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| 11/22/1982 12:00:00 AM

MUERTE EN LA SELVA

La búsqueda de salvación lejos de la metrópoli, la intersección de dos novelas: "Pieldecanela" y "Los últimos amos de Palenque".

Jonh D. MacDonald ha producido veinte novelas de misterio de las que Travis mcGee, que vive a bordo de un bote sobre la costa de Florida, es el insistente protagonista. La única particularidad de estos libros que incitaba mi curiosidad era el hábito invariable de MacDonald de incluir en cada título de cada obra nueva un color diferente: desde "Pesadilla en rosado" hasta el "Mar vacío y cobrizo", presencié cómo el autor iba agotando el arco iris y sus combinaciones intermedias. Cierta vez, interesado por la sugerencia de Kurt Vonnegut de que para arqueólogos del futuro, recorrer estas obras sería como descubrir el tesoro de Tutankamón, leí una de ellas y, francamente, me aburrió. En vez de estar en presencia del equivalente de una tumba egipcia, me pareció que me había caído en un cementerio de automóviles. En las grandes novelas norteamericanas de suspenso, las de Chandler y Hammett, el crimen era una actividad más en un mundo rapaz y turbio del cual todos, víctimas, perseguidores y detectives, son corresponsables. El asesino estaba conectado al paisaje social de múltiples, secretas, corruptas maneras. McDonald no logra establecer el vínculo entre maldad y la inevitable atmósfera en que crece y se arraiga. Tal vez esto se deba a que sus personajes flotan sin rumbo, tan a la deriva con sus vidas como McGee en su bote, superficiales y chatos como olas.
Pese a esa experiencia decepcionante, recién terminé otro libro de MacDonald. El best-seller "Piel de canela" (Cinnamon skin), me atrajo, no porque estrenara un inédito color en su título, sino debido a que un aviso en un diario me prometió que ahora Travis McGee viajaba a las selvas tropicales de México. "Pero ni los antiguos dioses mayas ni su sacerdotisa de piel de canela, pueden salvarlo de la barbarie del asesino" .
Acababa de leer "Los últimos amos de palerique". (The last Lords of Palenque), en que Víctor Perera, un escritor guatemalteco (que vive en California hace décadas y escribe en inglés), visita a los verdaderos mayas.
Como explica el antropólogo Robert Bruce en su introducción, es probable que los lacandones de Nahá, en el estado mexicano de Chiapas, sean los últimos practicantes de la herencia maya, los descendientes directos de una de las más magníficas civilizaciones de la humanidad. Claro que el asesino que anda suelto por las selvas aquellas no es el insano homicida que acecha a Travis McGee o a su compinche, Meyer. Este es un asesino más impersonal y bastante más mortífero. El deseo de ganancias rápidas, la sobreexplotación de los recursos naturales, la polución, han convertido las tierras más fértiles del planeta en sitios baldíos, arrancando a millones de seres del único habitat natural donde su identidad puede sobrevivir. Es lo que está sucediendo con los lacandones. A esa pequeña comunidad de 250 personas le están cortando su extenso bosque de caoba.
No podrán fabricar canoas para cruzar los lagos. Pero tampoco podrán construir las chozas ceremoniales donde se establece la comunión con sus dioses ancestrales. Junto con los árboles, desaparecerán los animales. Desaparecerán de la dieta, y también de los sueños, de las leyendas, de las profecías. Los mitos mueren cuando mueren los bosques.
Me pregunté si Travis McGee habría visto, aunque fuera de reojo, a alguno de estos indios en su travesía de Yucatán.
Nada de ello. Los aborígenes con que se topa el detective no están preocupados por la extinción de su cultura milenaria ni por el turismo y el consumismo que deforman las costumbres ni tampoco por la transitoria riqueza y permanente corrupción que trae el petróleo. Estos indios forman una cofradía secreta que sabe todo lo que sucede en la selva. Su líder es una princesa maya que desciende de los emperadores toltecas. Al amanecer, desde arriba de una pirámide, la bella se comunica con los muertos entonando sus nombres cien veces. Su piel, por cierto, es exótica, pero afortunadamente fue criada en Canadá y habla inglés a la perfección, lo que permite a McGee hacerle el amor sin tener que cambiar de idioma. El se la puede llevar de vuelta a Florida, mientras los otros nativos retornan silenciosamente a sus pantanos y manglares.
Toda esta pintoresca atmósfera de brujería sirve sólo para una cosa: es el escenario donde los héroes, lejos de Miami Beach, pueden poner a prueba su coraje, cumplir el rito de su hombría. Es el sitio encantado que necesita el deprimido Meyer, que en el libro anterior de la serie parece haber tenido un acceso de cobardía. En un lugar tan esotérico podrá transformarse milagrosamente en un valiente.
