Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 5/7/2016 12:00:00 AM

Del tambor al computador

El nuevo proyecto de la cantadora Petrona Martínez no es apto para puristas. A sus 77 años asombra con una propuesta de bullerengue electrónico.

Petrónica: aquí tenemos una manera contemporánea de abordar el folclor. O, como anotan los productores en el texto que acompaña al disco, “la centenaria tradición del bullerengue con la vanguardia universal de la música electrónica”. En el centro está la septuagenaria cantadora Petrona Martínez, a quien hemos escuchado antes con un acompañamiento íntegro de tambores. Cuando en 2010 una de sus canciones incluyó acordeón vallenato, lo señalé ingenuo como “un experimento”. Ahora, para el asombro absoluto, llegan armonías y ritmos de laboratorio. Toda la parafernalia es digital.

Lo bello es que la voz nunca deja de ser protagonista. 16 productores distintos, casi todos de la escena discotequera, tomaron las canciones de Petrona y construyeron versiones nuevas. En algunos instantes la producción parece excesiva; la mayoría de las veces termina ampliando el horizonte sonoro, mostrando lo mucho que se puede hacer a partir de esas células rítmicas que nacieron con ella en San Cayetano o en Palenquito, en el departamento de Bolívar, cuando eran simplemente el acompañamiento para su oficio de cernir arena.

Ya se ha escrito acerca de lo mucho que se parecen las expresiones más primarias a las más vanguardistas. Y en la escena electrónica, la búsqueda de un estado de trance se emparienta con las músicas tribales. Tal vez los primeros en explotarlo comercialmente fueron los franceses del grupo Deep Forest, hace 20 años, cuando sumaron los sonidos de sus computadoras con grabaciones de campo de pigmeos congoleses. El disco (que irónicamente hoy está fuera de circulación por los derechos autorales de los pigmeos) nos mostró en su momento una posibilidad magnífica del nuevo arte: la de generar bandas sonoras de lugares imposibles.

En el caso de Petrónica, el centro de la producción estuvo en Nueva York. Desde allí fueron convocados músicos electrónicos de Estados Unidos, Canadá, Holanda, Grecia, España, Italia e Inglaterra. Descontando el rol central de Petrona Martínez, la participación colombiana es minoritaria. Por lo tanto, no es un disco donde uno encuentra fácilmente el ‘sabor’. Se trata, más bien, de explorar qué significa el bullerengue en otras latitudes, cómo se asimila más allá de nuestras fronteras mentales de lo étnico, lo puro o lo ancestral.

Y la variedad resulta increíble. Los bullerengues de Petrona Martínez pueden vibrar con acompañamiento de batería, como en la colaboración con el grupo de rock Doctor Krápula. O pueden flotar en medio de golpes producidos artificialmente y sin que haya un solo tambor de verdad, como en la propuesta de la artista griega Xenia Ghali. Pueden ser etéreos y repetirse como una sucesión de ecos, si escuchamos la mezcla del músico inglés

Richard Blair. O pueden acercarse al sonido eufórico del África actual, gracias a la participación de la Afro Influenced Funk Federation.

Pero al final, ¿qué opina la propia Petrona Martínez de todas estas remezclas y reversiones hechas a partir su música? No resistí la tentación de llamarla y romper la paz casi atemporal de su casa en Arjona, Bolívar. Me dijo que estaba viendo una telenovela pero que me podía atender. Le mencioné el nombre del proyecto Petrónica y me respondió con su sabia sencillez: “Lo sentí bien. Lo que yo canto es folclor, pero es bueno que se oiga de otra manera, para otra gente. Y al final la diferencia no es tan grande”. Doña Petrona volvió a su televisor y yo me quedé con una lección sobre lo que es una mente libre de prejuicios, a los 77 años.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.