Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1989/07/10 00:00

MUERTE EN LAS TABLAS

Con el reciente caso del director italiano Giuseppe Patane, se revive la historia de los artistas muertos en escena.

MUERTE EN LAS TABLAS

La conmoción cambió entre músicos, técnicos y público que asistían hace algunos días en Munich a la representación de la ópera "El barbero de Sevilla", de Rossini, por la muerte subita del director de orquesta napolitano Giuseppe Patané. Habían transcurrido apenas 40 minutos de la obra cuando el maestro cayó del podium. La orquesta se silenció, los cantantes quedaron en vilo y el público presintió que algo muy grave ocurría sin alcanzar a precisar el alcance del asunto. Cuando bajó el telón ya una ambulancia llevaba al músico rumbo a un hospital, pero era tarde. Un infarto cardíaco había terminado con la vida del director.
No cabe duda que Patané murió en lo suyo. Dedicó su vida a la música, realizó una carrera prestigiosa en los más importantes escenarios del mundo, dejó un numero apreciable de trabajos grabados y a la música le dio hasta sus últimos instantes de vida.
No es usual que un artista muera en el escenario, pero casos se han dado, y todos, sin excepción, han quedado estrechamente ligados con la historia de los teatros.
Caso muy similar al de Patané fue el del director checo Eugen Pollak, en Praga, en junio de 1933. Durante una representación de la ópera "Fidelio" de Beethoven, un fulminante ataque cardíaco le impidió al músico terminar el trabajo. Y aunque no fue dirigiendo sino en uno de los intermedios, el director alemán Fritz Lehman no pudo finalizar la "Pasión según San Mateo", de Juan Sebastián Bach, su obra predilecta.
En el terreno de los cantantes, el caso más célebre, quizás por tratarse de una gran figura, fue el del barítono norteamericano Leonard Warren. Interpretaba, el 4 de marzo de 1960 en el Metropolitan Opera House, de Nueva York, el papel de "Don Carlo", de la ópera "La forza del destino" de Giuseppe Verdi. Como fatal premonición se cuenta que cantó el aria "¡Morir!, tremenda cosa", con una angustia casi sobrehumana y en el momento en que iba a iniciar "Urna fatale del mio destino" cayó al suelo ante la mirada atónita de director, público y elenco. Nada pudo hacerse para revivir al cantante. También un traicionero infarto cardíaco se lo llevó. Joseph Mann, tenor austriaco, falleció durante una representación de "Aida", de Verdi ; Robert Brug, barítono también alemán, en un recital, y el pianista Simon Bare, durante la interpretación del concierto de Grieg, también sufríeron ataques fatales, para citar algunos casos. Pero uno de los más impresionantes ocurrió hace unos años en el Teatro de la Opera, en Colonia, Alemania, donde cantaba el bajo colombiano Francisco Vergara. Una escenografía de mejor gusto que la vista recientemente en Bogotá en "El barbero de Sevilla", pero con unos columpios igualmente peligrosos, llevó a la muerte a uno de los cantantes: un mecanísmo de tramoya falló y el columpio cayó desde una altura considerable, con todo y cantante. Reveló la autopsia que no fue el golpe de la caída lo que produjo la muerte del artista sino que, al fracturarse la clavícula, ésta le perforó el pulmón y el cantante murió desangrado en el escenario para horror de los presentes.
Y aunque no murió propiamente en su trabajo, el principio del fin sí ocurrió en una representación musical. El director de orquesta austríaco Félix Mottl, por lo demás uno de los grandes intérpretes wagnerianos, durante la representación de "Tristán e Isolda", de Wagner (el más maravilloso drama de amor de toda la literatura musical), sufrió un infarto cardíaco que obligó a suspender la representación. Moribundo fue trasladado al hospital y allí solicitó que se efectuara su matrimonio con la "Isolda", de sus sueños, la soprano Zdenka Fassbender. Se realizó la ceremonia y a los pocos días el músico falleció.
Y aunque no tan romántico como el final de Mottl, Joseph Keilberth director alemán, también lo sorprendió la muerte dirigiendo este mismo drama en Munich.
Entre los cantantes de música popular, los bogotanos todavía recuerdan el caso del sonero cubano Miguelito Valdés. El 10 de noviembre de 1978, en mitad de su show en el Hotel Tequendama, "Míster Babalú -como se le conocía en el ambiente- dijo "Perdón, amigos", y se desplomó fulminado por un ataque cardíaco. Desconcertado, el público no supo qué hacer y el colombiano Mario Gareña, quien alternaba con Valdés esa noche, pensó que se trataba de un nuevo íngrediente del show. Pero no, Miguelito había muerto por amor al arte.

María Teresa del Castillo.

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