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| 10/21/1996 12:00:00 AM

NADA DE CABALLEROS

La ola de falsificaciones sobre la obra de Luis Caballero tiene preocupados por igual a galeristas y compradores.

La semana pasada un coleccionista privado tocó las puertas de la galería Garcés Velásquez, de Bogotá, con el fin de pedir el concepto de Alonso Garcés acerca de un cuadro de Luis Caballero que un comerciante particular le había ofrecido a buen precio. Garcés, quien por autorización expresa del fallecido pintor colombiano es el único que puede certificar la autenticidad de sus obras, no tuvo reparo alguno en advertir al comprador: "El cuadro es falso". El caso habría sido sólo una anécdota si no fuera porque ese era el cuarto cuadro falso sobre la obra de Luis Caballero que Alonso Garcés había visto en la semana. "En realidad, comenta Garcés, en los últimos meses han llegado a la galería un promedio de cuatro obras falsas de Caballero semanales", una cifra más que preocupante si se tiene en cuenta que muchos compradores de arte, por ignorancia o por imprudencia, evitan la asesoría de los especialistas a la hora de comprar. El hecho es que, movidos por la cotización que ha alcanzado la obra de quien fuera uno de los artistas más sensibles de los últimos 50 años en Colombia, los estafadores están dedicados a asaltar la buena fe de los coleccionistas ahora que Caballero ha muerto. El fenómeno de la falsificación no es nuevo. De hecho, a lo largo de la historia del arte son varios los imitadores que han ganado fama mundial por cuenta de sus obras fraudulentas, compuestas al estilo de pintores tan destacados como Picasso, Miró, Rembrandt, Miguel Angel y Da Vinci. Quizás uno de los ejemplos más curiosos es el del comerciante de arte Han Van Meemeeren, quien en la agonía de la Segunda Guerra Mundial fue tomado preso por el gobierno de Holanda bajo el delito de vender el patrimonio pictórico nacional. Van Meemeeren había ofrecido, a jugosos precios, algunos cuadros del genial pintor holandés del siglo XVII Vermeer de Delft a los jerarcas nazis (Göering entre ellos). En su angustia por los largos años que le esperaban en el calabozo, Meemeeren terminó confesando que el autor de aquellos cuadros era él mismo. Había pintado los óleos sobre pinturas del siglo XVII y utilizado una resina artificial descubierta a finales del siglo XIX, la cual, bajo el calor, se tornaba quebradiza como el craquelado natural que producían las tinturas antiguas. Su estilo era el mismo del Vermeer de juventud influenciado por Caravaggio y la técnica era prácticamente perfecta. Van Meemeeren pagó condena por estafa, pero también se volvió famoso en el mundo como uno de los más brillantes falsificadores de arte del siglo. Algunos fraudes han causado tal admiración que hasta los museos más prestigiosos del planeta han terminado por organizar inmensas exposiciones itinerantes mostrando los virtuosos engaños. Sin embargo el caso colombiano es muy diferente. Según Luis Fernando Pradilla, director de la galería El Museo, "aquí no se trata de copiar técnicas y ganar prestigio por cuenta de descubrir e imitar a la perfección el estilo de los pintores prodigiosos. Se trata de estafadores que, amparados en el mercado negro, buscan un perverso provecho económico en detrimento de la actividad artística". En pocas palabras, a los estafadores no les importa la imitación sino el fraude económico. Aunque ha habido casos aislados a lo largo del siglo, la verdad es que el fenómeno de la falsificación de arte colombiano tuvo su mejor catalizador en la ola de especulaciones que ha sufrido el mercado del arte en los últimos 20 años, alimentada por la irrupción de los capos del narcotráfico al mercado. Avidos de piezas exclusivas pero poco expertos en la materia, estos nuevos ricos eran presa fácil de los estafadores, que comenzaron a venderles a precios exorbitantes falsificaciones de autores tan reconocidos como Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau y Darío Morales. Pero a pesar de que el mercado de arte se ha ido estabilizando, las secuelas del mercado negro todavía se notan. Según los galeristas, el comprador desprevenido es quien más se está perjudicando, pues si bien a los ojos de los expertos las diferencias entre una falsificación y una obra genuina saltan a la vista, no pasa lo mismo con el público en general.
