Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/07/24 00:00

Muy parecido al amor

Un drama que juega, casi siempre sin fortuna, con las rígidas leyes de la comedia romántica. **

Durante los siguientes siete años, gracias a una serie de casualidades, descubrirán que lo único que han conseguido en la vida es estar enamorados.

Título original: A Lot like love.
Año de producción: 2005.
Dirección: Nigel Cole.
Actores: Ashton Kutcher, Amanda Peet, Kathryn Hahn, Kal Penn, Ali Larter, Taryn Manning

Todo está dado para otra comedia romántica de esas, ligera, complaciente, inofensiva, plagada de lugares comunes desde los créditos iniciales, pero muy pronto nos damos cuenta de que Muy parecido al amor ha elegido el camino difícil, el del drama, y no nos ahorrará ninguna de las angustias, las frustraciones, las revelaciones a las que conduce el simple hecho de crecer en el mundo. Es eso, nada más, lo que les ocurre a los dos protagonistas de este largometraje confuso, desigual: se hacen un poco más viejos, dejan de ser un par de adolescentes egocéntricos con el tiempo justo para ser famosos y alcanzar todas sus metas, y entonces llegan juntos a la conclusión de que el único triunfo que les queda, la única forma de rebeldía que tienen a la mano, es estar enamorados, comprometerse con la suerte de una vida ajena. Es, sí, un interesante punto de partida. Es una lástima que la película, atrapada en el conmovedor esfuerzo de no caer en cursilerías, no consiga darles vida a sus personajes: el drama se desvanece en la pantalla cuando les sucede a desconocidos.

Ella se llama Emily Friehl. Él responde al nombre de Oliver Geary. Pero, aparte de que les cuesta madurar, poco más sabemos de sus formas de ser. Se ven por primera vez, por azar, en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Y en pleno vuelo hacia Nueva York, en el minúsculo baño del avión, reconocen de un momento a otro que se atraen como dos protagonistas de una comedia romántica para mayores. Sólo pasarán un día juntos. Se dirán que no tienen tiempo para historias de amor, que están muy jóvenes para dedicarse a una sola persona. Y, en beneficio del drama, se despedirán con la esperanza de que el destino los reúna en un mejor momento. Y sí, así sucederá. De tanto en tanto, durante los siguientes siete años, volverán a encontrarse siempre que estén a punto de perder las ganas de estar vivos. Y a la tercera vez, nosotros, el público impaciente, rogaremos al cielo para que de una vez, acepten que se quieren.

No es culpa de los actores. El inexpresivo Ashton Kutcher, quien como el Adam Sandler de antes no parece tomarse en serio ninguna de las líneas que pronuncia, esta vez no tiene mucho de dónde agarrarse a la hora de convencernos de que ha fracasado en sus intentos de convertirse en un exitoso hombre de negocios. La talentosa Amanda Peet, que compite de cerca con Heather Graham por el puesto de la actriz más desaprovechada de los últimos años, hace lo que puede para darles sentido a unas escenas que no tienen pies ni cabeza. Los demás, simples seres secundarios, se limitan a ser los típicos amigos que asienten mientras las estrellas se desahogan. Resulta curioso que el director, el mismo Nigel Cole de Chicas del calendario, no haya evitado la triste tendencia norteamericana a creer que en las películas (y en la vida) sólo existen los protagonistas.

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