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| 10/8/2001 12:00:00 AM

Moulin Rouge

Cuando se aceptan su estridencia y su locura la nueva película de Baz Luhrmann resulta una experiencia conmovedora e interesante. ***

Direccion: Baz Luhrmann.
Actores: Nicole Kidman, Ewan McGregor, John Leguizamo, Jim Broadbent, Richard Roxburgh

Ver Moulin Rouge es, al comienzo, como montar en buseta: la espalda duele, la música está a todo volumen, todo tiembla y marea y, si uno se fija con cuidado, el escenario es rojo y azul, plateado y dorado, y se encuentra tan cargado de imágenes populares, de corazones de neón y cortinas de terciopelo que más bien parece un altar construido en honor al Divino Niño.

¿Que eso, un juego con la cursilería, es lo que llaman kitsch? ¿Que entonces la película eleva a categoría de obra de arte las melosas baladas románticas, las lamentables metáforas de las quinceañeras, las manifestaciones de nuestra sensiblería?, ¿que ahí hay toda una estética, un género que llaman retro y unos guiños a otros textos? Pues sí, muy bien, que sea lo que quieran. Pero no podrán negar que al comienzo las escenas pasan muy rápido y a uno le duele la cabeza. Como cuando va en una buseta.

Lo que pasa es que después, cuando se aceptan las reglas de este musical y se derriban las preconcepciones, la resignación —ya se pagó la boleta: no hay nada por hacer— conduce a disfrutar la experiencia, y las coreografías y las canciones empiezan a emocionar, a divertir, a asombrar. Sí, es un viaje. Hay que ponerse cómodo y disfrutarlo y tararear, con todos los demás, esas melodías vergonzosamente pegajosas.

Eso es, ahora todo funciona. Nicole Kidman en el papel de Satine, una especie de geisha con aspiraciones de actriz y destino trágico, es la mujer perfecta. Ewan McGregor, de un momento para otro, es Christian, un escritor sensible, un cantante estupendo que, con toda la razón, se ha enamorado de ella. John Leguízamo —que no, no puede ser el orgullo nacional porque no es colombiano— es un Toulouse Lautrec de pesadilla que está dispuesto a todo para que “la verdad, la belleza, la libertad y, sobre todas las cosas, el amor” se abran paso en el París de finales del siglo XIX. Y Jim Broadbent es Zidler, el inventor del cabaret, que salva su negocio y su vida cantándole al malo de la historia, un poderoso duque que quiere poseer a Satine, una versión de Like a Virgin que pondrá a pensar a Madonna.

Baz Luhrmann, el director, que comenzó su carrera como actor y se hizo famoso gracias a un sofisticado montaje de la ópera La Bohème, ya había demostrado, con Stricly Ballroom y Romeo + Julieta, que sus obras traducen, al lenguaje del cine de hoy, la sensibilidad de otras culturas y otras épocas. Quiere decir, quizá, que somos prójimos de los bailarines de los 50, de los amantes de Shakespeare y de los bohemios y las prostitutas que se enloquecían en los escenarios del Moulin Rouge.

Porque ahí, en ese cabaret, estaban todos. Como nosotros en la buseta, como los poetas y los cantantes de pop en las canciones, pensaban que “lo más grande que uno puede aprender es a amar y a ser amado”. Eran cursis y sufrían. Y así se les iba la vida.
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