Huella digital
Aunque la mayoría de las falsificaciones son detectadas por los expertos en la primera mirada, los mismos galeristas reconocen que el grado de dificultad para identificar una obra falsa aumenta de acuerdo con la calidad del cuadro. Pero incluso estos inconvenientes conceptuales son susceptibles de comprobar con ayuda de la tecnología. A la par de museos tan prestigiosos como el Metropolitan de Nueva York, dos colombianos vienen trabajando desde hace 15 años en un sistema que ha revolucionado el estudio del arte universal. El método investigativo se basa en el análisis de la grafía pictórica del autor -algo así como la huella digital que el artista imprime en sus cuadros- por medio de la radiología. Con ayuda de los rayos X, la restauradora María Cecilia Alvarez y el médico radiólogo Hernando Morales vienen realizando desde 1977 una investigación sobre las obras de pintores colombianos comprendidas entre los siglos XVII y XX. "Los resultados son fantásticos, opina María Cecilia. No sólo hemos podido conocer la forma como pintaban los grandes artistas antiguos, su trazo, sus materiales, las mezclas de color en los lienzos; sino que, además, hemos descubierto un gran número de falsificaciones". En términos generales, la técnica consiste en sacar radiografías de la obra para, tal y como sucede con el ser humano, observar su interior. "Por la manera como se distribuyen los planos de luz bajo los efectos de los rayos X, continúa la restauradora, es posible trazar la huella digital del pintor si se logra comparar con una muestra representativa de las placas radiográficas de otras de sus obras". Gracias a este procedimiento los expertos han detectado al menos cuatro falsificaciones de la obra de Andrés de Santamaría y otras cuantas de la obra de Antonio Barrera. "Ninguno coincide con el patrón original del pintor, pero cada una de las falsificaciones posee la misma huella, de manera que se trata de un solo falsificador". Aunque la idea inicial de la investigación ha sido la de poder clasificar una gran cantidad de obras que no están firmadas, lo cierto es que el sistema se está convirtiendo en el método más eficaz contra los estafadores. "Si el ojo no es capaz de diferenciar un cuadro original de uno falso, concluye María Cecilia, la tecnología cabe un veredicto que no ofrece dudas". A fuerza de detectar falsificaciones los expertos han logrado identificar diversas formas de estafa. Estas van desde la más vulgar copia, pasando por la falsificación de la firma del autor, hasta la reconstrucción de un cuadro de acuerdo con las especificaciones de una certificación cualquiera. "Los estafadores toman el certificado genuino de un cuadro de, por ejemplo, Obregón, afirma Alonso Restrepo, director de la galería Alonso Arte, y de acuerdo con las especificaciones de tamaño, técnica y descripción de la obra contenidas en la certificación los falsificadores elaboran su imitación. Así, la obra falsa coincide con la constancia". Con las obras de arte robadas ha sucedido algo similar. Se pierden las originales y las que aparecen resultan falsas. Sea como fuere, lo cierto es que el fenómeno de Caballero ha puesto de nuevo en guardia a los galeristas, quienes han empezado a hacer campaña para que los compradores de arte no se dejen meter gato por liebre. "La única defensa contra esta ola de falsificaciones, advierte Alonso Garcés, es acudir a los únicos autorizados para certificar la obra antes de comprar. En algunos casos, como el de Alejandro Obregón, las certificaciones son expedidas por los propios familiares del autor cuando éste ya ha fallecido. En otros, la autorización recae sobre el galerista oficial del pintor". Es por eso que Garcés Velásquez, la galería que ha manejado la obra de Luis Caballero desde hace más de 30 años, ha comenzado a correr la voz de alerta entre los coleccionistas y el público en general en el sentido de no comprar obras de Caballero si éstas no poseen la certificación de la galería. "Esta actitud, comenta Luis Fernando Pradilla, no sólo evita los fraudes sino que contribuye a acabar de una vez por todas con el mercado negro".
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