecuencia en el país contra las obras de vanguardia). Paradójicamente, sin embargo, el expresionismo es uno de los pocos movimientos que la historia ha bautizado con su nacionalidad (y esto puede resultar como una especie de advertencia con relación a la ceguera chauvinista que pretende implantarse últimamente en el país para justificación de lo mediocre).
La exposición del Museo de Arte Moderno debe visitarse no sólo para disfrutar del logro individual que representa cada obra, y para experimentar directamente la angustia y emociones del movimiento expresionista, sino también para reflexionar sobre un período negro de este siglo (en el cual, por ejemplo, la galería Buchholz, antecesora de la que funciona en Bogotá, fue tres veces clausurada por exponer este tipo de trabajos), y para meditar sobre la validez de las razones con las que actualmente se cuestiona el arte de los jóvenes que aspiran a cortar con lo estático, con lo establecido y con lo viejo. Eduardo Serrano
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