Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1989/08/14 00:00

MUSICO, COMPOSITOR Y LOCO

Uno de los grandes del piano, Friedrich Gualda, revuelve el avispero de la crítica con su última obra.

MUSICO, COMPOSITOR Y LOCO


Una de las más polifacéticas y quizás la más irreverente de las figuras de la música actual, es el pianista austriaco Friedrich Gulda. Artista de talento desbordante y personalidad que no se deja encasillar, en cada aparición provoca las más enconadas y encontradas reacciones.

Su maestría está en el piano y además es saxofonista, cantante de ocasión, de jazz preferencialmente; toca el clavicordio, la flauta dulce y tiene varias composiciones de su cosecha. La última de ellas, que acaba de ser lanzada al mercado discográfico europeo, lleva por título "Concierto para mi mismo". Una sonata concertante para piano y orquesta, estrenada en Munich el año pasado con la Orquesta filarmónica de esa ciudad. La obra tiene cuatro movimientos y por sus, nombres puede entreverse que no se trata de una composición de concierto tradicional. El Allegro inicial lleva por título "Lo nuevo está a la vista, entonces lo viejo es nuevo", y una cadencia libre, en lo cual Gulda es maestro, es un juego de palabras que traducido al español podría decir: "Para ti, para mí y para todos ustedes."
Con este concierto Gulda pretende, una vez más, imponer su criterio de que la música no conoce fronteras en lo que a entrelazar géneros atañe. Como amante irrestricto del jazz, en esta obra deja muy en claro su formación y actividad de pianista clásico, pero adoba la partitura con sones de rumba, jazz y música pop. Dicen unos que esta nueva salida de Gulda en el terreno de la composición es un popurri estilísticamente indescifrable, donde hay reminiscencias de música de Dvorak, salpicada con rumba, folclor austriaco y free jazz.

Muy posiblemente Friedrich Gulda no vea su consagración como compositor, cosa que le importa un bledo, según ha comentado. El toca y compone para si mismo. Si sus discos se venden, magnífico. Si no se venden... qué más da. Lo que le interesa es estar bien consigo mismo sin importarle que el público rechace sus actitudes y su trabajo.

Cada salida suya inevitablemente es suceso. Cuando en París afirmó, antes de un concierto con obras de Mozart, que el compositor de Salzburgo, contrario a lo que decía el mundo musical, no era divino sino, por el contrario, un sádico no se hicieron esperar las reacciones de los vieneses que procedieron a rasgarse las vestiduras, desautorizarlo y criticarlo con ácidos calificativos. Pretendía el maestro, con tan agresivas declaraciones, hacer énfasis en que la música de Mozart encerraba en su interpretación más complejidades de lo que la gran masa veía, pero pocos lo entendieron.

Aparte de sus salidas verbales, que siempre causan escozor, sus interpretaciones musicales tampoco dejan a nadie indiferente, no sólo por la magia y virtuosismo de su arte, sino porque siempre entrelaza en forma descarada en obras clásicas, ritmos jazzaísticos que enfurecen a los ortodoxos.

Y ni hablar de las fachas que trajina para salir a dar un concierto. Importantes escenarios lo han visto aparecer con gastados bluyines, bufandas de estridentes colorinches que como cualquier diva va cambiando en cada salida frente al público y una balaca que se ciñe a la frente cuando no un bonete muy poco seductor que se encasqueta hasta las orejas, atuendo más propicio para participar en un partido de baloncesto que para presentarse frente a un piano a interpretar a los clásicos en una respetable sala de conciertos.

La obsesión de Gulda por el jazz es total y data de su ya lejana juventud. Como pianista del llamado repertorio clásico es una figura consagrada desde hace tiempo, pero dentro de su caracter irreverente y escandaloso no pierde oportunidad para agriar los ánimos de quienes lo consideran una figura por sobre todo de la música llamada clásica. Las grandes agrupaciones orquestales y los grandes directores con frecuencia lo invitan a tocar, y en más de una oportunidad ha preferido, antes que aceptar dichos compromisos, anunciar que la fecha está copada por una interpretación suya con una banda de jazz. Se vanagloria quizás más de haber tocado junto a Dizzi Gillespie y el Big Band de Mel Lewis que junto a grandes formaciones orquestales. Así es Gulda. Y ahora que acaba de lanzar al mercado su "Concierto para mi mismo", las publicaciones especializadas se duelen de que cada día este excepcional artista se aleje más de las grandes salas de concierto, para dedicarse al jazz.--

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