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| 8/1/2015 10:00:00 PM

Un museo que muestra el olvido que seremos

El XV Salón Regional Centro, que estará abierto al público a partir del 5 de agosto en la Universidad Nacional, se titula Museo efímero del olvido y rompe con los parámetros de la museología.  

En una de las paredes principales del edificio Sindu de la Universidad Nacional cuelgan una serie de cuadros en blanco y negro que, al más mínimo roce con cualquier otro material, comienzan a desaparecer. Son imágenes de las noticias más importantes de los últimos meses que el artista caleño Juan Mejía pintó con tinta borrable. No llevan nombre o explicación pero algunos son fáciles de identificar. Entre ellos está la conocida escena en que aparece el periodista norteamericano James Foley arrodillado en la mitad del desierto con Yihadi John detrás, vestido de negro blandiendo un cuchillo. La obra de Mejía se titula Pentimento y busca que el visitante reflexione sobre dos fenómenos: 1) que las noticias son efímeras; 2) que con el tiempo, el contexto en el que surgieron va desapareciendo y terminan convirtiéndose en imágenes sueltas que pueden interpretarse de muchas maneras.

Pentimento hace parte del XV Salón Regional de Artistas Centro titulado Museo efímero del olvido, que estará abierto al público en varios edificios de la Universidad Nacional a partir del 5 de agosto. La exposición –como su nombre lo indica- gira en torno al concepto del olvido y lo que este conlleva. Reviviendo la cocina rural del municipio de Oicata de Blanca Ocasión, –por ejemplo- utiliza fotografías para recordar lugares y tradiciones que se están perdiendo, mientras que Esta es mi vereda, de Miguel Canal, muestra a través de imágenes carcomidas por hongos que hasta las fotos y las películas tienen fecha de caducidad.
 
Las curadoras, María Soledad García y Cristina Lleras, querían mostrar un museo distinto que no construye memoria sino que olvida. Por eso, obras como Pentimento e Historias de Jardín de Luz Ángela Lizarazo –un gigantesco dibujo a base de semillas que estará expuesto en la plazoleta del edificio de posgrados de Ciencias Humanas- irán desapareciendo a lo largo de la exposición. Pero la propuesta curatorial no se queda solo en ese tema.

La sociedad –explican ellas- tiende a asociar la verdad con el recuerdo. Pero varios estudios científicos han demostrado que la relación entre uno y otro no es tan directa como se cree. Las personas suelen recordar un evento de forma distinta y la memoria de este va cambiando con el tiempo. En 2000, el científico austriaco Eric Kander ganó el Premio Nobel de Medicina por sus descubrimientos en el ámbito de la neurobiología que demostraron –entre otras cosas- que la memoria conlleva el olvido. En otras palabras, es físicamente imposible acordarse de absolutamente todo y esto también juega un papel importante en la visión del pasado.

Estos fenómenos aparecen de una u otra forma en las obras de la exposición. Domesticando rinocerontes, de Óscar Ayala, echa mano de un pequeño rinoceronte extrañamente pintado en el techo de la Casa Museo del Escribano Real Juan de Vargas, para hablar sobre el patrimonio cultural de Tunja y cómo la comunidad ha ido apropiándoselo. El dibujo de este exótico animal ha suscitado toda clase de historias. Se cree que llegó gracias a un grabado del artista alemán Alberto Durero que comenzó a circular en el siglo XVI, pero no se sabe a ciencia cierta su origen.

Por medio de placas conmemorativas llenas de pomposas palabras que no dicen mucho, Imperfecto pretérito de Juan David Laserna invita al visitante a reflexionar sobre la manera como se recuerdan importantes eventos históricos y sus protagonistas. Las placas no siempre cuentan lo que verdaderamente ocurrió y con el tiempo tienden a perder el impacto que una vez tuvieron en la sociedad. Las de la obra de Laserna pueden perfectamente pasar por originales. La mentira solo se desvela cuando se leen.

Y a propósito de eventos históricos, en Dos más dos es igual a cinco Mónica Páez recuerda un suceso del que ya poco se habla a pesar de que en su momento se describió como “el gran robo del siglo en Colombia”. En octubre de 1994 un grupo ladrones se adentró en las bóvedas del Banco de la República en Valledupar y sacó 24.072 millones de pesos. Por el tamaño del robo el banco tuvo que sacar de circulación los billetes de 2.000, 5.000 y 10.000. Páez hizo un montículo con los antiguos billetes de estas denominaciones que, aunque ya no tienen valor monetario alguno, en el segundo piso de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas se convierten en obra de arte.

La exposición es bastante diversa. Hay fotografía, dibujo, video, audio y animación, entre otros, y está diseñada para que cada visitante elija su propio recorrido. En un país en el que hasta ahora está de moda el concepto de memoria, vale la pena ir a este museo del olvido para reflexionar sobre sus implicaciones, sus límites y su relación con la verdad.
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