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| 6/20/2015 10:00:00 PM

Nacer y morir

La narración de una tragedia personal que revive el debate de la literatura como catarsis.

William Kotzwinkle
El nadador en el mar secreto
Navona, 2014
90 páginas


¡Johnny! ¡Acabode romper aguas!? Así empieza esta narración breve e intensa: con el grito de Diane a Johnny, ?en adelante el narrador lo llamará por su apellido, Laski– anunciándole a su esposo que se ha iniciado el proceso del parto. Una situación cotidiana y normal pero no para esa pareja. De inmediato nos damos cuenta que no va a ser un parto común y corriente y habrá dificultades. Es invierno, Laski y Diane viven en una cabaña solitaria en un bosque, a 40 kilómetros del hospital más cercano. Aunque las dificultades no parecen provenir ni del clima ni de su vivienda alejada. Tampoco de su camioneta vieja. Hay una información que conoceremos oportunamente, la narración es dosificada. En todo caso, intuimos que lo que nos van a contar es algo que no quisiéramos oír y, sin embargo, no podemos abandonar la lectura. Hay en esa voz que narra una extraña y cautivante serenidad. La vida de Laski y Diane se ha puesto en movimiento y de nada vale angustiarse o desesperarse. Como en las tragedias clásicas, el destino llegará inexorable.

“A Laski le parecía como si hubiera dos Dianes distintas: una temblaba como una hoja, la otra estaba tranquila y tomaba decisiones como si fuera una vieja comadrona. También en su interior sentía esa misma división mientras cogía la maleta de su mujer y la llevaba hasta la escalera. Le temblaba la mano, el corazón le estallaba, pero había otra parte de él que conservaba la calma, firme como un árbol viejo”.  El corazón le estallaba pero conservaba la calma. Ahí está la clave, la fascinación de este relato. El narrador es el mismo personaje que cuenta, en un tiempo posterior, unos hechos dolorosos que le ocurrieron, con la distancia protectora de la tercera persona. “Y todo lo demás es literatura”, dijo Verlaine. La verdadera literatura no existe para adornar la vida sino para contarla con exactitud. Pero hay más: aquí el narrador es el autor. Dijo William Kotzwinkle en una entrevista al suplemento El Cultural: “Mi mundo quedó aplastado, desgarrado por la mitad? Yo era capaz de evitar todas estas trampas porque solo tenía que escribir lo que pasó de la mejor manera que sabía, y eso implicaba utilizar una prosa sencilla y clara? El tiempo embota el dolor, eso es todo”. No invención, se trata de un testimonio, de un duelo. Y un duelo escrito en un trance: inmediatamente después de ocurrida la tragedia.

Es evidente que escribir ese hecho, que tuvo lugar hace 40 años, le sirvió a William Kotzwinkle para seguir viviendo. ¿Para qué nos sirve a nosotros? Cada cual encontrará razones personales para querer este libro memorable. Lo leerá distinto quien haya tenido un hijo o quien no lo haya tenido. Quien sea religioso o quien no lo sea. Un hombre o una mujer. El nadador en el mar secreto nos enfrenta a los temas esenciales –el nacimiento, la muerte– de una manera igualmente esencial: sin escalas, ni dilaciones. A mí me sorprendió la forma en que describe el parto, como si fuera la primera vez que una mujer diera a luz: “Mientras la sostenía, su amor se expandía a cada temblor del cuerpo de su mujer. Parecía que no la hubiera amado antes, que todo su pasado hubiera sido un mero ensayo para ese momento en que sentía resonar en su interior todos los días de la vida de ella, los días anteriores cuando se conocieron, los días anteriores cuando aquella cara de niña asustada que ahora veía ante sí, los días lejanos de la mujer madura que lo llamaba ahora para que le diera una fuerza desconocida”.

El nadador en el mar secreto fue publicado en 1975. En su momento tuvo reconocimiento, recibió varios premios, pero cayó en el olvido. En 2010, se volvió a editar en Estados Unidos y el Reino Unido, sin ninguna repercusión. Hasta que en 2012, en una novela de Ian McEwan, Sweet Tooth, dos personajes, Tom y Serena, que nunca se ponen de acuerdo en sus gustos literarios, coinciden en este libro. Esa mención lo volvió famoso. Al igual que Sugar Man, tuvo una segunda gran oportunidad. En español lo editó Navona a finales de 2014 en la colección que le corresponde: los ineludibles.
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