Jueves, 19 de enero de 2017

| 2001/06/04 00:00

Miss Simpatía

Sandra Bullock se infiltra en un reinado de belleza y vuelve a ser una mujer común y corriente y fabulosa. **1/2

Miss Simpatía

Director: Donald Petrie
Protagonistas: Sandra Bullock, Benjamin Bratt, Michael Caine, Candice Bergen, William Shatner, Ernie Hudson Miss Simpatia es, por lo menos, todo lo que promete. Y eso, en el cine del Hollywood de estos días, es casi un milagro. No va más allá de su título, pero al fin y al cabo lo respeta. No cuenta una aventura apasionante, pero cuenta una. No tiene caracteres inolvidables, pero tiene personajes. No consigue una escena memorable, ni nada, pero avanza como un cuento para niños. Y, como si no bastara, se da el lujo de reírse de los reinados de belleza. Y no es que sea difícil montar una sátira a partir de uno de esos concursos. Es que el sentido de la ironía es, al final, otra de las pruebas de la sanidad mental de los realizadores de esta película. Ellos no quieren pasar a la historia. Quieren, en términos de Sergio Leone, un puñado de dólares. Y saben que para conseguirlos deben contar el relato tonto y divertido que se sugiere en el afiche y en los comerciales. Lo único que pide el espectador es que no lo engañen. Sandra Bullock es, otra vez, esa mujer común y corriente, más bien poco interesante, que contiene, en el fondo de su alma, a un ser extraordinario. Es muy difícil odiarla. Aquí se llama Gracie Hart y es una problemática y hasta varonil agente del FBI que, de un momento para otro, se ve forzada a transformarse, muy a pesar suyo, en la señorita Nueva Jersey. Pretende infiltrarse, de esa forma, en el concurso de belleza más importante del país para detener a un aterrador grupo terrorista que ha amenazado con poner una bomba durante la ceremonia de elección y coronación de la señorita de Estados Unidos. Convertirse en reina es, en este caso, una cuestión de vida o muerte. El humor de la película parte, como podrá imaginarse, de ese doloroso proceso de transformación. Gracie es, en estricto sentido, todo lo contrario a una reina de belleza: no piensa en depilarse las cejas ni las piernas, no aspira a caminar con la frente muy en alto, se ríe como un pequeño marrano, jamás ha soportado la mirada torcida de los hombres que pasan por la calle ni la boca abierta de sus compañeros de trabajo, nunca se le ha pasado por la cabeza hacer una dieta, o aparecer en bikini, o usar minifalda, y la paz del mundo, tan deseada por las reinas de belleza de todas las religiones y las razas, a ella le tiene sin cuidado. Miss Simpatía no decepciona. No dejará una mala sensación siempre y cuando uno descubra, antes de entrar al teatro, que, por ejemplo, se llama Miss Simpatía. Es divertido ver a Caine en el papel de un asesor de imagen venido a menos, a Bergen en el de la eterna organizadora del reinado y a William Shatner en el del asistente anulado para siempre. Es fascinante comprobar cómo cualquier relato puede filmarse con cierta dignidad. Es agradable descubrir cuando caen los créditos que se ha perdido el tiempo en semejante tontería.

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