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| 2/16/2003 12:00:00 AM

Muy breve y muy bueno

Muchos lo recordarán por haber escrito el cuento más corto de la literatura, pero la obra de Augusto Monterroso es mucho más que eso: es una lección de buen humor, ironía y sarcasmo.

"Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndole producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta. Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia". Así, con la brevedad en su escritura pero, a la vez, con una carga de sentimientos, de emociones y, sobre todo, de un humor incomparable, es que Augusto Monterroso alcanzó el lugar que hoy se le reconoce en la literatura.

Le gustaba escribir fábulas porque para él los animales le permitían dibujar la condición del hombre de una manera precisa como el Burro que se encontró esa Flauta, o como el Perro que quería convertirse en un ser humano, o como la Rana que aspiraba a ser una Rana auténtica, o como esa Cucaracha soñadora, entre tantas otras fábulas que lo inmortalizaron.

Pero a través de los animales no sólo habló de alegrías, sueños o tristezas, también lo hizo sobre uno de los temas que más lo inquietaron: la literatura misma y el hecho de ser escritor. Como aquel mono que se preguntaba por el escritor que no escribe, o por el que se la pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y que poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan, "o el del que en alguna forma ha ganado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia?".

O como el Zorro que se convirtió en escritor y publicó dos libros muy buenos, aplaudidos por los más exigentes profesores norteamericanos, y traducidos a varios idiomas, pero que decidió no escribir más durante años por sentirse satisfecho y a pesar de que todo el mundo le pedía que publicara otro libro. "El Zorro no lo decía, pero pensaba: 'En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer'. Y no lo hizo". Y había mucho de él en esa fábula pues su obra no fue muy extensa por la misma rigurosidad que lo caracterizó.

Sin duda la literatura fue uno de sus temas predilectos a lo largo de su obra. Como Leopoldo, el personaje que se siente escritor y que tiene cientos de ideas para escribir cuentos pero nunca los escribe. Tomaba apuntes, investigaba, pero no escribía. O como lo desglosó en El decálogo del escritor, redactado por su inmortal personaje Eduardo Torres. Allí recomienda algo que, de paso, describe sus rasgos como narrador: "Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así jamás escribas nada con cincuenta palabras".

Y también trabajó este tema en sus ensayos. En su reciente libro Los pájaros expuso su punto de vista sobre varios escritores a los que no siempre admiró. Eso también lo hizo en La vaca, donde se preguntó por qué Tolstoi fue tan importante si su obra carecía totalmente de sentido del humor.

Dicen quienes estuvieron en México en la capilla fúnebre donde velaron sus restos que alguien puso un pequeño dinosaurio de tela sobre su ataúd para hacer alusión a su cuento, el más corto en la historia de la literatura, compuesto por tan sólo siete palabras: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Y la mayoría insiste en recordarlo por ese breve relato que él jamás quiso explicar a pesar de las interpretaciones que los críticos siempre le han querido dar. Pero su obra va mucho más allá. "No creo haber escrito nada, ni una sola línea, que no nazca del sentimiento, principalmente el de la compasión. La inteligencia no me interesa mucho", confesó hace algunos años cuando recibió el Premio Nacional de Literatura Miguel Angel Asturias.

Y, en efecto, la compasión siempre está en su obra. Como en uno de sus cuentos más famosos, Uno de cada tres, en el que sentencia desde el comienzo: "Se lo diré con toda franqueza: me da usted lástima. Pero ese sentimiento no resulta natural, sino que está de acuerdo con sus deseos. Pertenece usted a esa taciturna porción de seres humanos que encuentra en la conmiseración ajena un lenitivo a su dolor". Y el final del cuento es más contundente aún: "Tenga fe. Por lo pronto, piense con fuerza en esto: el mundo está poblado de seres como usted".

Esas parodias y su fino humor negro son implacables, desde que publicó en 1959 sus Obras completas (y otros cuentos), a pesar de que apenas era su primer libro. Siempre prefirió los relatos cortos aunque en 1978 dio a conocer una novela breve: Lo demás es silencio. Nació en Tegucigalpa, capital de Honduras, creció en Guatemala y desde 1944, cuando huyó de la sanguinaria dictadura de Jorge Ubico, se radicó en México, país donde acaba de morir a los 81 años, víctima de un paro cardíaco. La oveja negra y demás fábulas, Movimiento perpetuo, La letra e: fragmentos de un diario y Viaje al centro de la fábula son algunos libros que conforman esta obra que, sin duda, perdurará siempre.

Monterroso decía: "Hasta hoy lo mejor contra la muerte es mantenerse vivo el mayor tiempo posible, siempre que no se haga un esfuerzo tan fuerte o prolongado que se dé al traste la idea original". Y eso hizo, lejos de las personas que se quejan, que buscan compasión, siempre valorando la vida, como lo dijo en Paraíso imperfecto: "Es cierto -dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-, en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve".
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