Jueves, 18 de diciembre de 2014

| 2013/08/24 02:00

Mutis: El verdadero Gaviero

El poeta y novelista Álvaro Mutis llega a los 90 años. A pesar de su exilio y silencio sigue siendo una de las voces más vivas de la literatura colombiana.

Mutis: El verdadero Gaviero

Un niño de 11 años llega al puerto de  Buenaventura. Viene de Bélgica, en donde ha vivido desde  los dos.  No es la primera vez que se encuentra con esa imagen –venía de vacaciones a Colombia–, pero esta vez es distinto. 

El niño, que ya ha descubierto a Conrad en la biblioteca del colegio, es ahora consciente del contraste entre el paisaje europeo –las llanuras de Flandes, con sus brumas y sus grises– y la naturaleza americana: un  lugar donde todo se destruye a un ritmo vertiginoso, incluidas las ilusiones y las empresas de los hombres. 

Pero también, donde la vida es más sensual y placentera, con sus colores, sus frutas y sus mujeres. El mundo ya hecho, en el que pensaba que iría a vivir por siempre, ha quedado definitivamente atrás –por la muerte de su padre y, luego, de su abuelo–  y solo le queda este que tiene en frente: el trópico, el mundo sin una historia acabada y en perpetua descomposición. 

Álvaro Mutis nació en Bogotá el 25 de agosto de 1923 –día de San Luis de Francia, aclara él–, pero a los dos años, su padre, que había sido secretario del Consejo de ministros, fue nombrado en la Legación colombiana en Bélgica. 

“Bélgica me marcó para siempre. Hay recuerdos de mi niñez que todavía desfilan por mi mente con toda su fuerza, como las enormes barcazas que atraviesan el país por canales fascinantes… O como ese puerto de Amberes, que hago aparecer siempre en mis novelas como un homenaje”, contó en una entrevista con el escritor Fernando Quiroz. 

La repentina muerte de su padre a los 33 años, debido a una enfermedad desconocida, no impidió que permanecieran otro tiempo en ese país, pues su abuelo, don Jerónimo Jaramillo Uribe, cofundador de Armenia y colonizador antioqueño, tenía en Europa una agencia propia para comercializar su café, al margen de la Federación de Cafeteros. 

De su padre, Santiago Mutis Dávila –bogotano–, Álvaro heredó el gusto por los libros, el vino, la buena mesa y la tertulia. De su madre, Carolina Jaramillo –manizalita–, un gran sentido de la libertad y por supuesto la hacienda de Coello, que vinieron a atender tras la muerte del abuelo y, como la magdalena proustiana, será el lugar del cual va a surgir toda su literatura. 

“Cuando digo que ya conocí el paraíso estoy diciendo la verdad. A mí no me lo tienen que contar. Se llama Coello. Ese paraíso donde terminan los llanos del Tolima y comienza la cordillera, hacia La Línea. Esa finca donde pasé las vacaciones durante mi fracasada época de estudiante”, contó.

 

“Las vacaciones más fructíferas de la literatura colombiana”, dijo Juan Gustavo Cobo Borda, a propósito de Mutis y sus largas temporadas de descanso en su finca en la cual, además de experiencias memorables, en la hamaca colgada en la terraza, abanicado con la brisa de los ríos Cocora y Coello, leería miles de páginas de historia y literatura, sus dos grandes pasiones. 

De nuevo en Colombia y para que siguiera los pasos de su padre –y acaso no se convirtiera en un finquero más de la familia–, doña Carola lo matriculó en el Colegio Mayor del Rosario. Pero allí, escuchando las clases magistrales de Eduardo Carranza sobre Antonio Machado y visitando los cafés aledaños al Colegio, se olvidó del estudio: “Entre el billar y la poesía, me eché a perder”.

La verdad es que ya era un gran lector y como le explicó a monseñor José Vicente Castro Silva, rector del Colegio Mayor, con tantos libros esperando, no había tiempo de ir a clase. Sin título de bachiller y casado –tenía entonces 18 años– pero dotado de una gran voz, se abrió camino en la Radio Nacional.

Años más tarde se convertiría en el narrador en español de la serie de televisión Los intocables. Después de la Radio Nacional, y gracias a otro de sus talentos innatos, una simpatía arrolladora, empezó a trabajar en relaciones públicas: Compañía Colombiana de Seguros, Bavaria, Lansa, Esso. Sin abandonar nunca la poesía ni la lectura. Desde un comienzo supo que –no había más opciones– él sería uno de esos escritores con doble vida. 

En 1948 publicó su primer libro, La balanza, en compañía de Carlos Patiño Roselli. Un libro inconseguible, no porque se hubiera agotado: como tantas otras cosas ardió en las llamas del 9 de abril. Y en 1953 publicó Los elementos del desastre, en el que aparece por primera vez el personaje de Maqroll el Gaviero, un marino trashumante, un eterno viajero que vive la existencia como una maldición sin salida: sabe que vivir es una enfermedad, que la muerte lo infecta todo, pero también que la vida es única y hay que vivirla furiosamente, “por el goce inmediato de ciertas probables y efímeras dichas”.  

Alrededor de este personaje, que irá creciendo en los siguientes libros, se unifican la poesía y la prosa de Álvaro Mutis que debe verse como una totalidad y que se distingue por su lenguaje suntuoso. “Mutis es un poeta de la estirpe más rara en español: rico sin ostentación y sin despilfarro”, dijo Octavio Paz. 

Sin embargo, ha sido Gabriel García Márquez quien mejor ha definido el alcance universal de su obra: “La obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es solo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos”.

En 1956, su vida cambiaría radicalmente. Con cenas extravagantes y dadivosos regalos a sus amigos artistas, desvió el presupuesto que manejaba en la Esso y la compañía entabló en su contra una acción legal. Mutis se exilió en México y al cabo de tres años tuvo que pagar una condena de 15 meses en la cárcel de Lecumberri. Una dolorosa experiencia de la cual salió convertido en una persona más sensible al sufrimiento humano y un escritor con más hondura e intensidad lírica. Desde entonces vive en México. 

Al salir de la cárcel, trabajó en la Twentieth Century Fox y luego en Columbia Pictures, como gerente para América Latina. Siguió escribiendo y con sus libros La Mansión de Araucaima, Summa de Maqrol el Gaviero y Caravansary consolidó un gran prestigio como poeta en el ámbito hispanoamericano. A partir de 1986, con la publicación de La nieve del almirante, empezó un frenesí creativo que lo llevó a escribir otras seis novelas agrupadas bajo el título Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. 

Llegaron los premios y el reconocimiento internacional. Se multiplicaron los estudios sobre su obra, las entrevistas. Llegó a un público mayor que el de los lectores de poesía. No obstante, desde 2007, a causa de una tragedia familiar –la muerte de su hijastra– y, también, “el ultraje de los años”, se ha alejado de la vida social y se silenció. 

Si supiera que el pasado jueves en el Festival Internacional de Poesía Luna de Locos, en Pereira, le rindieron un homenaje por sus 90 años y los niños de los colegios hicieron hermosos dibujos con sus versos, tal vez,  volvería a oírse su risa contagiosa y aquella exclamación con la cual lo recuerdan sus amigos: “¡Qué maravilla!”. 

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