Me gustaría saber si parte del éxito espectacular de "Piel de canela" pudiera deberse a esta conversión de Meyer en héroe. Mal que mal, recoge de esta manera el sentimiento norteamericano post-lrán como un rehén en el país del ayatollah, Meyer ha viajado de la humillación a la liberación. Ha recobrado su "dignidad" .
Esta búsqueda de salvación lejos de la metrópolis es el único punto en que "Piel de canela" se intersecta con "Los últimos amos de Palenque".
También Victor Perera está buscando en esa selva una orientación para su vida. Desde que era niño en Guatemala y divisó, en la Feria Mundial de 1938, a cinco lacandones que eran exhibidos como bestias, él sintió que su destino (y el del planeta) estaba ligado misteriosamente al de esa última comunidad maya. Como tantos seres que repudian el estilo y los objetivos de la sociedad de la que forman parte, él buscará la redención en el primitivismo. Hará cuatro peregrinaciones a Nahá en busca de un santuario contra los males del presente y un mapa ético para el futuro. En Chan Kin, el jefe espiritual de los lacandones, hallará a su guía, alguien que es capaz de vivir en armonía con la naturaleza, de interpretar los sueños, de fluir con la realidad como un río, de leer los pensamientos como un tigre.
Pero el mérito del libro de Perera es que, en vez de dejarse embelesar por el lado intrigante y mágico de los indios, como ha sucedido con tantos visitantes y exploradores contemporaneos, él también registra con pesadumbre la despiadada desintegración de sus hermanos adoptivos. Anota las divisiones que ocasionan los misioneros norteamericanos y los encargados mexicanos de la forestación. En cada visita, el mundo occidental y los bienes de con sumo han invadido otra parcela del territorio exterior y mental de los indios. Presenciamos la paradoja, y de ahí la punzante hermosura del texto, de que el autor está viviendo una iniciación a una visión auténtica, experimentando un renacimiento, en el preciso momento en que se está apagando la tribu que sustenta y permite tal iluminación. Chan Kin ni siquiera lucha en contra de esa muerte colectiva. Casi parece desearla. Como los mayas abrigan la idea de los ciclos de muerte y recreación del universo, Chan Kin interpreta la destrucción del bosque y de los lacandones como el signo de que la tierra está fatigada y necesita ser arrasada para que Hachakyum, el Supremo Creador, pueda darle nueva vida. Cuando se haya muerto el último de los lacandones, "se acabará el mundo".
Perera, que viene de una sociedad donde la guerra nuclear es una posibilidad omnipresente, cree que Chan Kin puede tener razón. La aniquilación de los mayas coincide con diversas señales de mal funcionamiento global. Pero no se trata solamente de que este agotamiento y fin de una tribu en México anticipe un holocausto, no se trata de un mero símbolo. Perera sabe que los grandes bosques de América son los oxigenadores del planeta, los que mantienen a la ecología en su delicado equilibrio.
Los indios han sido los guardianes desconocidos del aire, esa sustancia que, según Pablo Neruda, no podía embotellarse ni venderse nunca. Cuando desaparezcan los árboles y los mayas? podría bien sobrevenir el apocalipsis.
Es difícil convencer a la gente de que este peligro es efectivo e inminente, de que no estamos ante una metáfora o una profecía de índole literaria.
Basta con observar la reacción del único personaje de "Piel de canela" que, en vez de ver una princesa maya, logra avistar una índigena real. Norma, la sobrina de Meyer, es una geóloga que explora Yucatán para una compañía petrolera norteamericana. He aquí cómo ella describe su experiencia en una carta a su marido: "Corazón, me ha dado tremendos problemas una campesina que no me quiere creer que le repararemos los daños a su tierra cuando hayamos terminado. Salía a cada rato de su choza, quejándose de que estábamos asustando a sus animales... Imagínate cómo enloquecerá si llegamos a la decisión de hacer un pozo petrolífero".
Ella es incapaz, en la novela, de comprender que su marido la va a asesinar. Sería igualmente incapaz, en la novela o en la realidad, de comprender que ella misma es cómplice de una violencia infinitamente más barbara contra esa gente y su tierra.
Con razón, cuando su tío Meyer, y Travis McGee, viajan a México, lo único que ven son mujeres con piel de canela y psicópatas peligrosos.
Por una vez, pese a lo que escriba y jure John D. MacDonald, Travis McGee no encuentra al verdadero asesino. Para eso, tendría que ver antes, y reconocer, a las verdaderas víctimas. Ariel Dorfman
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