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| 3/17/2012 12:00:00 AM

Morir y dejar obra

Para conmemorar los 35 años de la muerte de Andrés Caicedo y la publicación de su novela '¡Que viva la música!', la biblioteca Luis Ángel Arango expone sus archivos personales entregados por la familia.

De Andrés Caicedo puede decirse lo mismo que del poeta portugués Fernando Pessoa: que su obra salió de un baúl. Cuando Caicedo murió, a los 25 años, solo había publicado El atravesado, un relato financiado por su madre, y la novela ¡Que viva la música!, en la edición de Colcultura, que apareció justamente el día en que se suicidó y que él alcanzó a ver. Luego de la muerte, el padre entró a su cuarto y encontró un baúl con una gran cantidad de novelas, obras de teatro, críticas de cine, reseñas de libros, diarios y correspondencia. De ahí ha salido un importante material que le ha dado un lugar en la literatura colombiana y que ahora empieza a dárselo en la literatura mundial con un auge de sus publicaciones en varios países de habla española y traducciones a otras lenguas. La frase "Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos" que alguna vez escribió y que le gustaba repetir, en su caso resultó premonitoria. Dejó obra y sus amigos se han encargado de divulgarla.

"Andrés Caicedo: morir y dejar obra" se titula la exposición -no podía llamarse de otra manera- que acaba de inaugurarse en la biblioteca Luis Ángel Arango, que se compone de documentos que la familia de Andrés Caicedo entregó a la biblioteca en 2007 y otros que poseía el director de cine Luis Ospina, uno de los "pocos buenos amigos" de Caicedo. Ospina, curador de la exposición, se propuso mostrar que Andrés Caicedo es un autor de varias facetas y por eso organizó la muestra sobre cuatro ejes temáticos: la literatura, la correspondencia, el teatro y el cine. Como complemento, habrá una programación de charlas, conferencias y un ciclo audiovisual denominado Ojo al cine, que presentará registros audiovisuales sobre el autor. Adicionalmente, se ha preparado una programación especial en la que se proyectarán las películas que más le gustaban a Caicedo: M, El vampiro, de Fritz Lang; Todo sobre Eva, de Joseph L. Mankiewicz; Intolerancia, de D. W. Griffith; Marnie, la ladrona, de Alfred Hitchcock y La panadera de Monceau, de Éric Rohmer, entre otras.

Ahí está la vieja Remington Performer en la que escribía y que su hermana Rosario casi no puede traer de Estados Unidos, donde vive, porque a los oficiales de aduana -tal vez con razón- les parecía un objeto muy peligroso. Y los rústicos carteles en los que convocaba al cine club de Cali o a un 'rumbononón' donde los hombres debían pagar 20 pesos y las mujeres solo una sonrisa, "mientras no fueran muecas". Carteles de los años setenta con sus aires de protesta y de manifiesto: "El pueblo de Cali RECHAZA a los Graduados y a los Hispanos y demás cultura de sonido paisa hecho a la medida de la burguesía y su vulgaridad porque no se trata de 'sufrir me tocó a mí en esta vida', sino de 'agúzate que te están velando'".

Hay muchos documentos y manuscritos de interés para sus lectores. Está, por ejemplo, el primer borrador de ¡Que viva la música! y la primera alusión a la "rubia rubísima", su protagonista, con la dedicatoria "Para que aprenda Clarisol", muy distinta a la que luego quedaría consignada para la posteridad: "Este libro ya no es para Clarisolcita, pues cuando creció llegó a parecerse tanto a la heroína que lo desmereció por completo".

Están unos poemas desconocidos y el test original que le hicieron en una clínica para un tratamiento de desintoxicación con anotaciones de su puño y letra: "Se las saben todas, ¿no?". Y, por supuesto, sus guiones de cine y sus listas -tenía pasión por las listas- de películas que había visto o le faltaba ver. "No vivió un solo minuto sin pensar en cine", dice Luis Ospina. Y está, cómo no, su última -y enigmática- carta al crítico español Miguel Marías, porque no es carta de suicida la que habla de proyectos y asuntos por venir.
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