Martes, 21 de octubre de 2014

| 2013/02/23 07:00

'Mortalidad', crónica de una agonía

Ya está en librerías el libro póstumo del controvertido intelectual Christopher Hitchens. Se trata de un testimonio desgarrador de sus últimos días de vida.

'Mortalidad', crónica de una agonía

Una noche de junio de 2010, cuando se encontraba en medio de la gira de promoción de su más reciente libro, Christopher Hitchens sintió que sus pulmones se llenaban de cemento. Se despertó en medio de la oscuridad, sin aliento. “Me oía respirar débilmente, pero no podía llenar de aire los pulmones. Mi corazón latía demasiado deprisa o demasiado despacio. Cualquier movimiento, por pequeño que fuera, requería premeditación y planificación. Me exigió un esfuerzo extenuante cruzar la habitación de mi hotel en Nueva York y llamar a los servicios de urgencias”, relata en las primeras páginas de su libro póstumo, Mortalidad. 

Lo que siguió es conocido. Hitchens, uno de los ensayistas más populares de las últimas décadas, recibió un pronóstico oscuro: sufría de un cáncer pulmonar terminal con complicaciones linfáticas y le quedaba poco tiempo. A pesar de la mala noticia, siguió con la gira de promoción de sus memorias, tituladas Hitch-22, y asistió a entrevistas, programas de radio y televisión y debates públicos. “Aunque vomité (…) con una extraordinaria combinación de precisión, limpieza, violencia y profusión, justo antes de cada evento”, cuenta.

Hitchens tampoco decidió negar su enfermedad o esconderse. De hecho, en la revista Vanity Fair documentó en varias crónicas —acompañadas de crudas fotografías—, el desarrollo de su enfermedad. Justamente el conjunto de esos textos periodísticos forma el libro que acaba de llegar a las librerías. Hitchens decidió además llevar la situación, la de su propia muerte, con sentido del humor y sin  dramatizar: “No me veo golpeándome la frente conmocionado ni me oigo gimotear sobre lo injusto que es todo: he retado a la Parca a que alargue libremente su guadaña hacia mí y ahora he sucumbido a algo tan previsible y banal que me resulta incluso aburrido. La ira estaría fuera de lugar por la misma razón. En cambio, me oprime terriblemente la persistente sensación de desperdicio. Tenía auténticos planes para mi próximo decenio y me parecía que había trabajado lo bastante como para ganármelo”.   

El autor británico también prometió que, por más dolorosa y angustiante que fuera su enfermedad, no cambiaría ni un segundo su postura frente a Dios. En efecto, Hitchens fue un reconocido ateo —tal vez el más famoso del mundo— y dos de sus obras más leídas fueron Dios no es bueno (2008) y Dios no existe (2009). Desde el principio aseguró que no caería en la tentación de rezar por su vida o de pensar que algo vendría después de su muerte. La mayor parte de Mortalidad, de hecho, reafirma este credo esencial. Sus detractores, que no eran pocos, empezaron a especular —y, de hecho, iniciaron un macabro juego de apuestas— sobre cuándo se quebraría el escritor. Pero nunca lo hizo.

“Supongamos que abandono los principios que he tenido durante toda mi vida con la esperanza de ganarme un favor en el último minuto. Espero y confío en que ninguna persona seria admire esa actuación fraudulenta […]. Por otra parte, ese dios que premiaría la cobardía y la falta de honradez y castigaría las dudas irreconciliables está entre los muchos dioses en los que no creo”, escribió.

Hitchens murió el 15 de diciembre de 2011. Parece ser que hasta último momento mantuvo su actitud. Su esposa, Carol Blue, quien lo acompañó, contó que el británico leyó a sus autores favoritos hasta los últimos días, pues lo tranquilizaban. En el epílogo de Mortalidad Carol también narra que, después de su muerte, se dedicó a vaciar las estanterías de los libros de Hitchens y a leer las notas que él depositaba en ellos: “Cuando lo hago, le escucho, y él tiene la última palabra. Una vez tras otra, Christopher tiene la última palabra”. Seguramente así le hubiera encantado que lo recordaran.

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